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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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Voltaire - Diccionario Filosófico  

►  Economía de palabras

 

ECONOMÍA

Economía - Diccionario Filosófico de VoltaireEsta palabra, en su acepción ordinaria, significa el modo de administrar los bienes, y es común al padre de familia y al superintendente de la Hacienda de un reino. Las diferentes clases de gobierno, los enredos de familia y de corte, las guerras injustas y mal conducidas, la espada de Temis entregada a la mano del verdugo para matar al inocente, las discordias intestinas, son asuntos extraños a la economía. Tampoco se trata aquí de las declamaciones de los políticos que gobiernan un Estado desde el fondo de su gabinete.

La economía doméstica es la que nos suministra las tres cosas que son de verdadera necesidad para el hombre: vivir, vestir y tener abrigo o techado; puede decirse que para él no existe otra necesidad, a no ser la de calentarse en los países helados. Esas tres necesidades bien entendidas proporcionan la salud, sin la cual no hay nada.

Hacer vida de campo se llama con frecuencia dedicarse a la «vida patriarcal»; pero en nuestros climas la vida patriarcal sería impracticable y nos haría morir de frío, de hambre y de miseria.

Abraham, desde la Caldea se dirigió a Sichem; desde allí emprendió un largo viaje por los desiertos áridos para llegar a Memfis, con la idea de comprar trigo. Dejo a un lado la parte divina que hay en la historia de Abraham y de su descendencia, y sólo voy a ocuparme aquí de su economía rural. Abandona la región más fértil del universo y las ciudades donde había casas muy cómodas, para vagar errante por países que hablaban una lengua que él no podía entender. Va desde Sodoma hasta el desierto de Gerara, en el que no había una casa donde guarecerse. Cuando despide a Agar y al hijo que tuvo de ella, estaba todavía en el desierto, y sólo les da para el viaje un pedazo de pan y un cántaro de agua. Cuando va a sacrificar su hijo al Señor, estando todavía en el desierto, él mismo corta la leña que ha de quemar a la víctima, y la carga en las espaldas de su hijo, que va a inmolar en seguida. Su esposa muere en un sitio llamado Hebrón; no tiene ni seis pies de tierra para enterrarla, y se ve obligado a comprar una caverna para sepultar a su mujer; ése fue el único pedazo de tierra que poseyó Abraham. Tuvo, sin embargo, muchos hijos, sin contar Isaac y su posteridad, y su segunda mujer, Gethura, tuvo a la edad de ciento cuarenta años, según los cálculos ordinarios, cinco hijos, que se fueron a Arabia.

No consta que Isaac tuviera ni un solo trozo de tierra en el país donde murió su padre, y no debió poseerlo, porque se fue al desierto de Gerara con Rebeca su mujer, y a casa del mismo Abimelec, rey de Gerara, que estuvo enamorado de su madre. Ese rey del desierto también se enamoró de Rebeca, que su marido hizo pasar por hermana, como Abraham hizo con Sara cuarenta años antes. Es sorprendente que en esa familia hagan pasar siempre las mujeres por hermanas, con la idea de ganar alguna cosa; pero ya que esos hechos están consagrados, debemos respetarlos. La Sagrada Escritura dice que se enriqueció en esa tierra horrible, que él convirtió en fértil, y que llegó a ser extremadamente poderoso; pero también dice que no encontraba agua para beber, que tuvo una gran cuestión con los pastores del reyezuelo de Gerara sobre un pozo, y que no poseyó ni una sola casa. Tampoco la tuvieron sus hijos Esaú y Jacob; Jacob se vio obligado a ir a procurarse la subsistencia a Mesopotamia, que Abraham abandonó. Estuvo sirviendo siete años para conseguir la hija mayor de Labán, y otros siete para conseguir la segunda hija, y después huyó con Raquel y con los ganados de su suegro, que le persiguió. No es eso tener una fortuna asegurada. Esaú vivió también errante como Jacob. Ninguno de los doce patriarcas, hijos de Jacob, tuvo morada fija ni fue propietario de un campo. Vivían en tiendas de campaña, como los árabes beduinos.

Claro es que esa vida patriarcal no es conveniente para nuestras costumbres ni para la vida moderna. Necesita un buen cultivador una casa sana que mire hacia el Oriente, vastas granjas, establo y caballerizas limpias, todo lo cual puede valer unos cincuenta mil francos en moneda actual. Debe sembrar todos los años cien fanegas de trigo, dedicar otras tantas para buenos pastos, poseer algunas fanegas de viña y otras para cultivar granos y legumbres y árboles útiles. Con todas esas ventajas bien administradas, puede sostener en la abundancia numerosa familia. Sus campos mejorarán de día en día; soportará sin temor la falta de cosechas y el peso de los impuestos, porque una buena cosecha le resarcirá del perjuicio de dos malas, y disfrutará en sus dominios de soberanía real, sometida únicamente a las leyes. Ése es el estado más natural del hombre, el más tranquilo y el más feliz, pero desgraciadamente el más raro.

Al hijo de ese venerable patriarca, al ver que es rico, le disgusta pagar la tasa humillante de la talla. Por desgracia aprendió el latín; va a la ciudad y compra un cargo que le exceptúa de pagar la contribución de la talla y hará noble a su hijo dentro de veinte años. Vende sus dominios para pagar su vanidad. Una joven educada en el lujo se casa con él, le deshonra y le arruina, muere en la miseria, y su hijo tiene que vestir librea en París. Ésa es la diferencia que hay entre la economía del campo y las ilusiones de las ciudades.

 

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