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Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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Voltaire - Diccionario Filosófico  

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EJÉRCITOS, ARMAS

Ejercitos, armas - Diccionario Filosófico de VoltaireMerece llamar la atención que existieran y existan aún en el mundo sociedades sin ejércitos. Los brahmanes, que gobernaron durante mucho tiempo casi todo el gran Quersoneso de la India; los primitivos cuáqueros, que gobernaban la Pensilvania, algunas poblaciones de América y del centro de África; los samoyedos y los lapones, no han formado jamás al frente de ninguna bandera para ir a pelear y a destruir los pueblos inmediatos.

Los brahmanes, que constituían el pueblo más numeroso de los pueblos pacíficos; su casta, que es antiquísima; sus buenas costumbres y su religión, estaban de acuerdo en no derramar jamás sangre, ni aun de los animales más in ofensivos. Por eso, siguiendo semejante régimen, fueron subyugados con facilidad, y lo serán siempre.

Los pensilvanos jamás tuvieron ejército, y miraron la guerra con horror constantemente. Muchísimas poblaciones de América no sabían lo que era un ejército hasta que los españoles fueron allí a exterminarlo todo. Los habitantes de las riberas del mar Glacial no saben lo que son ejércitos, ni dioses de los ejércitos, ni batallones, ni escuadrones. Además de esos pueblos, en ningún otro los sacerdotes llevan armas, al menos cuando son fieles a su institución. Sólo entre los cristianos se han visto sociedades religiosas establecidas para pelear, como la sociedad de los templarios, la de los caballeros de la orden de San Juan y la de los Teutones. Esas órdenes religiosas se instituyeron imitando a los levitas, que peleaban como las demás tribus judías.

Ni los ejércitos ni las armas fueron los mismos en todos los pueblos de la antigüedad. Los egipcios casi nunca tuvieron caballería; era inútil en un país entrecortado por canales, que estaba inundado cinco veces cada año y lleno de fango durante otros cinco. Los habitantes de gran parte del Asia empleaban las cuadrigas de guerra, de las que se ocupan los anales de la China. Confucio dice que todavía en su época el gobernador de cada provincia suministraba al emperador mil carros de guerra de a cuatro caballos. Los troyanos y los griegos peleaban en carros tirados por dos caballos. La nación judía, situada en terreno montañoso, desconoció la caballería y los carros, y cuando eligió su primer rey sólo tenía jumentos. Treinta hijos de Jair, que eran príncipes de treinta ciudades, según dice el texto sagrado (1), montaban cada uno en un asno. Los hijos de David huyeron montados en mulas cuando Absalón fue muerto por su hermano Ammón. También Absalón iba montado en una mula en la batalla que libró contra las tropas de su padre, lo que prueba, según las historias judías, que ya eran bastante ricos para comprar mulas en los países inmediatos.

Los griegos se servían poco de la caballería; con la falange macedónica ganó principalmente Alejandro las batallas que le dieron el dominio de la Persia. La infantería romana subyugó la mayor parte del mundo. César, en la batalla de Farsalia, no tenía a sus órdenes mas que mil soldados de caballería.

No se sabe fijo en qué época los indios y los africanos empezaron a poner al frente de sus ejércitos a los elefantes. Sorprende leer que los elefantes de Aníbal pasaron los Alpes, que entonces eran más impracticables que hoy.

Se ha cuestionado mucho tiempo sobre la manera como se formaban los ejércitos romanos y griegos, sobre sus armas y sobre sus evoluciones, y cada autor ha presentado su plano de las batallas de Zama y de Farsalia. El comentarista Calmet imprimió tres gruesos volúmenes del Diccionario de la Biblia, en el que, para explicar mejor los mandamientos de Dios, insertó cien grabados, entre los que se ven planos de batallas y de sitios. El dios de los judíos era el dios de los ejércitos, pero Calmet no fue su secretario, y sólo pudo saber por revelación cómo los ejércitos de los amalecitas, de los moabitas, de los sirios y de los filisteos fueron arreglados en orden de batalla los días de la matanza general. Esas estampas que copian la carnicería que allí hubo hicieron valer su libro cinco o seis luises de oro, pero no consiguieron que fuera mejor.

También es cuestionable si los francos, a los que el jesuita Daniel llama franceses, con anticipación se servían de flechas en sus ejércitos y si llevaban cascos y corazas. Suponiendo que se presentasen en el combate casi desnudos y armados de un hacha pequeña de carpintero, de una espada y de un cuchillo, resultará de esta suposición que los romanos, dueños de las Galias, siendo vencidos tan fácilmente por Clovis, habían perdido su antiguo valor, y que los galos prefirieron ser vasallos de un puñado de francos que de un puñado de romanos.

El traje de guerra cambió en seguida, como todo cambia. En los tiempos de los caballeros y escuderos, sólo se conoció la gendarmería de a caballo en Alemania, en Francia, en Italia, en Inglaterra y en España. Esa gendarmería iba toda vestida de hierro. Los soldados de infantería eran siervos, y puede decirse que desempeñaban las funciones de gastadores más que las de soldados. Los ingleses tuvieron siempre entre sus gentes de a pie buenos arqueros, que fueron los que los hicieron vencer en casi todas las batallas.

¿Quién hubiera creído entonces que actualmente los ejércitos sólo hacen experimentos de física? El soldado se quedaría asombrado si un sabio le dijera: «Amigo mío, tú eres mejor maquinista que Arquímedes. Se preparan cinco partes de salitre, una parte de azufre y otra parte de carbo ligneus, cada uno de esos ingredientes separado. Dispuesto el salitre, filtrado, evaporado, cristalizado, removido y seco, se incorpora con el azufre purificado y adquiere un hermoso amarillo. Esos dos ingredientes, mezclados con carbón mineral, forman dos bolas gruesas echándoles un poco de vinagre o disolución de sal amoníaco u orina. Esas bolas se reducen in polverem pyrium en un molino. El efecto que produce esa mezcla es una dilatación equivalente a lo que cuatro mil son a la unidad, y el plomo que está dentro del tubo que llevas en la mano causa otro efecto, que es el producto de su masa multiplicada por su velocidad. El primero que adivinó en gran parte ese secreto de matemáticas fue un franciscano que se llamaba Roger Bacon, y el que lo inventó por completo, en el siglo XIV, fue un benedictino alemán llamado Schwartz. De modo que debes a dos frailes el arte de ser excelente homicida si la pólvora que gastas es buena. En vano Ducange sostiene que el año 1338 los registros de la Cámara de Cuentas de París mencionan una Memoria en la que se dice que se habla de la pólvora de cañón, pero yo no lo creo. La pólvora de cañón hizo olvidar enteramente el fuego griego, que los moros usan todavía, y te hace depositario de un arte que no sólo imita al sonido del trueno, sino que es más temible que éste.» Encierran una gran verdad las anteriores palabras: dos frailes cambiaron la faz de la tierra.

Antes de la invención de los cañones, las naciones del Norte habían subyugado casi todo el hemisferio, y podían haber vuelto otra vez, como lobos hambrientos, a devorar las tierras que antiguamente devoraron sus antepasados. En los ejércitos antiguos, la fuerza corporal, la agilidad, el furor sanguinario, el encarnizamiento de hombre a hombre, decidían la victoria, y por consecuencia, el destino de las naciones. Los hombres más intrépidos se apoderaban con escalas de las ciudades. Había tan poca disciplina en los ejércitos del Norte en tiempo de la decadencia del Imperio romano, como entre las bestias carnívoras que se lanzan sobre su presa. Hoy, una sola plaza de la frontera, provista de cañones, detendría a los ejércitos de Atila y de Gengis. No hace mucho, un ejército de rusos victoriosos se consumió inútilmente frente a Crustin, que no es mas que una pequeña fortaleza situada en un pantano.

En las batallas, los hombres más débiles de cuerpo vencen a los más robustos, si tienen buena artillería y la dirigen bien. Algunos cañones bastaron en la batalla de Fontenoy para que retrocediera toda una columna inglesa que era ya dueña del campo de batalla.

Los combates no son ya de cerca; el soldado carece hoy de ese ardor, de ese entusiasmo que redobla el calor de la acción cuando se pelea cuerpo a cuerpo. La fuerza, la habilidad, hasta el temple de las armas, son inútiles. Sólo alguna vez que otra durante una guerra se hace uso de la bayoneta, aunque ésta es la más terrible de las armas.

En una llanura, muchas veces rodeaba de reductos guarnecidos de cañones, dos ejércitos avanzan en silencio, uno contra otro: cada batallón lleva consigo cañones de campaña; las primeras líneas de soldados disparan una contra otra y una después de otra, y esas líneas son las víctimas que se presentan para que las sacrifiquen los cañonazos. Se ve formar en alas los escuadrones, que se exponen continuamente al fuego del enemigo, esperando la orden del general. Los primeros que se cansan de esa maniobra, en la que para nada entra la impetuosidad del valor, se desbandan y abandonan el campo de batalla. El general acude a rehacerlos, si puede, a gran distancia de allí. Las enemigos victoriosos sitian una ciudad, cuyo sitio les cuesta algunas veces más tiempo, más hombres y más dinero que varias batallas les hubieran costado. Las ventajas que se consiguen rara vez son rápidas, y al cabo de cinco o seis años los dos ejércitos enemigos quedan en cuadro y se ven obligados a concertar la paz.

De modo que la invención de la artillería y el método moderno han establecido entre las potencias una igualdad que pone al género humano al abrigo de las antiguas devastaciones y hace las guerras menos funestas, aunque lo son mucho todavía.

Los griegos en todas sus épocas, los romanos hasta el tiempo de Sila y los demás pueblos del Occidente y del Septentrión, no tuvieron ejércitos a sueldo en pie de guerra continuamente. Todos los habitantes de esos países eran soldados que se alistaban cuando había guerra. Así sucede hoy en Suiza. Si recorréis esa nación, no encontraréis en ninguna parte ni un batallón en tiempo de paz; pero cuando hay guerra veréis cómo se arman de repente ochenta mil soldados.

Los que usurparon el poder supremo, desde los tiempos de Sila, tuvieron ya ejércitos permanentes, que pagaba el dinero de los ciudadanos, más para sujetarlos que para subyugar a las otras naciones. Hasta el arzobispo de Roma se paga un pequeño ejército. ¿Quién podría adivinar, en la época de los apóstoles, que andando los tiempos el servidor de los servidores de Dios tendría a sueldo regimientos, y en la misma Roma?

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(1) Libro de los Jueces, cap. X, vers. 4.

 

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