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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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Voltaire - Diccionario Filosófico  

►  Empadronamiento

 

EMBLEMA

I

Representación, alegoría, símbolo, etc.

Emblema - Diccionario Filosófico de VoltaireTodo es emblema y representación en la antigüedad. En Caldea pusieron en el cielo un carnero, dos cabritos y un toro, para significar los productos de la tierra en la primavera. En Persia el fuego fue el símbolo de la Divinidad; el perro celeste anunciaba a los egipcios las inundaciones del Nilo; la serpiente que enrosca la cola en la cabeza se convirtió en la imagen de la Eternidad.

Se encuentran todavía en la India algunas estatuas groseras, de las que ya nos hemos ocupado, que representan la Virtud, provistas de diez brazos grandes, con los que combatía a los vicios, y que nuestros cándidos misioneros tomaron por retratos del diablo, creyendo que todos los que no hablaban francés o italiano adoraban al señor del infierno.

Presentad todos esos símbolos de la antigüedad ante un hombre de cortos alcances, que nunca haya oído hablar de ellos, y es indudable que no los comprenderá, porque hablan una lengua que es preciso aprender.

Los antiguos poetas teológicos se vieron en la necesidad de dotar a Dios de ojos, manos y pies y de presentarle con figura de hombre. San Clemente de Alejandría copia unos versos de Jenófanes, dignos de llamar la atención, y que transcribimos traducidos en prosa: «¡Gran Dios! Por más que queramos idear, no podemos comprenderte, ni mucho menos describirte. Cada uno te atribuye diversos atributos: las aves dicen que vuelas por los aires, los toros que tienes cuernos temibles, los leones te conceden dientes desgarradores y los caballos que corres a galope por los campos.»

Como se ve en estos versos de Jenófanes, es ya muy antiguo forjarse a Dios a imagen y semejanza del hombre. El antiguo Orfeo de Tracia, que fue el primer teólogo de los griegos anterior a Homero, se expresa de este modo, según nos refiere el mismo Clemente de Alejandría: «Sentado en su eterno trono, rodeado de nubes e inmóvil, rige los vientos y las tempestades; sus pies pisan el mundo, y desde lo alto de los aires su mano toca al mismo tiempo las costas de dos mares; es el principio, el medio y el fin de todo.»

Como todo era representación y emblema en la antigüedad, los filósofos, sobre todo los que viajaron por la India, emplearon tal método. Sus preceptos eran emblemas, enigmas.

«No aticéis el fuego con la espada», esto es, no irritéis a los hombres cuando tienen cólera. «No metáis la lámpara dentro de ningún agujero.» O sea, no ocultéis la verdad a los hombres. «Absteneos de las habas.» Huid de las asambleas públicas, en las que se votaba con habas blancas o negras. «No tengáis golondrinas en vuestra casa.» No la llenéis de charlatanes. «Durante la tempestad buscad el eco.» En las guerras civiles retiraos al campo. «No escribáis sobre la nieve.» No enseñéis los espíritus a ser flojos y débiles. «No os comáis ni el corazón ni el cerebro.» No os entreguéis ni a la pesadumbre ni a empresas demasiado difíciles, etc., etc.

Tales son las máximas de Pitágoras, cuyo sentido no es difícil de comprender.

El más bello de todos los emblemas es el de Dios, que Timeo de Locres representa por medio de esta idea: «Es un círculo cuyo centro está en todas partes, y cuya circunferencia no está en ninguna.» Platón adoptó este emblema; Pascal lo insertó entre los materiales que reunió con el título de Pensamientos.

En metafísica y en moral, los antiguos lo han dicho todo. Nosotros, o coincidimos con ellos o los copiamos. Los libros modernos que tratan de esas materias no son mas que repeticiones.

Cuando más nos internamos en el Oriente, más vemos establecido el uso de los emblemas y de las representaciones; pero también van difiriendo esas imágenes de nuestros usos y costumbres. Sobre todo en la India, en Egipto y en la Siria, encontramos como consagrados los emblemas que más extraños nos parecen. En esos países es donde llevaban respetuosamente en procesión los dos órganos de la generación, los dos símbolos de la vida. Nos burlamos de ellos y los tratamos de idiotas y de bárbaros, porque agradecían inocentemente a Dios haber recibido la vida de Él. ¿Qué hubieran dicho de nosotros esos pueblos si nos hubieran visto entrar en las iglesias llevando al lado la espada, el instrumento de la destrucción?

En Tebas representaba el macho cabrío los pecados del pueblo. En las costas de Fenicia, una mujer desnuda, llevando en la mano una cola de pescado, era el emblema de la Naturaleza.

No debe extrañarnos, pues, que el uso de los símbolos se extendiera entre los hebreos cuando constituyeron un pueblo en el desierto de la Siria.

II

De algunos emblemas de la nación judía

Uno de los más hermosos emblemas de los libros judaicos es este fragmento del Eclesiastés: «Cuando las trabajadoras del molino sean muy escasas y estén ociosas, cuando los que miran por los agujeros se oscurezcan, cuando el almendro florezca, cuando la langosta engruese, cuando las alcaparras caigan, cuando el cordoncillo de plata se rompa, cuando la cintilla de oro se retire y cuando el cántaro se rompa en la fuente...» Todo eso quiere decir que cuando los viejos pierden los dientes, su vista se debilita, sus cabellos blanquean como la flor del almendro, sus pies se hinchan como la langosta, sus cabellos caen como las hojas del alcaparro y ya no son aptos para la generación, entonces es preciso que se preparen para hacer el gran viaje.

El Cántico de los cánticos, como sabemos, es un emblema continuo del matrimonio de Jesucristo con la Iglesia, y dice así:

«Que me dé un beso con su boca, pues sus tetas son mejores que el vino.—Que ponga su mano izquierda bajo mi cabeza y que me abrace con la mano derecha.—¡Qué hermosa eres, querida mía! Tus ojos son ojos de paloma;—tus cabellos son como un rebaño de cabras, sin hablarte de lo que ocultas;—tus labios son dos rubíes, tus mejillas como dos medias manzanas de escarlata, sin hablar de lo que tú ocultas; — ¡qué hermosa es tu garganta! ¡qué miel destilan tus labios!—Mi querido puso su mano en mi agujero, y el vientre se me estremeció a su contacto; —tu ombligo es como una copa hecha a torno;—tu vientre es como un montón de trigo rodeado de flores de lis; — tus dos tetas son como dos cervatillos pequeños de corzo;—tu cuello es como una torre de marfil;—tu nariz es como la torre del monte Líbano; — tu cabeza es como el monte Carmelo; tu talle es el de la palmera. Yo he dicho: — Subiré a la palmera y recogeré sus frutos. ¿Qué haremos de nuestra hermana pequeña? Todavía no tiene tetas. Si es una pared, edifiquemos encima de ella una torre de plata; si es una puerta, cerrémosla con madera de cedro.»

Sería preciso traducir todo el cántico para convencerse de que es un emblema desde el principio hasta el fin. El ingenioso padre Calmet demuestra que la palmera adonde subió el bienamado, es la cruz en que murió Nuestro Señor Jesucristo. Debemos, sin embargo, confesar sinceramente que la moral sana y pura es preferible a semejantes alegorías.

En los libros del pueblo judío se encuentran muchos emblemas típicos que en la actualidad nos indignan o que leemos con incredulidad y con burla, pero que acaso parecían naturales y sencillos a los pueblos asiáticos. Dios se aparece a Isaías, hijo de Amós, y le dice: «Desátate del cuerpo la vestidura, quítate las sandalias de los pies.—Así lo hizo, y fue por todas partes desnudo y descalzo. Y Dios dijo:—Así como mi servidor Isaías va desnudo y descalzo, como una maravilla de tres años para el Egipto y la Etiopía, así el rey de los asirios sacará los cautivos de Egipto y de Etiopía, jóvenes y viejos, con las nalgas descubiertas para vergüenza de Egipto» (1).

 

Esa última medida no nos parece muy decente, pero no nos resultará tan extraña si nos enteramos de lo que hoy sucede todavía entre los turcos, entre los africanos y en la India. Si estudiamos las costumbres de esos países, veremos que no es raro encontrar allí santones que van completamente desnudos, que no sólo predican a las mujeres, sino que se dejan besar las partes genitales por respeto, sin que esos besos inspiren a las mujeres ni a los santones el menor deseo impúdico. Veremos también, estudiando esas costumbres, en las orillas del Ganges innumerable multitud de hombres y de mujeres desnudos de pies a cabeza, extendiendo los brazos hasta el cielo y esperando el momento de verificarse un eclipse para sumergirse en el río.

Jeremías, que era profeta en la época de Joakin en Jerusalén, se puso cadenas y cuerdas por mandato del Señor, y luego las envió a los reyes Edom y Ammón, de Tiro y de Sidón, por medio de los embajadores que enviaron a Jerusalén, mandándoles que hablasen del modo siguiente a sus señores:

«He aquí lo que dijo el Señor de los ejércitos, el Dios de Israel: Diréis lo siguiente a vuestros señores:—He creado el mundo, los hombres, las bestias de carga; di la tierra al que me plugo, y ahora cedí estos territorios a Nabucodonosor, rey de Babilonia, servidor mío, y además le entregué todos los animales de los campos con la idea de que le sirvan.—En este mismo sentido hablé a Sedecior, rey de Judá, diciéndole:—Someted el cuello al yugo del rey de Babilonia, servid a él y a su pueblo, y así viviréis», etc.

Por esas palabras acusaron a Jeremías de ser traidor a su rey y a su patria y de profetizar en favor de sus enemigos por recibir dinero, y se asegura que fue apedreado. Es evidente que las cuerdas y las cadenas que hemos citado fueron el emblema de la servidumbre a que Jeremías quiso someter su patria.

También Herodoto refiere que un rey de los escitas envió como regalos a Darío un pájaro, un ratón, una rana y cinco flechas. Ese emblema significa que si Darío no huía tan veloz como un pájaro, como una rana o como un ratón, le matarían las flechas de los escitas. La alegoría de Jeremías era el emblema de la impotencia y la de los escitas era el emblema del valor.

Se refiere que Sexto Tarquino, habiendo consultado a su padre Tarquino el Soberbio cómo debía obrar con los Gabinos, éste, sin contestarle, paseándose por su jardín, tronchó las cabezas de las adormideras más altas. Su hijo, comprendiendo la indirecta, hizo matar a los principales ciudadanos. Ése fue el emblema de la tiranía.

Varios sabios creen que la historia de Daniel, del dragón, de la fosa de los siete leones, a los que daban a comer cada día dos ovejas y dos hombres, y la historia del ángel que cogió a Abacuch por los cabellos para llevar comida a Daniel a la fosa de los leones, sólo son una alegoría visible, un emblema del celo continuo con que Dios vela por sus servidores. Pero a nosotros nos parece que es mucho más religioso creer que es una historia verdadera, como otras muchas que refiere la Sagrada Escritura. Limitémonos a los emblemas, a las alegorías verdaderas que indica como tales la misma Biblia.

«El año treinta, el quinto día del cuarto mes, estando entre los cautivos en las orillas del río Chobar, los cielos se abrieron y vi la visión de Dios. El Señor dirigió la palabra a Ezequiel, sacerdote, hijo de Uzi, en el país de los caldeos, cerca del río Chobar, y la mano de Dios se posó sobre él.» Así empieza su profecía Ezequiel; después de haber visto un torbellino de fuego y en medio de él las figuras de cuatro animales semejantes al hombre, que tenían cuatro caras y cuatro alas y pies de toro, y una rueda que estaba sobre el mundo y que tenía cuatro frentes y las cuatro partes de la rueda giraban a un mismo tiempo, sin retroceder desde que se ponían en movimiento, etc., dijo: «El espíritu entró en mí, y en seguida el Señor me dijo: «Hijo del hombre, come todo lo que encuentres; cómete ese libro y anda a hablar a los hijos de Israel.» En seguida abrí la boca, me comí el libro, el espíritu entró en mí y me dijo: «Vete y que te encierren en tu casa, y te aten con estas cadenas. Toma también un cazo de hierro y ponlo como una muralla entre ti y la ciudad; mantente firme y ponte delante de Jerusalén, como si la estuvieras sitiando; esto será un signo para la casa de Israel.»

Después de esa orden, le manda Dios que duerma tres cientos noventa días del lado izquierdo para purgar las iniquidades de Israel, y que duerma cuarenta días del lado derecho por las iniquidades de la casa de Judá.

Antes de pasar adelante, vamos a copiar las palabras del juicioso comentarista Calmet respecto a esa parte de la profecía de Ezequiel, que es al mismo tiempo una verdad y una alegoría, una verdad real y un emblema. He aquí cómo la comenta ese sabio benedictino:

«Hay quien cree que eso no sucedió; que sólo fue una visión del profeta; que ningún hombre puede permanecer tanto tiempo acostado de un mismo lado sin realizar un milagro; que no diciéndonos la Biblia que fue un prodigio, no se deben multiplicar los actos milagrosos sin necesidad; que si permaneció acostado trescientos noventa días, sólo fue durante las noches, y el día lo dedicaba a sus negocios. Pero nosotros no vemos la necesidad en este caso de recurrir a los milagros, ni de buscar tergiversaciones para aplicar este hecho. No es enteramente imposible que el hombre pueda estar atado con cadenas y acostado del mismo lado durante trescientos noventa días. Todos los días se ven ejemplos que prueban la posibilidad en los presos, en varios enfermos y en algunas personas de juicio trastornado, y que por furiosas se las encadena. Prado atestigua que vio y conoció a un loco que estuvo atado y acostado desnudo, siempre del mismo lado, durante quince años. Si lo que refiere el profeta no fue mas que una visión, ¿cómo es que los judíos cautivos comprendieron lo que les quiso decir Ezequiel? ¿cómo éste hubiera ejecutado las órdenes de Dios? Lo mismo puede negarse que levantó el plano de Jerusalén, que representó el sitio, que fue atado y que comió pan de diferentes clases.»

Debemos adoptar la opinión del sabio Calmet, que es el mejor de los intérpretes. Es evidente que la Sagrada Escritura refiere el hecho como una verdad real, y que esa verdad es el emblema, el tipo de otra verdad.

«Toma trigo, cebada, habas, lentejas, mijo y algarrobas; con todo esto amasa panes para comértelos durante los días que duermas del lado derecho (2). Comerás durante trescientos noventa días esos panes como si fueran pasteles de cebada, y los cubrirás con el excremento que sale del cuerpo del hombre. Los hijos de Israel comerán también así el pan sucio.»

Esa suciedad fue tan real, que horrorizó a Ezequiel, y le hizo exclamar: «¡Ah Señor, no profanéis así mi vida!» Y el Señor le contestó entonces: «Pues bien; toma femta de toro en vez de tomar la femta del hombre, y mézclala con el pan» (3).

Como era preciso que estuviera sucio el alimento del profeta para ser un emblema, mezcló femta de toro en el pan durante trescientos noventa días, y ese hecho fue al mismo tiempo una realidad y una figura simbólica.

III

Del emblema de Oolla y de Ooliba

La Sagrada Escritura declara expresamente que Oolla es el emblema de Jerusalén: «Hijo del hombre, haz que Jerusalén conozca sus abominaciones: tu padre era descendiente de los cananeos y tu madre era macedónica.» En seguida, el profeta, sin temor a interpretaciones malignas ni a las burlas, que entonces se desconocían, habla a la joven Oolla en estos términos: «Tu garganta se hinchó, te brotó el vello, y tú estabas desnuda y confusa. Al pasar te vi; he aquí tu época, he aquí la época de los amantes; extendí sobre ti mi mano y cubrí tus obscenidades. Hice mercado de ti, y fuiste mía. Pero orgullosa de tu hermosura, hiciste alarde de fornicar, y te expusiste desnuda a los transeúntes para fornicar con ellos, prostituyéndote en todas las encrucijadas; y abriste las piernas a todos los transeúntes y multiplicaste tus fornicaciones. Y fornicaste con los egipcios tus vecinos, que tenían grandes miembros, y multiplicaste tus fornicaciones para irritarme.»

El artículo que trata de Ooliba, que significa Samaria, es mucho más atrevido y está escrito en estilo más indecente.

«Desnuda se entregó a las fornicaciones y descubrió sus liviandades; y presa de sensual furor, deseó cohabitar con los que tienen el miembro como los asnos y el derrame como los caballos.»

Esas imágenes, que hoy nos parecen licenciosas y repugnantes, en aquellos tiempos eran candorosas y sencillas. Hay muchos ejemplos de éstas en El cántico de los cánticos, que se cita como modelo de la unión más casta. Fijaos en que esas expresiones, esas imágenes, son siempre serias, y que en ningún libro de tan remota antigüedad se encuentra nunca ni una sola burla sobre el asunto de la generación. Cuando condenan la lujuria, la condenan terminantemente y con palabras propias, pero nunca con la idea de excitar la voluptuosidad ni de burlarse. La remota antigüedad no cuenta con un Marcial, con un Catulo ni con un Petronio.

 

IV

De Oseas y otros emblemas

No se considera como una visión o como una alegoría, sino como una realidad, la orden que dio el Señor al profeta Oseas de tomar una prostituta y tener tres hijos de ella (4). Efectivamente, fue una realidad que mantuvo trato carnal con Gomer, hija de Evalaim, de la que tuvo dos niños y una niña. Tampoco fue una visión que se amancebara en seguida con una mujer adúltera por mandato expreso del Señor, y que le pagara quince pedazos pequeños de plata y una fanega y media de cebada. La primera prostituta personificaba a Jerusalén y la segunda a Samaria.

No fue visión tampoco que el rey Salomón se casara con la prostituta Rahab, ni que el patriarca Judá cometiera incesto con su nuera Tamar, de cuyo incesto nacieron Phares y Zara. Tampoco fue una visión que Ruth, otra abuela de David, se metiera en la cama de Booz; ni que David hiciese matar a Urías y le robara a Betsabé, de quien les nació el rey Salomón; pero todos esos hechos se convirtieron en emblemas en cuanto se realizaron.

Resulta, pues, de un modo indudable, de la historia de Ezequiel, de Oseas, de Jeremías y de los demás profetas de los libros judíos, que sus costumbres eran muy distintas a las nuestras y que el mundo antiguo en nada se parecía al mundo moderno.

__________

(1) Isaías, cap. XX, vers. 2 y siguientes.

(2) Ezequiel, cap. IV, vers. 9 y 12.

(3) Ezequiel, cap. IV, vers. 14 y 15.

(4) Véanse los primeros capítulos del libro del profeta Oseas.

 

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