DEYECCIÓN
El hombre nunca pudo producir por medio del arte nada de lo que produce la Naturaleza. Se creyó que iba
a hacer oro, y nunca pudo hacer barro. Llegó a construir un ánade artificial, que nadaba, que abría y cerraba el pico, pero no logró conseguir que digiriera y que defecara.
¿Qué arte es capaz de producir esa materia que
preparan las glándulas salivares unidas al jugo gástrico, y luego, con
la bilis hepática y el jugo pancreático, llega al fin a convertirse en un compuesto fétido y pútrido, que sale por el intestino recto impulsado por la fuerza sorprendente de los músculos?
Se necesita indudablemente tanta industria, tanto poder para producir la defecación, que ofende
a la vista, y para preparar los conductos que le dan salida, como para producir el semen que
dio vida a Alejandro, a Virgilio, a Newton y a Galileo. La descarga de los excrementos es tan necesaria para vivir como la misma manutención.
El mismo artificio prepara, forma y evacua los excrementos en el hombre que en
los animales. No nos extraña, pues, que el hombre, con todo su orgullo, nazca entre la materia fecal y la orina, porque esas porciones de sí mismo, más
o menos elaboradas, más o menos pútridas, deciden de su carácter y de la mayor parte de los actos de su vida.
El excremento empieza a formarse en el duodeno cuando los alimentos salen del estómago y se impregnan de la bilis del hígado. Cuando el hombre tiene diarrea languidece y está débil, le falta fuerza para ser perverso. Cuando está constipado, la sal y el azufre del excremento penetran en su quilo, introducen la acrimonia en su sangre, y con frecuencia crean en su cerebro ideas atroces. Algunos hombres llegan
a ser criminales por la acrimonia de su sangre, que nace de los excrementos que la alteran.
Al hombre soberbio, que se cree imagen de la Divinidad, puede preguntársele si Dios come, si Dios está dotado de intestino recto, y ese hombre sería menos soberbio si estuviera enterado de que su corazón y su talento dependen de una evacuación, y ya no se creería imagen de Dios.
Algunos pensadores dudan de que el alma inmaterial e inmortal venga, no saben de dónde,
a alojarse por poco tiempo entre la materia fecal y la orina. ¿Qué tenemos más
que los animales? Más ideas, más memoria, el don de la palabra y dos manos hábiles. ¿Quién nos concedió esos dones? El que
dio alas a los pájaros y escamas a los peces. Si somos sus criaturas, ¿cómo hemos de ser su imagen? A esos filósofos les contestaremos que sólo somos imágenes de Dios en cuanto al pensamiento.
Muchos animales se comen nuestros excrementos, y nosotros nos comemos los de muchos animales, los de los tordos, los de las becadas y los de las alondras.
Veremos en el artículo Ezequiel por qué el Señor le mandó que comiera sus excrementos mezclados con pan. Pero él se concretó
a comer estiércol de vaca.
|