ESCÁNDALO
Sin averiguar si el escándalo fue originariamente una piedra que hacía tropezar y caer
a las gentes, una disputa o
una seducción, nos concretaremos a ocuparnos del significado que tiene en la actualidad. Escándalo es una indecencia grave, y se aplica principalmente
a los eclesiásticos. Los Cuentos de La Fontaine son libertinos; muchos pasajes de Sánchez, de Tambourin y de Molina son escandalosos.
Podemos ser escandalosos en los escritos y en la conducta. El sitio que sostuvieron los agustinos contra los arqueros en la época de la Fronda
fue escandaloso. La bancarrota del jesuita La Valette fue más escandalosa todavía. El proceso que se formó en 1764
a los reverendos padres capuchinos de París fue un escándalo muy divertido. Diremos algo de este proceso, para la edificación de nuestros lectores.
Los reverendos padres capuchinos riñeron y se pegaron
en el convento. Unos habían ocultado el dinero y otros lo habían cogido. Hasta aquí no
fue mas que un escándalo particular, una piedra que sólo podía hacer caer
a los capuchinos, pero cuando este asunto se llevó al Parlamento,
el escándalo se hizo público. En el proceso se dice que el convento de San Honorato necesita mil doscientas libras de
pan cada semana, carne, vino y leña a proporción, y que existían allí cuatro colectores con título de encargados de sacar las contribuciones
a la ciudad. ¡Qué escándalo! ¡Mil
doscientas libras de carne y de pan cada semana para mantener unos cuantos capuchinos, cuando hay tantos obreros
viejos y tantas viudas honradas expuestos todos los días a morir de miseria!
El reverendo padre Doroteo consiguió arreglarse tres
mil libras de renta a expensas del convento, y por consecuencia, a expensas del público. Esto, además de producir escándalo,
fue un robo manifiesto, y un robo que hizo a la clase más indigente de París, porque los pobres son los que pagan la tasa impuesta por los frailes mendicantes. La ignorancia y la debilidad del pueblo hacen creer
a éste que no puede ganar el cielo mas que dando lo que le es necesario, y que para esos frailes constituye lo superfluo.
Fue preciso, pues, que el padre Doroteo arrancara veinte mil escudos a los pobres de París para proporcionarse mil escudos de
renta.
Meditad bien, queridos lectores, que hechos como éste
no son raros en el siglo XVIII de la era vulgar, que, sin embargo, ha producido muy buenos libros. Pero como ya os he dicho, el pueblo no lee. El capuchino, el recoleto, el carmelita que confiesa y predica, es capaz de ocasionar por sí solo más daño que beneficios pueden proporcionar los mejores libros.
Me atrevería a proponer a los hombres bien nacidos que
esparcieran por las capitales un número considerable de anticapuchinos, antirrecoletos y anticarmelitas, que fueran de casa en casa
a recomendar a los padres y a las madres que sean virtuosos, que guarden el dinero para gastarlo en sus familias y para que les sirva de apoyo en la vejez; para recomendarles que amen
a Dios de todo corazón y no den nada
a los frailes. Pero volvamos al asunto.
En el proceso de los capuchinos se acusa al hermano Gregorio de haber tenido un hijo con la
Bras-de-Fer y de haberla casado en seguida con Montard el zapatero. No se dice si el hermano Gregorio
dio la bendición nupcial a su querida y al marido de ésta. Si la dio,
fue el escándalo mayor
que pudo cometerse, porque abarca la fornicación, el robo, el adulterio y el sacrilegio. Digo fornicación, porque el hermano Gregorio fornicó con Magdalena
Bras-de-Fer cuando ésta no tenía mas que quince años. Digo robo, porque regaló la canastilla de boda
a Magdalena, y es evidente que robó al convento para comprarla y para pagar los gastos del parto y la leche de la nodriza. Digo adulterio, porque ese hermano perverso continuó acostándose con la mujer de Montard. Digo sacrilegio, porque confesaba
a Magdalena, y si fue capaz de casar a su querida, podéis calcular qué clase de hombre era el hermano Gregorio.
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