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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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DINERO

Dinero - Diccionario Filosófico de Voltaire«¿Queréis prestarme cien luises de oro?» «Bien quisiera; pero no tengo dinero.» Esto os contestará un francés; y un italiano os dirá: «Signore, non ho di danari.» Harpagón pregunta a Jacobo el cocinero, en El avaro de Molière: «¿Nos darás buena comida?» «Sí, si me dais mucho dinero.»

Todos los días se cuestiona sobre cuál es el país más rico en dinero, queriendo significar con esto cuál es el pueblo que posee más metales, precios representativos de los objetos de comercio. Por la misma razón se pregunta qué pueblo es el más pobre, y la opinión se divide en varias opiniones, pero los pueblos más pobres son el westfaliano, el lemosín, el vasco, el que habita en el Tirol, el escocés, el irlandés y otros. Para decidir qué naciones llevan la ventaja en esta materia, la balanza fluctúa entre Francia, España y Holanda.

Antiguamente, en los siglos XIII, XIV y XV, Roma era la que disponía de más dinero contante y sonante, porque era la que cobraba de todo el mundo católico. En dichos siglos la Europa en masa enviaba su dinero a la corte romana a cambio de rosarios benditos, Agnus, indulgencias, dispensas, confirmaciones, exenciones y bendiciones.

Los venecianos no vendían nada de todo eso, pero comerciaban con todo el Occidente por Alejandría, y su principal comercio consistía en la pimienta y en la canela. El dinero que no iba a parar a Roma lo recogían los venecianos, ganando también algo los toscanos y los genoveses. Los demás reinos eran tan pobres en dinero contante, que Carlos VIII se vio obligado a tomar prestado sobre las piedras preciosas de la duquesa de Saboya, dejándolas en garantía, para ir a la conquista de Nápoles, cuya ciudad conquistó y perdió muy pronto, pues los venecianos pudieron sostener ejércitos más fuertes que el suyo. Sólo un noble de Venecia tenía más oro en sus arcas y más vajilla de plata en su mesa que el emperador Maximiliano, a quien apodaron Poqui danari.

Cambió su estado de cosas cuando los portugueses traficaron con las Indias como conquistadores y cuando los españoles subyugaron Méjico y el Perú con seiscientos o setecientos hombres. Entonces decayó el comercio de Venecia y el de las otras ciudades de Italia. Felipe II, dueño de España, Portugal, los Países Bajos, las Dos Sicilias, el Milanesado, de mil quinientas leguas en las costas de Asia y de las minas de oro y de plata en América, fue el único rico, y por consecuencia, el único poderoso en Europa. Los espías que tenía en Francia besaban de rodillas los doblones católicos. Se asegura que América y Asia le proporcionaban diez millones de ducados de renta, e indudablemente hubiera comprado toda la Europa a no habérselo impedido el acero de Enrique IV y la armada de la reina Isabel.

El autor de El espíritu de las leyes dice: «Oí criticar muchas veces la ceguedad del Consejo de Francisco I, que rechazó las proposiciones de Cristóbal Colón, en las que éste le proponía el viaje a las Indias; pero verdaderamente, por Imprudencia obró de un modo prudente.» Por el enorme poder que poseía Felipe II comprendemos que el supuesto Consejo de Francisco I no obró de un modo prudente; pero hagamos notar que Francisco I no había nacido aún cuando se supone que rehusó el ofrecimiento de Cristóbal Colón. Este ilustre genovés abordó en América el año 1492, y Francisco I nació en 1494, y no ascendió al trono hasta 1515.

Comparemos ahora les presupuestos de Enrique III, de Enrique IV y de la reina Isabel con el de Felipe II. El subsidio ordinario de Isabel era de cien mil libras esterlinas, y añadiendo a éste el extraordinario, ascendía un año con otro a cerca de cuatrocientas mil. Bien necesitaba ese aumento para defenderse de Felipe II. Si no hubiese vivido con extrema economía, se hubiera perdido y hubiera perdido a Inglaterra.

La renta de Enrique III apenas sumaba treinta millones de libras de su época, y esta cantidad era, comparada con la que Felipe II sacaba de las Indias, como tres es a diez. Pero todavía no entraba la tercera parte de ese dinero en las arcas de Enrique III, que era muy pródigo y además le robaban mucho; por consecuencia, era muy pobre. Felipe II, en un sólo artículo, era diez veces más rico que él.

En cuanto a Enrique IV, no es posible comparar su tesoro con el de Felipe II. Hasta que concertó la paz de Vervins sólo hubo lo que podía tomar prestado o lo que ganaba con la punta de su espada; vivió como caballero errante hasta la época en que se convirtió en el primer rey de Europa.

Inglaterra había sido siempre tan pobre, que hasta el tiempo del rey Eduardo III no se acuñaron allí monedas de oro. ¿Deseamos saber dónde se gastaba el oro y la plata que afluía a España continuamente desde Méjico y desde el Perú? Entraba ese dinero en los bolsillos de los franceses, de los ingleses y de los holandeses, que comerciaban en Cádiz bajo el nombre de españoles, y enviaban a América los productos de sus manufacturas. Gran parte de ese dinero iba a las Indias orientales para pagar las especierías, el algodón, el salitre, el azúcar cande, el té, telas, diamantes, y monos.

Se preguntará en seguida en qué se convierten todos esos tesoros de las Indias, y yo contesto que Sha-Thamas-Kouli-Kan, o Sha-Nadir, lo sacó todo del Gran Mogol y además piedras preciosas. ¿Queréis saber dónde están esas alhajas, ese oro y esa plata que Sha-Nadir sacó de la Persia?' Gran parte de todo eso se hundió en la tierra durante las guerras civiles, y los bandidos gastaron la otra parte en adquirir prosélitos, porque, como César dijo muy bien, «con dinero se tienen soldados, y con soldados se roba dinero».

Si vuestra curiosidad no está aún satisfecha y deseáis saciarla sabiendo qué se hicieron los tesoros de Sesostris, de Creso, de Ciro, de Nabucodonosor, y sobre todo los de Salomón, que fueron fabulosos, os contestaré que se repartieron por el mundo. Estad seguros de que en la época de Ciro las Galias, la Germania, Dinamarca, Polonia y Rusia no tenían ni un solo escudo; pero con el tiempo las naciones se han hundido, poniéndose a un mismo nivel.

¿Cómo vivieron los romanos durante el reinado de Rómulo, que era hijo de Marte y de una sacerdotisa, y durante la época del devoto Numa Pompilio? Tenían un Júpiter de madera de encina mal tallada, chozas por palacios, ponían un puñado de paja a la punta de un bastón para que les sirviese de estandarte, y no tenían ni una moneda de plata en el bolsillo. Los cocheros de nuestra época usan relojes de oro, que los siete reyes de Roma, los Camilo, los Manlio y los Fabio no hubieran podido pagar. Su dinero contante era de cobre, metal que les servía para construir armas y acuñar moneda. Con tres o cuatro libras de cobre de diez o doce onzas compraban un toro. Compraban lo que necesitaban en el mercado lo mismo que hoy, y los hombres, como en todos los tiempos, se alimentaban, se vestían y vivían bajo techado. Los romanos, que eran más pobres que los pueblos vecinos, subyugaron a éstos y aumentaron su territorio de día en día durante cerca de quinientos años, antes de acuñar monedas de plata.

Los soldados de Gustavo Adolfo cobraban su soldada en Suecia en monedas de cobre, antes de que éste hiciera conquistas fuera de su nación.

Con tal de que se gane en el cambio de las cosas necesarias para la vida, se comercia siempre, y nada importa que la ganancia se haga en conchas o en papel. El oro y la plata sólo han prevalecido a la larga en todas partes porque son los metales más escasos. En Asia empezaron a funcionar las primeras fábricas de moneda de esos dos metales, porque el Asia fue la cuna de todas las artes.

No se habla de moneda en la guerra de Troya, aunque en ella pesaban el oro y la plata. Agamenón pudo tener tesorero, pero no tenían curso las monedas. Lo que hace sospechar a algunos sabios temerarios que el Pentateuco no se escribió hasta el tiempo en que los hebreos empezaron a proporcionarse algunas monedas de los pueblos vecinos, en que en algunos de sus pasajes se habla de siclos. Añaden dichos sabios que Abraham; que era extranjero y no poseía ni una pulgada de tierra en Canaán, compró allí un campo, y una caverna para enterrar a su mujer por cuatrocientos siclos de plata de buena ley: Quandringentos siclos argenti probatæ monetæ publicæ. El juicioso padre Calmet evalúa esa cantidad en cuatrocientas cuarenta y ocho libras, diez sueldos y nueve dineros, siguiendo los antiguos cálculos hechos al azar, cuando el marco de plata estaba a veintiséis libras; pero como el marco de plata aumentó luego su valor en más de la mitad, esa suma equivaldría hoy a ochocientas noventa y seis libras.

Como en aquel tiempo no había ninguna moneda marcada en su cuño con la palabra pecunia, esto constituía una pequeña dificultad que no era difícil vencer. Es también otra dificultad que en una parte se dice que Abraham compró el referido campo en Hebrón, y en otra parte que lo compró en Sichem. Consultad sobre esto con el venerable Beda, con Rabán, Moure y con Emanuel Sa.

Podríamos también ocuparnos de la riqueza que David dejó a Salomón en plata acuñada: unos autores la hacen ascender a veintidós mil millones y otros a veinticinco mil.

No me ocuparé de las innumerables peripecias por las que pasa el dinero desde que se acuña hasta que se gasta, porque en todas sus transmigraciones inspira constante amor al género humano.

 

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