DOGMAS
Todos sabemos que las creencias que enseña la Iglesia son dogmas que debemos acatar, y es una
lástima que haya dogmas admitidos por la Iglesia latina y que son rechazados por
la Iglesia griega. A propósito de esto, podemos referir un sueño que hizo bastante gracia
a algunas personas pacíficas:
«El 18 de Febrero del año 1773 de la era vulgar, cuando el sol entraba en el signo de los Peces,
fui transportado al cielo, como saben todos mis amigos. No fui allí
cabalgando sobre el jumento Borac de Mahoma, ni me sirvió de carroza el carro de fuego de Elías; no me transportó
el elefante de Sammonocodam el siamés, ni el caballo de San Jorge, patrón de Inglaterra, ni el cerdo de San Antonio;
confieso ingenuamente que hice el viaje no sé cómo. Se creerá fácilmente que quedé deslumbrado al llegar al cielo,
pero no se
creerá que vi juzgar a los muertos. ¿Y quiénes eran los jueces? Los que hicieron beneficios
a la humanidad: Confucio, Solón, Sócrates, Tito, los Antoninos, Epicteto, Charrón, De Thou, el canciller De l'Hópital; todos
los grandes hombres que enseñaron y practicaron las virtudes que Dios exige, y que parece deben tener derecho
a pronunciar esas sentencias definitivas.
»No podré decir a punto fijo en qué tronos estaban sentados, ni cuántos millares de seres celestes se
prosternaban ante el Eterno Arquitecto de todos los mundos, ni cuántos millones de habitantes de esos
innumerables globos comparecieron ante los jueces. Sólo referiré algunas particularidades muy interesantes
que me chocaron.
»Noté que cada muerto que defendía su causa y hacía alarde de hermosos sentimientos tenía
a su lado todos
los testimonios de sus actos. Por ejemplo: cuando el cardenal de Lorena se vanagloriaba de que el Concilio
de Trento hubiera adoptado alguna de sus opiniones, y de que por premio de su ortodoxia pedía que se le
concediera la vida eterna, de repente aparecieron a su alrededor veinte damas de la corte que llevaban escrito
en la frente el número de citas que habían tenido con el cardenal. A su lado estaban también los que le ayudaron
a crear la Liga, y le rodeaban todos los cómplices de sus perversas intenciones.
»Frente a frente del cardenal de Lorena estaba Juan Calvino, que se vanagloriaba,
hablando en grosero lemosín,
de haber dado puntapiés al ídolo papal después que otros lo derribaron. «He escrito contra la escultura y contra
la pintura -decía-; evidencié que las buenas obras no sirven para nada y probé que es diabólico bailar el minué.
Expulsad de aquí en seguida al cardenal de Lorena y colocad me a mí al lado de San Pablo.» Mientras hablaba
se vio cerca de él una hoguera encendida, y un espectro espantoso, que llevaba al cuello una gorguera española
medio quemada, salía de entre las llamas lanzando terribles gritos: «¡Monstruo -gritaba-, monstruo execrable,
tiembla! Reconóceme: soy Servet, a quien hiciste morir, dándole el mayor de los tormentos, por haber disputado
contigo sobre el modo como tres personas pueden componer una sola sustancia.» Entonces los jueces mandaron
que el cardenal de Lorena fuera precipitado en el abismo y que Calvino fuera castigado más rigurosamente.
»El jesuita Le Tellier apareció orgulloso llevando en la mano la bula
Unigénitus. De repente, a su lado se
levantó un montón compuesto de dos mil órdenes reservadas del
rey. Un jansenista las incendió: Le Tellier quedó quemado hasta los huesos, y el
jansenista, que no había intrigado menos que el jesuita, también fue pasto de las llamas.
»Luego llegaron por la derecha y por la izquierda multitud de fakires, de talampninos, de bonzos, de
frailes blancos, negros y grises, que creyeron que para hacer la corte al Ser Supremo era preciso cantar,
azotarse o ir desnudos. Oí una
voz terrible que les preguntó: «¿Qué beneficio habéis reportado a los hombres?» A esta voz sucedió un
sombrío silencio. Ninguno se atrevió a responder, y todos ellos fueron conducidos
a los hospitales de locos
del cielo. Uno gritaba: «Debemos creer en la metamorfosis de Xaca»; otro decía: «No; en las de Sammonocodam.»
«Baco paró el sol y la luna», decía éste. «Los dioses resucitaron a Pelocs», decía uno. «Aquí está la bula
In Cœna Domini», exclamaba otro. Y el ujier de los jueces les gritaba: «A la casa de los locos,
a la
casa de los locos.»
»Cuando terminaron todos los procesos, oí pronunciar la siguiente sentencia: «De parte del Eterno Creador,
que castiga, perdona y remunera, hago notorio a los habitantes de los cien mil millones de millones de
mundos que nos plugo crear que no juzgaremos nunca a los susodichos habitantes por sus ideas equivocadas,
sino que los juzgaremos únicamente por sus actos, porque tal es nuestra justicia.»
»Confieso que es la primera vez que oí un edicto semejante. Hasta entonces, todos los que yo
había leído
en el grano de arena donde yo he nacido concluían con estas palabras: «Porque tal es nuestra voluntad» (1).
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(1) Fórmula de los edictos reales en Francia.
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