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Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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ECONOMÍA DE PALABRAS

Economía de palabras - Diccionario Filosófico de VoltaireÉsta es una frase consagrada a los Padres de la Iglesia y a los primeros institutos de nuestra santa religión, y significa hablar según los tiempos y según las circunstancias.

Por ejemplo, San Pablo, siendo cristiano, entra en el templo de los judíos para cumplir con los ritos judaicos, para hacer ver que no se separa de la ley mosaica. Al cabo de siete días le reconocen y le acusan de haber profanado el templo. En seguida lo maltratan, le sacan de allí tumultuosamente; el tribuno de la cohorte llega y lo hace atar con cadenas. Al día siguiente el tribuno reúne el sanhedrín y comparece Pablo ante ese tribunal. El gran sacerdote Auniach empieza por darle un bofetón (1) y Pablo le dice lo siguiente:

«Me dio un bofetón, pero yo le dije bien lo que hizo.» Sabiendo Pablo que la mitad de sus jueces eran saduceos y la otra mitad fariseos, les habló de este modo: «Soy fariseo y mi padre también lo fue; sólo se me quiere condenar por la esperanza en la resurrección de los muertos.» En cuanto Pablo dijo esto, se entabló una disputa entre fariseos y saduceos, disputa que hizo disolver la asamblea, porque los saduceos dicen que no hay resurrección, ni ángeles, ni espíritus, y los fariseos sostienen lo contrario.

Es evidente, según el texto, que Pablo no era fariseo, porque era cristiano, y que no se cuestionó en dicho asunto sobre la resurrección, ni se habló de esperanza, de ángeles, ni de espíritus. El texto prueba que San Pablo dijo las referidas palabras sólo para enzarzar en cuestión a los saduceos y los fariseos. Eso es lo que se llama hablar por economía, por prudencia. Este hecho resultó un religioso artificio, que no se hubiera atrevido a emplear mas que un apóstol.

Del mismo modo casi todos los Padres de la Iglesia hablaron «por economía». San Jerónimo desarrolla admirablemente ese método en su carta 54. Pesad sus palabras. Después de decir que hay ocasiones en que es menester presentar un pan y echar una piedra, continúa hablando de este modo:

«Os ruego que leáis a Demóstenes y a Cicerón, y si los retóricos os disgustan, porque su arte consiste más en decir lo inverosímil que lo verdadero, leed a Platón, a Teofrasto, a Jenofonte, a Aristóteles y a todos los que después de haber bebido en la fuente de Sócrates sacaron de ella diversos arroyos. ¿Se encuentra acaso en ellos candor y sencillez? ¿Qué término de ellos no tiene dos sentidos? ¿Cuándo no adoptan el sentido que puede reportarles la victoria? Orígenes, Metodio, Eusebio, Apolinario, escribieron millares de versos contra Celso y Porfirio. Meditad el artificio y la sutilidad con que combaten el espíritu del diablo, diciendo no lo que creen, sino lo que creen necesario decir: Non quod sentiunt, sed quod necesse est dicunt. No voy a ocuparme de los autores latinos Tertuliano, Cipriano, Minucio, Victoriano, Lactando, Hilarlo, porque sólo trato de defenderme, y para esto me bastará referiros el ejemplo del apóstol San Pablo», etc.

San Agustín escribe con frecuencia «por economía». Se adapta tan bien a los tiempos y las circunstancias, que en una de sus epístolas confiesa que sólo explicó el misterio de la Trinidad porque «era preciso que dijera algo». No habló así porque dudara de la Santísima Trinidad, sino que, conociendo que ese misterio es inefable, quiso sin embargo satisfacer la curiosidad del pueblo.

Este método siempre lo admitió la teología; se empleaba contra los eucratitas un argumento que venciera la causa que defendían los carpocracianos, y cuando disputaban para vencer a los carpocracianos, cambiaban de armas. Tan pronto dicen que Jesús murió por salvar a «muchos», cuando quieren excluir a los réprobos, como afirman que murió por «todos», cuando tratan de poner de manifiesto su bondad universal. En el primer caso toman el sentido propio por el sentido figurado; en el segundo, toman el sentido figurado por el sentido propio, según lo exige la prudencia.

Esa práctica no la admitiría la justicia. Castigaría al testigo que hablara en pro y en contra de un asunto capital; pero hay infinita diferencia entre los viles intereses humanos, que exigen la mayor claridad, y los intereses divinos, que están ocultos en un abismo impenetrable y utilizan muchas veces la mentira. Los mismos jueces que exigen en la audiencia pruebas indudables que se aproximen a una demostración, se satisfacen en los sermones con pruebas morales y hasta con declamaciones sin pruebas.

San Agustín habla «por economía» cuando dice: «Creo, porque esto es absurdo; creo, porque esto es imposible.» Estas palabras, que serían extravagantes en cualquier asunto mundano, son respetables en teología, porque significan: lo que es absurdo e imposible para los mortales, no lo es para Dios; si Dios me reveló esos absurdos y esas imposibilidades aparentes, debo creerlos.

Al abogado no le dejarían hablar de ese modo en el foro. Encerrarían en un hospital de locos a los testigos que dijeran: «Aseguramos que el acusado, estando en la cuna, en la Martinica, mató a un hombre en París, y estamos convencidos de semejante homicidio porque es absurdo y porque es imposible.»

El mismo San Agustín dice en su carta 53: «Está escrito (2) que el mundo entero pertenece a los fieles; los infieles no tienen un óbolo que posean legítimamente.» Si siguiendo ese principio dos depositarios de mis fondos me aseguran que son fieles, y fiándome de ellos quiebran y me arruinan, serán sentenciados por los tribunales, a pesar de lo que dice San Agustín.

San Ireneo sostiene (lib. IV, cap. XXV) que no debemos condenar el incesto de las dos hijas de Lot con su padre, ni el de Tamar con su suegro, por la razón de que la Santa Escritura no dice expresamente que esa acción sea criminal. Que no lo diga la Biblia no impedirá que las leyes castiguen el incesto.

Todos los primitivos cristianos, sin excepción alguna, pensaban con respecto a la guerra como los esenios y los terapeutas, como piensan y obran hoy los cuáqueros y los dumkars, como siempre pensaron y obraron los brahmanes. Tertuliano es el que combate con más brío esos homicidios legales que nuestra abominable naturaleza hace necesarios: «No hay ningún uso, no hay ninguna razón que legitime ese acto criminal.» Esto no obstante, después de asegurar que no hay ningún cristiano que pueda llevar armas, «por economía» dice en el mismo libro, tratando de intimidar al Imperio romano: «Nosotros somos de ayer, y sin embargo, llenamos vuestras ciudades y vuestros ejércitos.» Esto sólo fue verdad en la época de Constancio; pero la economía exigía que Tertuliano exagerara para hacer temible su partido. Con la misma intención dice que Pilatos era cristiano de corazón. Todo su Apologético está lleno de aserciones parecidas, que aumentaban el celo de los neófitos.

Terminaremos los ejemplos del estilo económico, que son innumerables, con el pasaje de San Jerónimo en la cuestión que tuvo con Joviniano sobre las segundas nupcias: «Si los órganos de la generación de los hombres, las partes genitales de la mujer y la diferencia de los dos sexos, creados uno para otro, manifiestan con evidencia que fueron destinados para crear hijos, he aquí lo que yo os voy a contestar: Si eso fuera así, sacaríamos la consecuencia de que no debíamos de parar de hacer el amor, por miedo de llevar inútilmente los miembros que para él fueron destinados. ¿Por qué el marido se abstendría entonces de cohabitar con su mujer; por qué la viuda perseveraría en la viudedad, si nacimos destinados a ese acto como los demás animales? ¿En qué me perjudicaría el hombre que se acostara con mi mujer? Indudablemente, si tenemos dientes para comer y para que vaya a parar al estómago lo que ellos desmenuzan; si no obra mal el hombre que da pan a mi mujer, tampoco debe obrar mal si, siendo más vigoroso que yo, apacigua su hambre de otra manera y me descansa de mis fatigas, ya que los órganos generativos se nos han dado para gozar y deben cumplir su destino.»

Después de referir este pasaje, me parece ya inútil citar otros. Notemos únicamente que ese estilo económico, que se acerca mucho al estilo de la polémica, debe manejarse con la mayor circunspección, y que no corresponde a los profanos imitar en sus cuestiones la manera que los santos usan, ya impelidos por el calor de su celo, ya por la candidez de su estilo.

__________

(1) En los pueblos asiáticos, dar un bofetón era un castigo legal. Todavía hoy, en la China y en los países de la parte de allá del Ganges, condenan a la pena de sufrir una docena de bofetones.

(2) Está escrito en los Proverbios, capítulo XVII, pero sólo en la traducción de los Setenta, que era la que entonces admitía la Iglesia.

 

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