DIRECTOR
Bajo este epígrafe no voy a ocuparme del director de la Hacienda, ni del director de los hospitales, ni de otra clase de directores: sólo voy
a hablar del director de conciencia, o sea del director espiritual, que dirige
a los demás hombres y es el preceptor del género humano. Sabe y enseña lo que se debe hacer y lo que debe omitirse en todos los casos posibles.
Sería útil que hubiera en todas las cortes un hombre de «conciencia», al que el monarca consultase en secreto en algunas ocasiones, y que se atreviera
a decirle: Non licet. Luis el Justo no hubiera inaugurado su triste reinado asesinando
a su primer ministro y encarcelando a su madre. ¡Cuántas guerras tan funestas como injustas hubieran evitado los buenos directores! ¡Cuántas crueldades hubieran
podido impedir! En cambio, muchas veces, creyendo consultar con un cordero, se consulta con un zorro, y yo quisiera averiguar quién
fue el director de conciencia que aconsejó las matanzas de la Saint-Barthelemy.
El Evangelio no habla de directores ni de confesores. En los pueblos paganos no sabemos que tuvieran directores Escipión, Fabio, Catón, Tito, Trajano y los Antoninos. Bueno es tener un amigo escrupuloso que nos recuerde el deber; pero la conciencia debe dirigir todos nuestros actos.
Cierto hugonote se quedó sorprendido de que una dama católica le dijera que tenía un confesor para absolverla de sus pecados y un director para evitar que los cometiera. Al saberlo, el hugonote le contestó: «Señora, ¿cómo puede hacer agua vuestro buque con tanta frecuencia, dirigiéndolo dos buenos pilotos?»
Las personas doctas observan que no corresponde tener director
a todo el mundo, porque este es un cargo que sólo se desempeña en las casas de los grandes y que únicamente deben tener las damas de la nobleza. El abad Gobelin, que era un hombre avaro, sólo era director espiritual de Mad. de Maintenon. En las ciudades, los directores están encargados muchas veces de cinco
o de seis devotas al mismo tiempo, y las hacen reñir, unas veces con sus maridos, otras veces con sus amantes, ocupando con frecuencia las plazas que vacan.
¿Por qué las mujeres tienen directores y los hombres no? Por la misma razón que La Vallière entró en el convento de carmelitas cuando la abandonó Luis XIV, mientras que Turena, al verse engañado por Mad. de Coetquen, no se metió fraile. San Jerónimo, y Rufino, que fue su antagonista, eran grandes directores de mujeres casadas y solteras, y no encontraron ni un senador romano ni un tribuno militar que quisiera dejarse dirigir. Necesitan los directores del
devoto femineo sexu. Los hombres tienen para ellos demasiadas barbas, y con frecuencia demasiada fuerza de espíritu.
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