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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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DOGMAS

Dogmas - Diccionario Filosófico de VoltaireTodos sabemos que las creencias que enseña la Iglesia son dogmas que debemos acatar, y es una lástima que haya dogmas admitidos por la Iglesia latina y que son rechazados por la Iglesia griega. A propósito de esto, podemos referir un sueño que hizo bastante gracia a algunas personas pacíficas:

«El 18 de Febrero del año 1773 de la era vulgar, cuando el sol entraba en el signo de los Peces, fui transportado al cielo, como saben todos mis amigos. No fui allí cabalgando sobre el jumento Borac de Mahoma, ni me sirvió de carroza el carro de fuego de Elías; no me transportó el elefante de Sammonocodam el siamés, ni el caballo de San Jorge, patrón de Inglaterra, ni el cerdo de San Antonio; confieso ingenuamente que hice el viaje no sé cómo. Se creerá fácilmente que quedé deslumbrado al llegar al cielo, pero no se creerá que vi juzgar a los muertos. ¿Y quiénes eran los jueces? Los que hicieron beneficios a la humanidad: Confucio, Solón, Sócrates, Tito, los Antoninos, Epicteto, Charrón, De Thou, el canciller De l'Hópital; todos los grandes hombres que enseñaron y practicaron las virtudes que Dios exige, y que parece deben tener derecho a pronunciar esas sentencias definitivas.

»No podré decir a punto fijo en qué tronos estaban sentados, ni cuántos millares de seres celestes se prosternaban ante el Eterno Arquitecto de todos los mundos, ni cuántos millones de habitantes de esos innumerables globos comparecieron ante los jueces. Sólo referiré algunas particularidades muy interesantes que me chocaron.

»Noté que cada muerto que defendía su causa y hacía alarde de hermosos sentimientos tenía a su lado todos los testimonios de sus actos. Por ejemplo: cuando el cardenal de Lorena se vanagloriaba de que el Concilio de Trento hubiera adoptado alguna de sus opiniones, y de que por premio de su ortodoxia pedía que se le concediera la vida eterna, de repente aparecieron a su alrededor veinte damas de la corte que llevaban escrito en la frente el número de citas que habían tenido con el cardenal. A su lado estaban también los que le ayudaron a crear la Liga, y le rodeaban todos los cómplices de sus perversas intenciones.

»Frente a frente del cardenal de Lorena estaba Juan Calvino, que se vanagloriaba, hablando en grosero lemosín, de haber dado puntapiés al ídolo papal después que otros lo derribaron. «He escrito contra la escultura y contra la pintura -decía-; evidencié que las buenas obras no sirven para nada y probé que es diabólico bailar el minué. Expulsad de aquí en seguida al cardenal de Lorena y colocad me a mí al lado de San Pablo.» Mientras hablaba se vio cerca de él una hoguera encendida, y un espectro espantoso, que llevaba al cuello una gorguera española medio quemada, salía de entre las llamas lanzando terribles gritos: «¡Monstruo -gritaba-, monstruo execrable, tiembla! Reconóceme: soy Servet, a quien hiciste morir, dándole el mayor de los tormentos, por haber disputado contigo sobre el modo como tres personas pueden componer una sola sustancia.» Entonces los jueces mandaron que el cardenal de Lorena fuera precipitado en el abismo y que Calvino fuera castigado más rigurosamente.

»El jesuita Le Tellier apareció orgulloso llevando en la mano la bula Unigénitus. De repente, a su lado se levantó un montón compuesto de dos mil órdenes reservadas del rey. Un jansenista las incendió: Le Tellier quedó quemado hasta los huesos, y el jansenista, que no había intrigado menos que el jesuita, también fue pasto de las llamas.

»Luego llegaron por la derecha y por la izquierda multitud de fakires, de talampninos, de bonzos, de frailes blancos, negros y grises, que creyeron que para hacer la corte al Ser Supremo era preciso cantar, azotarse o ir desnudos. Oí una voz terrible que les preguntó: «¿Qué beneficio habéis reportado a los hombres?» A esta voz sucedió un sombrío silencio. Ninguno se atrevió a responder, y todos ellos fueron conducidos a los hospitales de locos del cielo. Uno gritaba: «Debemos creer en la metamorfosis de Xaca»; otro decía: «No; en las de Sammonocodam.» «Baco paró el sol y la luna», decía éste. «Los dioses resucitaron a Pelocs», decía uno. «Aquí está la bula In Cœna Domini», exclamaba otro. Y el ujier de los jueces les gritaba: «A la casa de los locos, a la casa de los locos.»

»Cuando terminaron todos los procesos, oí pronunciar la siguiente sentencia: «De parte del Eterno Creador, que castiga, perdona y remunera, hago notorio a los habitantes de los cien mil millones de millones de mundos que nos plugo crear que no juzgaremos nunca a los susodichos habitantes por sus ideas equivocadas, sino que los juzgaremos únicamente por sus actos, porque tal es nuestra justicia.»

»Confieso que es la primera vez que oí un edicto semejante. Hasta entonces, todos los que yo había leído en el grano de arena donde yo he nacido concluían con estas palabras: «Porque tal es nuestra voluntad» (1).

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(1) Fórmula de los edictos reales en Francia.

 

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