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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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DERECHO DE PRELIBACIÓN O DE PERNADA

Derecho de pernada o de prelibación - Diccionario Filosófico de VoltaireDión Casio, adulador de Augusto y detractor de Cicerón, escritor seco y difuso, órgano de las murmuraciones populares, refiere que los senadores, para recompensar a César de todo el daño que hizo a la República, decidieron concederle a la edad de cincuenta y siete años el derecho de acostarse con todas las mujeres a las que se dignase honrar con sus favores. Todavía se encuentran entre nosotros gentes bastante cándidas para creer semejante absurdo. El mismo autor del Espíritu de las leyes trata en serio esa tontería, y habla de ella como de un decreto que hubiera aprobado el Senado romano, a no oponerse la modestia del dictador, que no se sentía con fuerzas para cumplir los deseos del Senado. Pero si los emperadores romanos no adquirieron ese derecho por un Senado consultivo apoyado en un plebiscito, es muy verosímil que lo obtuvieran por deferencia de las damas. Los Marco Aurelio y los Juliano no usaban de ese derecho, pero los demás emperadores lo extendieron hasta donde les fue posible.

Es sorprendente que en la Europa cristiana haya sido durante algún tiempo una especie de ley feudal y se haya considerado como un derecho consuetudinario el disponer de la doncellez de las vasallas. La primera noche de la boda de la hija del villano correspondía al señor, sin que nadie se opusiera a ello. Se estableció ese derecho, como el de llevar un halcón en el puño y el de hacerse incensar en la misa. Verdad es que los señores no llegaron a establecer que las esposas de sus villanos les pertenecieran, limitándose únicamente a sus hijas, y el motivo de esto es plausible. Las doncellas son vergonzosas, y se necesita algún tiempo para amansarlas. La majestad de las leyes las subyuga de repente, y las jóvenes desposadas concedían sin ninguna resistencia la primera noche de boda a su señor cuando éste las juzgaba dignas de ese honor.

Se supone que esa jurisprudencia empezó a establecerse en Escocia, cuyos señores gozaban de un poder todavía más absoluto sobre los clanes o tribus que los barones alemanes y franceses sobre sus vasallos.

Es indudable que los abades y los obispos se atribuyeron también tal prerrogativa por su cualidad de señores temporales, y hace poco tiempo que esos prelados desistieron de tan antiguo privilegio por recibir el tributo en dinero, al que tenían tanto derecho como a la doncellez de las jóvenes. Hay que notar que ninguna ley pública aprobó jamás este exceso de tiranía. Si un señor o un prelado hubieran citado ante un tribunal a una joven desposada con uno de sus vasallos para que fuera a pagarle el tributo, indudablemente hubiera perdido su causa y tenido que costear los gastos. Aprovechamos esta ocasión para asegurar que en ningún pueblo medianamente civilizado se han establecido nunca leyes formales contrarias a las costumbres, y no creo que pueda presentarse un solo caso que desmienta lo que estoy diciendo. Arraigan algunos abusos, se toleran, pasan como costumbre y los viajeros los tienen por leyes fundamentales. Algunos de éstos han visto en Asia santos mahometanos muy obesos ir completamente desnudos y salirles al encuentro entusiastas devotas que les besan lo que no debe besarse. Pero yo desafío a esos viajeros a que lean el Corán y encuentren en él el permiso para que esos bribones vayan desnudos y obliguen a las mujeres a que les besen los colgantes.

Quizás me objete alguno, para confundirme, que los egipcios llevan en procesión el falo, y los indios el ídolo Jaganat; pero yo contestaré que esto no es contra las costumbres, como no lo es cortarse el prepucio ceremoniosamente a la edad de ocho años. También han llevado en procesión el santo prepucio en algunas de nuestras ciudades, sin que causara la menor perturbación en las familias, y puede asegurarse que ningún Concilio ni Parlamento dispuso nunca la celebración de semejante fiesta. Llamo ley contra las costumbres a la ley pública que me prive de mi bienestar, que me arrebate la mujer para dársela a otro, y por eso digo que no existe en ninguna parte semejante ley.

Algunos viajeros aseguran que en Laponia los maridos ofrecen sus mujeres por urbanidad; pero yo sostengo que no habrán encontrado nunca semejante ley en el código de Laponia, como no se encuentra en las constituciones de Alemania, ni en las ordenanzas de los reyes de Francia, ni en los registros del Parlamento de Inglaterra, ninguna ley positiva que adjudique a los barones el derecho de prelibación. En todas partes existen usos absurdos, ridículos y bárbaros, pero en ninguna se dictan leyes contra las costumbres.

 

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