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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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ENVENENAMIENTOS

Envenenamientos - Diccionario Filosófico de VoltaireEs conveniente repetir las verdades útiles. Siempre hubo menos envenenamientos de los que creyó la voz pública. Se han imputado muchos de estos crímenes y sólo se han cometido algunos, y la prueba de esto es que durante mucho tiempo se consideró veneno lo que no lo era. ¡Cuántos príncipes se libraron de los que les eran sospechosos haciéndoles beber sangre de toro! ¡Cuántos príncipes bebieron dicha sangre para no caer en manos de sus enemigos! Los historiadores antiguos, incluyendo a Plutarco, lo aseguran.

Tantos cuentos de esa clase me refirieron durante mi niñez, que me indujeron a sangrar uno de mis toros, con la convicción de que me pertenecía su sangre, porque él nació en mi cuadra. Y la bebí, como Atrea y Gabriela de Vergy. Me causó tan daño como la sangre de los caballos causa a los tártaros, y como nos produce el pastel que comemos todos los días. ¿Por qué ha de ser veneno la sangre del toro, cuando es un remedio la sangre de la cabra montés? Los campesinos de mi cantón beben todos los días sangre de buey, y la del toro no debe ser más peligrosa. Estad seguros, lectores, de que Temístocles, aunque bebió una copa llena de sangre de toro, no se envenenó.

Algunos especuladores de la corte de Luis XIV aseguraban que la cuñada de dicho monarca, Enriqueta de Inglaterra, fue envenenada con polvos de diamante que le pusieron en un tazón de fresas, en vez de azúcar molido; pero ni el polvo impalpable del vidrio de diamante, ni ningún producto de la Naturaleza que no sea venenoso por sí mismo, puede ser nocivo. Sólo las puntas agudas, activas y cortantes pueden convertirse en venenos violentos. El célebre médico Mead, de Londres, vio con el microscopio el licor que arrojan las encías de las víboras irritadas, y sostiene que siempre lo encontró sembrado de láminas cortantes y puntiagudas, cuyo número infinito desgarra y rompe las membranas internas.

La cantarella, sustancia con la que se cree que el papa Alejandro VI y su hijo el duque de Borgia envenenaban, se dice que era el espumarajo de un cerdo al que hacían rabiar colgándolo por los pies cabeza abajo y pegándole hasta matarlo a palos. Era un veneno tan rápido como el de la víbora. Un boticario muy instruido me asegura que la Tofana, célebre envenenadora de Nápoles, usaba esa receta. Quizás todo eso no sea verdad. Además, ésta es una de las ciencias que conviene ignorar.

Los venenos que coagulan la sangre, en vez de desgarrar las membranas, son el opio, la cicuta, el beleño, el acónito y otros muchos. Los atenienses llevaron su refinamiento en esta materia hasta el extremo de quitar la vida con esos venenos fríos a sus compatriotas que condenaban a muerte. Un boticario era el verdugo de la República. Dícese que Sócrates murió tan apaciblemente como si se quedara dormido; pero me cuesta trabajo creerlo.

He notado en los libros judíos que en aquella nación nadie murió envenenado. Murieron asesinados multitud de reyes y de pontífices; la historia de esa nación es una historia de asesinatos y de bandidaje, pero en toda ella sólo se encuentra un hombre que muriera envenenado, y no era judío. Era siriaco, se llamaba Lisias y desempeñaba el cargo de general de los ejércitos de Antíoco. El segundo libro de los Macabeos dice que se envenenó; pero ya sabemos que los libros de los Macabeos son sospechosos.

Lo que más me sorprende en la historia de las costumbres de los antiguos romanos es la conspiración de las mujeres de éstos para que murieran envenenados, no sus maridos, sino los principales ciudadanos. Esto sucedió, según dice Tito Livio, el año 423 de la fundación de Roma, cuando reinaba en ella la virtud más austera; cuando no se había presentado el caso de ningún divorcio, aunque la ley lo autorizaba; cuando las mujeres no bebían vino, ni salían de sus casas mas que para ir a los templos. ¿Cómo comprender, pues, que de repente se dedicaran a conocer los venenos, se reunieran para componerlos y que sin ningún interés marcado dieran la muerte a los primeros ciudadanos de Roma? Lorenzo Echard, en su compilación abreviada, se contenta con decir que «la virtud de las damas romanas se desmintió de un modo extraño en aquella ocasión; que ciento setenta de ellas se ocupaban en ser envenenadoras, en reducir ese arte a preceptos; que a todas ellas las acusaron a un tiempo, y quedaron convictas y castigadas».

Tito Livio no dice que redujeran ese arte a preceptos, porque eso significaría que tenían escuela de venenos, que profesaban tal ciencia, y esto es ridículo. No habla tampoco de ciento setenta profesoras de sublimado corrosivo y de cardenillo. Además afirma que entre las mujeres de los senadores y de los caballeros no hubo ninguna envenenadora.

El pueblo era entonces extremadamente necio y razonador en Roma como en otras partes. He aquí lo que sobre ese hecho dice Tito Livio (1): «El año 423 debe contarse entre los años desgraciados: hubo en él extraordinaria mortalidad, causada por la intemperie del aire o por la malicia humana. Quisiera poder afirmar con otros autores que la corrupción del aire causó esta epidemia, y no atribuir la muerte de muchísimos romanos a los estragos del veneno, como escriben falsamente los historiadores para desacreditar ese año.» Luego escribieron «falsamente», según la propia palabra de Tito Livio, que las damas romanas fueron envenenadoras. No lo creo; pero ¿qué interés tenían los autores que lo dijeron en desacreditar ese año? Eso es lo que ignoro.

«Voy a referir el hecho como me lo han referido», continúa diciendo Tito Livio. Así no habla el hombre que está convencido; además, ese hecho se parece mucho a una fábula. Una esclava acusa a setenta mujeres, algunas de ellas patricias, de haber introducido la peste en Roma con la preparación de venenos. Algunas de las acusadas piden permiso para tragarse sus drogas, y mueren en el acto. Sus cómplices son condenadas a muerte, sin que se especifique en qué clase de suplicio.

Me atrevo a opinar que esta historieta, que Tito Livio duda en creer, merece relegarse al sitio donde se conserva el bajel que una vestal atrajo al puerto con su cinturón, donde Júpiter en persona detuvo la fuga de los romanos, donde Castor y Pólux fueron a pelear a caballo, donde Simón Barjona, por sobrenombre «Pedro», disputó hacer milagros con Simón el Mago.

Puede evitarse el efecto de todos los venenos combatiéndoles en el acto. No hay medicina que no sea veneno cuando se propina en dosis exageradas. Cada indigestión es un envenenamiento. El médico ignorante o sabio que no estudia al enfermo, es un envenenador con frecuencia, y un buen cocinero os envenena a la larga, si sois intemperante en la comida.

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(1) Primera década, lib. VIII.

 

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