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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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Voltaire - Diccionario Filosófico  

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ENTUSIASMO

Entusiasmo - Diccionario Filosófico de VoltaireEsta palabra griega significa «emoción de las entrañas», «agitación interior». ¿Los griegos inventaron dicha palabra para expresar las sacudidas de los nervios, la dilatación y el encogimiento de los intestinos, las contracciones violentas del corazón, la ascensión precipitada de las llamaradas que desde las entrañas suben al cerebro cuando nos afectamos violentamente? ¿O bien dieron al principio el nombre de entusiasmo, de perturbación de las entrañas, a las contorsiones de la pitonisa que sobre el trípode de Delfos recibía el espíritu de Apolo por una parte que parece formada para no recibir mas que cuerpos?

¡Qué matices tan distintos tienen nuestras afecciones! Aprobación, sensibilidad, emoción, perturbación, sobresalto, pasión, arrebato, clemencia, furor, rabia: por todos estos estados puede pasar el alma humana.

El espíritu de partido predispone al entusiasmo; no existe ningún partido que no tenga sus energúmenos. El hombre apasionado que habla hasta con los ademanes, tiene en los ojos, en la voz, en los gestos, un veneno sutil que lanza como una flecha entre sus partidarios. Por esta razón, la reina Elisabeth, para conservar la paz del reino, prohibió que se predicara durante seis meses en Inglaterra sin permiso firmado por su mano.

San Ignacio, teniendo acalorada la imaginación, leyó la vida de los padres del desierto después de haber leído novelas, y sintió un doble entusiasmo. Se convirtió en caballero de la Virgen María, veló sus armas y quiso batirse por su dama. Tuvo visiones en las que se le apareció la Virgen y le recomendó su Hijo, diciéndole que su Sociedad debía de tomar por nombre el nombre de Jesús. Ignacio comunicó su entusiasmo a otro español llamado Javier; éste se dirigió a las Indias, sin comprender el idioma de aquellos países; desde allí pasó al Japón, sin saber hablar el japonés, y a pesar de esto su entusiasmo contagió la imaginación de algunos jesuitas jóvenes, que se dedicaron a estudiar la lengua del Japón. Dichos jesuitas, en cuanto murió Javier, sostuvieron que éste había realizado más milagros que los apóstoles y que había resucitado siete u ocho muertos cada mes. El entusiasmo de esos jesuitas fue tan epidémico, que consiguieron instituir en el Japón lo que llamaron una «cristiandad», cuya cristiandad terminó con una guerra civil, en la que murieron degollados cien mil hombres, porque el entusiasmo llegó entonces a su último grado de exaltación, esto es, al fanatismo, y el fanatismo se convirtió en rabia.

Es cosa muy extraña que se junten la razón y el entusiasmo. La razón consiste en verlo todo como es. El hombre embriagado ve los objetos dobles, porque está privado de la razón. El entusiasmo es como el vino: excita tal tumulto en los vasos sanguíneos y vibraciones tan violentas en los nervios, que destruyen la razón. Puede producir sólo ligeras sacudidas, cuyo efecto no pasa de dotar al cerebro de mayor actividad. Esto es lo que sucede al hombre cuando tiene los grandes movimientos de elocuencia en la poesía sublime. El entusiasmo razonable es patrimonio de los poetas. El entusiasmo razonable es la perfección de su arte, y es lo que hizo creer en la antigüedad que inspiraban los dioses a los poetas. Esto no se ha dicho nunca de los demás artistas.

¿Cómo puede la razón dirigir el entusiasmo? El poeta empieza por dibujar el cuadro que piensa describir, y la razón dirige su lápiz. Pero quiere animar sus personajes dotándolos de los caracteres de las pasiones, y para eso la imaginación se calienta y el entusiasmo obra; éste es un corcel que le arrastra en su carrera, pero la carrera que sigue la tiene trazada de antemano el poeta.

El entusiasmo se admite en todos los géneros de la poesía en los que toma parte el sentimiento. Algunas veces hasta se permite en la égloga, como lo usa Virgilio en su égloga X. Las odas son unos verdaderos cantos, en los que domina el entusiasmo. El estilo de las epístolas y el de las sátiras rechaza el entusiasmo; pero eso no se encuentra en las obras de Boileau ni de Pope.

 

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