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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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DESNUDEZ

Desnudez - Diccionario Filosófico de Voltaire¿Por qué han de encerrar en la cárcel al hombre o a la mujer que anduviesen desnudos por las calles? ¿Y por qué no chocan a nadie las estatuas que están completamente desnudas, ni los retratos de cuerpo entero de la Magdalena y de Jesús que vemos en algunas iglesias?

Es verosímil que el género humano ha vivido mucho tiempo en la desnudez. Se han encontrado pueblos en más de una isla y en el continente de América que no conocían trajes de ninguna clase, y los más civilizados de ellos tapaban con hojas, juncos entrelazados o plumas los órganos de la generación.

¿De dónde nació esa clase de pudor? ¿Nació del instinto, de encender los deseos tapando lo que se deseaba descubrir? ¿Es cierto que han existido en naciones algo civilizadas, como la de los judíos, algunas sectas que sólo querían adorar a Dios despojándose de todas sus vestiduras? Dícese que los adamitas y los abelianos hacían esto, reuniéndose completamente desnudos para cantar las alabanzas de Dios. San Epifanio y San Agustín así lo aseguran; verdad es que esos santos no fueron contemporáneos suyos y vivían muy lejos de los referidos países. De todos modos, es posible que sucediera esa locura, que no es más extraordinaria que otras locuras que, sucesivamente, han ido dando la vuelta al mundo.

En la actualidad tienen todavía los mahometanos santos que son locos y andan desnudos por allí como los orangutanes. Es posible que esos energúmenos crean que es preferible presentarse ante la Divinidad tal como ella nos creó, que con disfraces que han inventado los hombres, y por lo tanto, vayan desnudos por devoción. Hay muy pocas gentes, tanto en uno como en otro sexo, que estén bien formadas, y la desnudez podría inspirar continencia, o mejor dicho, disgusto, en vez de aumentar los deseos.

Dícese también que los abelianos renunciaban a casarse. Si se encontraban en su secta gallardos mancebos y hermosas doncellas, podrían imitar a San Adhelmo y al bienaventurado Roberto d'Arbrisselle, que se acostaban con mujeres hermosas para que tuviera mayor mérito su continencia. Confieso, sin embargo, que debió ser muy gracioso presenciar cómo un centenar de Helenas y de Paris cantaban las antífonas, se daban el beso de paz y celebraban los ágapes.

Lo que acabamos de decir nos enseña que no hay singularidad, extravagancia ni superstición que no haya pasado por la cabeza de los hombres. Pueden tenerse éstos por felices cuando sus supersticiones no perturban la sociedad y producen escenas de discordia, de odio y de furor. Vale más sin duda alguna rezar a Dios desnudos, que manchar con sangre humana sus altares y las plazas públicas.

Voltaire - Diccionario Filosófico    

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