DESTINO
El libro de Homero es el más antiguo de los libros de
Occidente que han llegado hasta nosotros. En Homero se encuentran las
costumbres de la antigüedad profana, los héroes y los dioses groseros
creados por el patrón de los hombres, y en él, entre fantasías e inconsecuencias,
se halla el origen de la filosofía y la descripción del destino, que era el
señor de los dioses, así como los dioses eran señores del mundo.
Cuando el magnánimo Héctor se propone batirse con Aquiles, y antes corre
todo cuanto puede, dando la vuelta tres veces a la ciudad con la idea de
adquirir más vigor; cuando Homero representa al ligero Aquiles y a su perseguidor, comparándole con un hombre que duerme, entonces
Júpiter, deseando salvar al gran Héctor, que le hizo muchos sacrificios,
consulta a los destinos. Pesando en una misma balanza el destino de Héctor
y el de Aquiles, averigua que el griego tiene que matar al romano. Júpiter
no puede oponerse a lo que decreta el destino, y desde aquel momento
Apolo, que es el genio guardián de Héctor, se ve obligado a abandonarle (1).
Esto no se opone a que Homero prodigue con frecuencia,
y hasta en ese
mismo libro, ideas contrarias, usando de ese privilegio de la antigüedad;
pero de todos modos, es el autor que nos da la primera noción del destino,
que estuvo muy
en boga en su tiempo.
Los fariseos, que dominaban en el reducido pueblo judío, aceptaron
el destino muchos siglos después, porque aunque fueron los primeros
hombres de letras que hubo entre los judíos, son mucho más posteriores.
Mezclaron en Alejandría algunos dogmas de los estoicos con las antiguas
costumbres judías. San Jerónimo sostiene que su secta fue poco anterior
a la era vulgar.
Los filósofos no necesitaron a Homero ni a los fariseos para
convencerse de que el mundo se rige por leyes inmutables y que
todas las causas producen sus efectos necesarios. He aquí cómo
raciocinaban:
«O el mundo subsiste por su propia naturaleza, esto es, por sus
leyes físicas, o un Ser Supremo lo creó según sus leyes supremas.
En un caso y en otro, sus leyes son inmutables, y los cuerpos
graves tenderán siempre hacia el centro de la tierra, sin tender nunca
a descansar en el aire. Los perales no producirán nunca manzanas.
El instinto de la zorra será siempre diferente al instinto del
avestruz; todo está medido, engranado y limitado. El hombre no puede
tener mas que determinado número de dientes, de cabellos y de ideas.
Es contradictorio que lo que pasó ayer no haya pasado siempre, que lo
que pase hoy no pase mañana, como también es contradictorio que lo que
debe ser no sea. Si el hombre pudiera desarreglar el destino de una
mosca, podría también desarreglar el destino de las demás moscas,
el de los otros animales, el de los hombres y el de toda la Naturaleza;
entonces el hombre sería más poderoso que Dios.»
Hay imbéciles que dicen: «El médico ha librado a mi tía de una
enfermedad mortal, dándole diez años más de vida.» Otros más presumidos
dicen: «El hombre prudente sabe crearse su propio destino.» Pero con
frecuencia el prudente sucumbe a éste en vez de crearle; el destino
es el que hace a los hombres prudentes.
Profundos políticos aseguran que si hubieran
asesinado a Cromwell, a Ludlow, a Ireton y a una docena de parlamentarios ocho días antes
de decapitar a Carlos I, este rey hubiera vivido más tiempo y hubiera
muerto en su lecho. Tienen razón los que eso dicen, y aun podían añadir
que si el mar se hubiera tragado toda Inglaterra, ese monarca no hubiera
muerto en el cadalso; pero las circunstancias se arreglaron de modo que Carlos I tenía que morir decapitado.
El médico salvó a tu tía, pero salvándola no contradijo el orden de
la Naturaleza, sino que se sujetó a él. Es claro que tu tía no fue
dueña de nacer en otra ciudad ni de impedir que tuviera en determinado
tiempo cierta enfermedad; el médico no pudo encontrarse en otra parte
mas que en la ciudad donde estaba; tu tía tuvo que llamarle y él debía
prescribirle los medicamentos que la han curado, o que se cree que la curaron,
porque pudo también la Naturaleza ser
su único médico.
El labrador cree que por casualidad cayó granizo en su campo;
pero el filósofo sabe que la casualidad no existe, y que era imposible,
dada la constitución del mundo, que no granizara aquel día en el citado
campo.
Personas hay que, asustándose de esta verdad, sólo quieren creer la
mitad de ella, como esos deudores que ofrecen la mitad a sus acreedores
y les piden un plazo para pagar el resto. Dichas personas dicen que hay
acontecimientos necesarios y otros que no lo son. Sería gracioso que
estuviera arreglada una parte del mundo y desarreglada la otra; que
parte de lo que suceda deba suceder, y que otra parte de lo que sucede
no debía de haber sucedido. Cuando nos fijamos en esta cuestión, vemos
lo absurda que es la doctrina contraria a la del destino; pero por
desgracia, hay en el mundo muchos hombres destinados a razonar mal,
algunos a no razonar y otros a perseguir a los que razonan.
Encontraréis gentes que os digan: «No creáis en el
fatalismo, porque si creéis en él, todo os parecerá inevitable,
perderéis el afán del trabajo y os sumiréis en la indiferencia,
despreciaréis la fortuna, los honores y las alabanzas; no desearéis
adquirir, porque os creeréis sin mérito y sin poder; nadie cultivará el
talento y todo morirá por apatía.» «No creáis nada de eso, señores
―contestaremos a las referidas
gentes―; siempre tendremos preocupaciones y sentiremos pasiones,
porque es nuestro destino estar sometidos a unas y a otras.» Conoceremos
perfectamente que no depende de nosotros tener gran mérito y gran talento,
como no depende de nosotros tener el cabello espeso y la mano hermosa;
estaremos convencidos de que no debemos tener vanidad de nada, y sin embargo,
siempre tendremos vanidad.
Siento necesariamente la pasión de escribir lo que escribo, y tú sientes
la pasión de criticarme. Los dos somos tontos y los dos somos juguetes del
destino; tu organización está creada para perjudicar, y la mía para amar
la verdad y para publicarla, a pesar de tus críticas.
El búho, que entre ruinas se alimenta con ratones, dijo al ruiseñor:
«Deja de cantar en la espesura de los árboles, ven a mi madriguera,
y en ella te devoraré.» El ruiseñor le respondió: «He nacido para cantar
en las ramas de los árboles y para burlarme de ti.»
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(1) Ilíada, lib. XXII.
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