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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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ECLIPSE

Eclipse - Diccionario Filosófico de VoltaireLos fenómenos extraordinarios los consideraron durante mucho tiempo los pueblos como presagios de acontecimientos prósperos o adversos. Los historiadores romanos observaron que un eclipse de sol acompañó al nacimiento de Rómulo, que otro eclipse anunció su muerte y un tercer eclipse precedió a la fundación de la ciudad de Roma.

En el artículo Visión de Constantino hablaremos detalladamente de la aparición de la cruz, que precedió al triunfo del cristianismo, y en el artículo Profecías trataremos de la estrella nueva que apareció para alumbrar el nacimiento de Jesús. Aquí nos limitaremos a referir que el mundo se cubrió de tinieblas en los momentos de expirar el Salvador.

Los escritores griegos y latinos de la Iglesia citan como auténticas dos cartas atribuidas a Dionisio el Areopagita, en las que refiere que encontrándose en Heliópolis con su amigo Apollofano, vieron de repente hacia la hora sexta que la luna se colocaba debajo del sol, produciendo un gran eclipse; en seguida, cerca de la hora nona, se apercibieron que la luna dejaba el sitio que ocupaba para colocarse a la parte opuesta. Entonces cogieron las reglas de Felipe Arideo, y después de examinar el curso de los astros, se convencieron de que naturalmente el sol no pudo ser eclipsado en aquel momento. Además observaron que la luna, contra su marcha natural, en vez de venir desde el Occidente a colocarse debajo del sol, vino por la parte de Oriente y se volvió hacia atrás por la misma parte. Esto hizo decir a Apollofano: «Éstos son, mi querido Dionisio, cambios divinos»; a lo que Dionisio replicó: «0 el autor de la Naturaleza sufre, o la máquina del universo quedará pronto destruida.»

Dionisio añade que habiendo tomado nota de la hora y año en que sucedió ese prodigio, y combinando todo esto con lo que Pablo le dijo poco después, se rindió a la evidencia de la verdad, lo mismo que su amigo. He aquí lo que hizo creer que las tinieblas que oscurecieron el mundo cuando murió Jesucristo fueron producidas por un eclipse sobrenatural, y lo que convirtió esto en universal creencia, hasta el punto de decir Maldonat que tal era la opinión de todos los católicos. Efectivamente, era difícil de oponerse a la declaración de un testigo ocular, sabio y desinteresado, porque entonces se supone que Dionisio era todavía pagano.

Como esas cartas atribuidas a Dionisio se escribieron a últimos del siglo V o a principios del siglo VI, Eusebio de Cesárea se contenta con citar el testimonio de Flegón, liberto del emperador Adriano (1). Ese autor era también pagano, y escribió la historia de las olimpiadas, dividida en diez y seis libros desde su origen hasta 1040 de la era vulgar. Eusebio añade que esos acontecimientos se refieren en los antiguos libros griegos, diciendo que sucedieron en el año diez y ocho del reinado de Tiberio. Se cree que Eusebio se refiere al historiador griego Thallus, que citan Justino, Tertuliano y Julio Africano; pero como las obras de Thallus y de Flegón no han llegado hasta nosotros, no nos es posible juzgar de la exactitud de las dos citas. Verdad es que el Cronicón pascual de los griegos, San Jerónimo, Anastasio, el autor de la Historia Miscelánea, y Freculfo de Luxem, entre los latinos, todos copian el fragmento de Flegón del mismo modo, y dicen lo mismo que Eusebio. Pero se sabe que esos mismos testigos que deponen con uniformidad, tradujeron o copiaron el pasaje no del mismo Flegón, sino de Eusebio, que fue el primero que lo citó, y Juan Filopomo, que había leído a Flegón, no está acorde con Eusebio, difiriendo ambos en dos años. Podrían también citarse los nombres de Máximo y de Madela, que vivieron en los tiempos en que subsistía aún la obra de Flegón, y si así lo hiciéramos nos daría el siguiente resultado: cinco de los autores citados son copistas o traductores de Eusebio. Filopomo, donde declara que refiere las propias palabras de Flegón, las lee de otro modo, y de otra manera las leen también Máximo y Madela; de modo que no es cierto que refieran exactamente lo mismo que el citado pasaje.

Por otra parte, hay una prueba inequívoca de que es poco fiel Eusebio al citar a los autores. Asegura que los romanos erigieron una estatua a Simón el Mago con esta inscripción: Simoni Deo sancto. (A Simón Dios santo). Teodoret, San Agustín, San Cirilo, Clemente de Alejandría, Tertuliano y San Justino están de acuerdo en esto con Eusebio; San Justino, que refiere haber visto dicha estatua, nos hace saber que estaba colocada entre los dos puentes del Tíber, esto es, en la isla que forma el río. Sin embargo, la inscripción que se desenterró en Roma el año 1574, en el sitio mismo que indicó Justino, dice: «Semone Sanco deo Fidio.» Ovidio refiere que los antiguos sabinos edificaron un templo en el monte Quirinal a esa divinidad, que llamaron Semo Sancus Sanctus o Fidius, y se encuentran en Gruter dos inscripciones parecidas: una de ellas estaba en el monte Quirinal y la otra subsiste todavía en Rieti, país que ocuparon los antiguos sabinos.

Por fin, los cálculos de Hœgson, de Halley, de Whirton, de Gale Morris, han demostrado que Flegón y Thallus se ocuparon de un eclipse natural que se verificó el 24 de noviembre, el primer año de la 202 olimpiada, y no en el cuarto año, como asegura Eusebio. Su tamaño en Nicea sólo fue, en opinión de Whirton, de cerca de nueve a diez dedos, esto es, dos tercios y medio del disco del sol; empezó a las ocho y cuarto y terminó a las diez y quince minutos. Entre el Cairo y Jerusalén, según dice Gale Morris, el sol quedó totalmente oscurecido durante dos minutos.

No se da crédito a los supuestos testimonios de Dionisio, de Flegón y de Thallus, y se ha citado en estos últimos tiempos la historia de la China, en lo que hace referencia al gran eclipse de sol que supusieron se había verificado contra el orden de la Naturaleza el año 32 del nacimiento de Jesucristo. La primera obra que lo menciona es una Historia de la China, que publicó en París en 1672 el jesuita Greslon. En el extracto que insertó el Diario de los Sabios el 2 de febrero de dicho año se encuentran estas singulares frases:

«Los anales de la China refieren que en el mes de abril del año 32 de Jesucristo hubo un gran eclipse de sol, opuesto a las leyes de la Naturaleza. Si eso fue verdad, ese eclipse podría ser muy bien el que se verificó durante la pasión de Jesucristo, que murió en el mes de abril, según opinan algunos autores. Por esto los misioneros de la China ruegan a los astrónomos de Europa que estudien si hubo o no hubo eclipse en dicho mes y en dicho año, y si pudo verificarse naturalmente, porque probando esa circunstancia, podrían sacarse de ello grandes ventajas para convertir a los chinos.»

No se comprende por qué rogaron a los matemáticos de Europa que hicieran ese cálculo, cuando los jesuitas Adam, Shal y Verbiest, que reformaron el calendario de la China, calcularon los eclipses, los equinoccios y los solsticios, pudieron ellos mismos hacer ese cálculo. Por otra parte, si el eclipse que refiere Greslon se verificó contra las leyes de la Naturaleza, ¿cómo era posible calcularlo? Según confesión del jesuita Couplet, los chinos han insertado en sus fastos gran número de falsos eclipses, y el chino YamQuemsiam, al contestar a la Apología de la religión cristiana, que publicaron en la China los jesuitas, dice terminantemente que ese supuesto eclipse no consta en ninguna historia china.

¿Cómo hemos de creer, pues, al jesuita Tachard, que en la carta dedicatoria de su Viaje a Siam dice que la Suprema Sabiduría hizo conocer en la antigüedad a los reyes y a los pueblos de Oriente el nacimiento y la muerte de Jesucristo por medio de la nueva estrella que apareció y por medio de un extraordinario eclipse? Sin duda ignoraba ese jesuita la frase que pronunció San Jerónimo respecto a un asunto parecido, y es la siguiente: «Esa opinión, aunque sea a propósito para halagar los oídos del pueblo, no por esto verdadera.»

Hubiera podido ahorrar todas esas discusiones con tener presente que Tertuliano dijo que el día se apagó de repente estando el sol en la mitad de su carrera, y los paganos creyeron que fue por efecto de un eclipse, porque no sabían que ese suceso lo profetizó Amós en los siguientes términos: «El sol se pondrá al mediodía y entonces desaparecerá la luz.» «Los que han tratado de inquirir la causa de ese acontecimiento —continúa diciendo Tertuliano— sin poderla descubrir, la negaron; pero el hecho es cierto y se encuentra consignado en los archivos.»

Orígenes dice que no es extraño que los autores extranjeros no hayan hablado de las tinieblas que mencionan los evangelistas, porque sólo aparecieron en las cercanías de Jerusalén; y según su opinión, con la palabra Judea se designa todo el mundo en algunas partes de la Sagrada Escritura. Confiesa, por otra parte, que el pasaje del Evangelio de San Lucas, en el cual en su tiempo se decía que toda la tierra se cubrió de tinieblas cuando se verificó el eclipse de sol, fue falsificado por algún cristiano ignorante, que creyó de ese modo descifrar mejor el texto del evangelista, o por algún enemigo malintencionado que quiso encontrar ese pretexto para calumniar a la Iglesia, como si los evangelistas hubieran marcado que había de verificarse un eclipse en tiempo determinado, en el que era notorio que no podía verificarse. «Verdad es —añade Orígenes— que Flegón dijo que hubo un eclipse en la época de Tiberio; pero como no dice que sucedió en la luna llena, esto no tiene nada de maravilloso. Esas tinieblas —continúa diciendo Orígenes— eran de la misma naturaleza que las que cubrieron a Egipto en los tiempos de Moisés, y que no llegaron hasta la región donde habitaban los israelitas. Las tinieblas de Egipto duraron tres días y las de Jerusalén sólo duraron tres horas; las primeras fueron una copia de las segundas, y así como Moisés, para atraerlas sobre Egipto, elevó las manos al cielo e invocó al Señor, así también Jesucristo, para cubrir de tinieblas a Jerusalén, extendió las manos sobre la cruz para protestar contra el pueblo ingrato que, atumultado contra él, gritó: «¡Crucificadle, crucificadle!»

Nosotros terminaremos este artículo diciendo, como Plutarco: «Las tinieblas de la superstición son más peligrosas que las de los eclipses.»

__________

(1) He aquí el pasaje de Flegón que cita Eusebio: «El año IV de la olimpiada 202 hubo un eclipse de sol, el mayor que se conoció hasta entonces. Sobrevino a la sexta hora del día una noche tan oscura, que en el cielo aparecieron las estrellas. Además, hubo un gran terremoto que derribó muchas casas en Nicea.»

 

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