DRUIDAS
(La escena es en el Tártaro)
LAS FURIAS (rodeadas de serpientes y con el látigo en la mano).—Druida celta, y tú, detestable Calcas, hierofante griego, ha llegado el momento de renovar vuestros justos suplicios; llegó la hora de las venganzas.
EL DRUIDA Y CALCAS.—¡Perdón! ¡Esas serpientes se enroscan en nuestro cuerpo! ¡Perdón!
CALCAS.—Dos víboras me están arrancando los ojos.
EL DRUIDA.—Una serpiente se me ha introducido en las entrañas y me devora.
CALCAS. — ¡Estoy destrozado! ¡Han de reaparecer mis ojos, para arrancármelos todos los días!
EL DRUIDA.—¡Ha de renacer mi piel, para que caiga a pedazos!
TISIFONA.—Así aprenderás, villano Druida, a no dar otra vez la miserable planta parásita que se llama muérdago de la encina como remedio universal. ¿Seguirás inmolando todavía al dios Teutates niñas y niños? ¿Seguirás quemándolos en cestos de mimbre al compás del tambor?
EL DRUIDA.—No lo volveré a hacer; pero ten piedad de mí.
TISIFONA.—TÚ nunca la conociste. Serpientes mías, seguid dando latigazos
a ese pícaro sagrado.
ALECTAN.—Azotad fuerte a Calcas, que viene hacia aquí con la mirada feroz, el aire sombrío y el pelo erizado.
CALCAS.—¡Ay! ¡Me arrancan el pelo, me queman, me pelan, me empalan!
ALECTAN.—¡Malvado! ¿Volverás a degollar a las doncellas en vez de casarlas, sólo por tener el viento propicio?
CALCAS Y EL DRUIDA.—¡Sufriendo tormentos tan horrorosos no podemos morir!
ALECTAN Y TISIFONA.—Se oye música; debe ser Orfeo, porque las serpientes se han convertido en corderos.
CALCAS.—¡Es extraño lo que me sucede! ¡Ya no sufro!
EL DRUIDA.—¡Estoy regocijado! ¡Grande es el poder de la música! ¿Quién eres tú, hombre divino, que curas las heridas y alegras el infierno?
ORFEO.—Compañeros, soy sacerdote como vosotros, pero nunca engañé
a nadie ni degollé niños. Cuando estuve en el mundo, en vez de procurar que aborrecieran
a los dioses,
impulsé a que los amasen, dulcifiqué las costumbres de los hombres, que
vosotros hicisteis feroces, y me dedico a esa misma tarea en los
infiernos. He encontrado allí abajo dos bárbaros sacerdotes a los que
azotaban con furia en las nalgas; uno de ellos descuartizó a un rey, y
el otro mandó cortar la cabeza
a su propia reina. Conseguí que terminara su penitencia haciendo sonar mi lira, y en cambio me han prometido que cuando vuelvan al mundo vivirán como hombres honrados.
EL DRUIDA Y CALCAS.—Nosotros también te lo prometemos; palabra de sacerdotes.
ORFEO.—Sí; pero passato il pericolo, gabbato il santo: en cuanto pasa el peligro, se engaña al santo.
(La escena termina con un baile de condenados y furias, en el que Orfeo toca una sinfonía agradable.)
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