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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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EQUÍVOCO

Equívoco - Diccionario Filosófico de VoltairePor no definir bien los términos, y sobre todo por falta de claridad, casi todas las leyes, que debían ser exactas como la aritmética y como la geometría, son oscuras como logogrifos. Triste prueba de ello es que todos los procesos se fundan en el sentido de las leyes, las cuales entienden siempre de diferente modo los que pleitean, los abogados y los jueces.

El derecho público de Europa tuvo por origen los equívocos, empezando por la ley sálica. «La hija no heredará en tierra sálica.» ¿Pero qué quiere decir en tierra sálica? ¿Cómo no heredará si pueden legarle un collar riquísimo y una gran cantidad de dinero contante y sonante que valga más que la tierra?

Los ciudadanos de Roma saludaban a Carlos, hijo de Pepino el Breve, con el nombre de emperador. ¿Querían designar con este título que le conferían todos los derechos que tuvieran Octavio, Tiberio, Calígula y Claudio, o todos los países que éstos poseyeron? No podía ser esto último, porque no eran dueños de ellos, teniendo dominio apenas en su ciudad. No se ha visto nunca palabra tan equívoca; lo era antiguamente y lo es hoy.

Las cosas más respetables, las más sagradas, las más divinas, las han oscurecido los equívocos de los idiomas. Si se pregunta a dos cristianos a qué religión pertenecen, uno y otro responden que son católicos; se cree que los dos pertenecen a la misma comunión, y sin embargo, uno está afiliado a la Iglesia griega, el otro a la latina, y ambos son enemigos irreconciliables.

El alma de San Francisco está en el cielo, está en el paraíso, y la primera palabra significa «aire» y la otra «jardín».

El equívoco es un vicio tan común en todas las lenguas conocidas, que el mismo Ser Supremo, en el que radican la claridad y la verdad, se dignó ajustarse al modo de hablar de su pueblo predilecto. Así es que en algunas partes la palabra heloins significa «jueces», en otras, «dioses», y algunas veces «ángeles».

«Tú eres Pedro, y sobre esta piedra construiré mi asamblea»; esto sería un equívoco en cualquier lengua tratándose de un asunto profano. Pero esas palabras adquieren sentido divino en la boca del que las pronuncia y respecto al asunto a que se aplica. «Yo soy el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob»; luego Dios no es el Dios de los muertos, sino de los vivos. En el sentido ordinario, esas palabras pueden significar: «Yo soy el mismo Dios que adoraron Abraham y Jacob, como la tierra que sustentó a Abraham, a Isaac y a Jacob sustenta también a sus descendientes»; el sol que brilla hoy es el que brillaba en los tiempos de Abraham, de Isaac y de Jacob; la ley de sus descendientes es su ley; no significa que Abraham, Isaac y Jacob vivan todavía. Pero cuando habla el Mesías, desaparece el equívoco; el sentido es tan claro como divino. Es evidente que Abraham, Isaac y Jacob no deben colocarse entre los muertos, porque viven en la gloria, ya que el Mesías pronunció ese oráculo; pero debía haberlo dicho.

Todos los oráculos de la antigüedad eran equívocos. Uno de ellos profetizó a Creso que perecería un poderoso Imperio. ¿Pero era el suyo o el de Ciro? Otro oráculo predijo a Pirrón que los romanos podían vencerle y que él podía vencer a los romanos. Un oráculo así no podía equivocarse nunca.

Cuando Septimio Severo, Pescennio Niger y Claudio Albinio se disputaban el Imperio, consultaron el oráculo de Delfos, y éste les respondió: «El moreno es muy bueno, el blanco no vale nada, el africano es pasable.» De muchos modos se puede explicar ese oráculo.

Cuando Aurelio consultó al dios de Palmira, éste le contestó que «las palomas temen al gavilán»; y cualquier cosa que sucediera, el dios quedaba bien. Siempre el que venciera sería el gavilán y los vencidos las palomas.

Algunas veces los soberanos usaron el equívoco, lo mismo que los dioses. No recuerdo qué tirano, después de haber prometido a un cautivo que no le mataría, mandó que no le dieran de comer, diciendo que prometió no matarle, pero no había prometido contribuir a que viviera.

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