ENTERRAMIENTO
Leyendo por casualidad los cánones de un Concilio de Braga celebrado el año 563, me llamó la atención el canon 15, que prohíbe enterrar los muertos en las iglesias. Algunos sabios aseguran que en otros varios concilios se hizo la misma
prohibición. De lo que deduzco que desde los primeros siglos de la era
cristiana, algunos habitantes tuvieron la vanidad de convertir los
templos en osarios, para pudrirse en ellos de un modo más distinguido
que los demás hombres. Puedo estar engañado, pero afirmo que no conozco ningún pueblo de la antigüedad que haya escogido los sitios sagrados, donde adoraba
a la Divinidad, para convertirlos en cloacas de muertos.
Los egipcios, amando a sus padres, creían cariñoso y grato cuando aquéllos morían convertirlos en momias, y resulta digno de elogio que tuvieran el gusto de conservar una serie de antepasados en carne y hueso en sus gabinetes. Dícese que hasta empeñaban en casa de los usureros el cuerpo del padre y el del abuelo. En la actualidad no hay país ninguno en el mundo en el que se dé un solo escudo por semejantes prendas. ¿Pero cómo podía suceder que dejaran en garantía la momia del padre, y que
fueran a enterrarle a la otra parte del lago Moeris, transportándola en la barca de Caronte, después que cuarenta jueces, que con este motivo estaban en las orillas, decidían que la momia había vivido como persona honrada y era digna de pasar la barca mediante la entrega de la moneda que llevaba en la boca? El muerto no puede estar al mismo tiempo paseándose por la laguna y en el gabinete de su heredero
o en casa del usurero. El respeto que profesamos a la antigüedad nos impide examinar escrupulosamente estas pequeñas contradicciones.
Sea de esto lo que fuere, lo cierto es que ningún templo
del mundo fue manchado por los cadáveres, porque ni siquiera enterraban a nadie en las ciudades. Muy pocas familias
gozaron en Roma del privilegio de erigirse mausoleos, contraviniendo la
ley de las Doce Tablas, que expresamente
lo prohibía.
En los tiempos modernos, algunos papas están enterrados en mausoleos de San Pedro. Pero no dan mal olor a la iglesia, porque sus cadáveres están bien embalsamados, tendidos en ataúdes de plomo y encerrados en gruesas tumbas de mármol,
a través de las que es imposible transpirar. Ni en Roma ni en el resto de Italia existen esos abominables cementerios que rodean
a las iglesias; no se encuentra allí la infección al lado de la magnificencia, ni
los vivos andan sobre los muertos. Ese horror sólo se consiente en los países esclavizados por los usos más indignos, que permiten que subsista en ellos ese resto de barbarie que avergüenza
a la
humanidad.
Cuando entráis en la gótica catedral de París, caminan
vuestros pies por deterioradas losas mal unidas y desniveladas. Es porque las han quitado mil veces para enterrar
debajo de ellas los cadáveres y los ataúdes.
Llevan a una legua de la ciudad las inmundicias de los
excusados, y amontonan desde hace doscientos años en la ciudad misma los cuerpos podridos que produjeron esas mismas inmundicias.
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