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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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Voltaire - Diccionario Filosófico  

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DERECHO

I

Derecho de gentes, derecho natural

Derecho de gentes, derecho natural, derecho público - Diccionario Filosófico de VoltaireSi no hubiera mas que dos hombres en el mundo, vivirían juntos, se prestarían apoyo, se perjudicarían, se harían caricias, se injuriarían, se pegarían y se reconciliarían después. No podrían vivir uno sin otro, ni tampoco vivir juntos. Les sucedería lo mismo que nos sucede hoy, cumpliendo los destinos humanos.

Dios no descendió a la tierra para reunir el género humano y decirle: «Mando a los negros y a los cafres que vayan desnudos y coman insectos. Mando a los samoyedos que se vistan con pieles de rengíferos después de comerse la carne de dichos animales, a pesar de ser insípida, y que coman pescado seco y podrido, todo sin sal. Mando que los tártaros del Tibet crean todo lo que les diga el dalai-lama y los japoneses lo que les diga el dairí. Los árabes no comerán cerdo y los westfalianos sólo se alimentarán con la carne de dichos animales. Trazaré una línea desde el monte Cáucaso hasta el Egipto y desde el Egipto hasta el monte Atlas; todos los que habiten al Oriente de esta línea podrán casarse con muchas mujeres, y los que habiten el Occidente no podrán tener mas que una esposa. Si hacia el mar Adriático, o hacia los pantanos del Rhin y del Mosa, o hacia el monte Jura, o en la isla de Albión, o entre los sármatas y entre los escandinavos, alguien se atreve a que gobierne despóticamente un hombre solo, o él mismo pretende ser señor absoluto, le cortarán la cabeza en seguida, esperando que el destino y yo dispongamos otra cosa. Si alguno tiene la insolencia de querer establecer una grande asamblea de hombres libres a orillas del Manzanares o en la Propóntida, será empalado o descuartizado por cuatro caballos. El que cuente siguiendo ciertas reglas de aritmética en Constantinopla, en el Cairo, en Tafilete, en Delhi y en Andrinópolis, será empalado en seguida sin formación de proceso, y el que se atreva a contar según otras reglas en Roma, en Lisboa, en Madrid, en Picardía y en las orillas del Danubio, será quemado devotamente mientras le cantan Misereres. Lo que será justo a lo largo del Loira, será injusto en las orillas del Támesis, porque mis leyes no son universales», etc., etc.

Preciso es confesar que no tenemos prueba clara de que Dios haya venido al mundo a promulgar ese derecho público, que existe, sin embargo, y que se sigue al pie de la letra tal como acabamos de enunciar. Se han compilado sobre el derecho de las naciones muchos comentarios, pero ninguno de ellos ha conseguido que se devuelva un escudo al que arruina la guerra.

Esas compilaciones son muy parecidas al Caso de conciencia de Pontas. He aquí un caso de ley que debemos examinar. Está prohibido matar, y se castiga siempre al asesino, excepto cuando mata entre muchísima gente y al son de las trompetas.

En la época que aún había antropófagos en el bosque de Ardennes, un sencillo campesino encontró a un antropófago que llevaba un niño para comérselo. Compadeciéndose de él, el campesino mató al salvaje y libró al niño y huyó en seguida. Dos transeúntes que vieron de lejos al buen hombre que corría, le acusaron ante el preboste de haber cometido un homicidio. Como los ojos del juez vieron el cuerpo del delito y dos testigos declararon, el campesino fue condenado a la horca por haber obrado como, en su lugar, lo hubieran hecho Hércules, Teseo, Rolando y Amadís. ¿No hubiera sido mejor ahorcar al preboste por seguir la ley al pie de la letra?

II

El derecho público

Nada quizás contribuya tanto a dar a la imaginación ideas oscuras, confusas e inciertas como la lectura de Grotío, de Puffendorf y de casi todos los comentaristas del derecho público. «No se debe causar un daño con la esperanza de conseguir un bien», dice la virtud, que nadie escucha. «Es permitido hacer la guerra a la potencia que llega a ser demasiado preponderante», dice el Espíritu de las leyes.

 

¿Cuándo deben justificarse los derechos por la prescripción? Los publicistas en este punto buscan el apoyo del derecho divino y del derecho humano, los teólogos se ponen de su parte. «Abraham —dicen— y su descendencia tenían derecho a la tierra de Caimán por haber viajado por allí, y porque Dios se lo concedió en una de sus apariciones.» «Pero, sabios maestros, según la Biblia, median quinientos cuarenta y siete años entre Abraham, que compró una tumba en el país, y Josué, que saqueó una pequeña parte de él.» «No importa: su derecho es claro y evidente.» «¿Pero la prescripción?» «No hay prescripción.» «¿Pero lo que pasó antiguamente en Palestina debe servir de regla en Alemania y en Italia?» «Sí, porque él lo dijo.» «Pues bien; ya no cuestiono más; Dios me preserve de disputar con vosotros.»

Los descendientes de Atila se establecieron, según se dice, en Hungría: ¿desde qué tiempo los antiguos habitantes de aquel país deben en conciencia considerarse siervos de los descendientes de Atila?

Los doctores que escribieron sobre la guerra y la paz son muy profundos. Si les creemos, todo pertenece de derecho al soberano para quien escriben, y no pudo desprenderse de ninguno de sus dominios. El emperador debe poseer Roma, Italia y Francia; ésta era la opinión de Bartole; en primer lugar, porque el emperador se intitula rey de los romanos; en segundo lugar, porque el arzobispo de Colonia es canciller de Italia, y el arzobispo de Tréveris es canciller de las Galias. Además, el emperador de Alemania, cuando le consagran, lleva un globo dorado en la mano; luego es señor del globo terráqueo.

En Roma no hay un solo sacerdote que no crea que el Papa debe ser soberano del mundo, fundándose en que está escrito que a Simón, a quien apellidamos Pedro, le dijeron: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi asamblea.» Inútil es que le digan a Gregorio VII: «Al decir esto sólo se trata de las almas, sólo es cuestión del reino celestial.» Porque él contesta: «Se trata del reino de la tierra, y está maldito el que no lo cree.»

Talentos todavía más profundos defienden esa razón con un argumento sin réplica. Dicen que habiendo dicho Jesús que su reinado no era este mundo, este mundo debe pertenecer a su vicario, el obispo de Roma, habiendo renunciado a él su Señor. ¿Qué vale más, el género humano o las decretales? Las decretales, sin duda.

Gentes que dudan de todo se han atrevido a preguntar si fue justo asesinar en América diez o doce millones de hombres desarmados. A esto contestan los eclesiásticos que fue una medida justa, porque esos hombres no eran católicos, apostólicos y romanos.

Hace cien años se manda en todas las declaraciones de guerra de los príncipes cristianos perseguir a los vasallos del príncipe a quien se declaraba la guerra por medio de un heraldo, que vestía cota de malla y llevaba mangas colgantes. En cuanto se hacía esta declaración, si un francés se encontraba con una alemana, estaba obligado a matarla, pudiendo violarla antes o después de su muerte.

He aquí una cuestión difícil de resolver. Publicado el llamamiento a las armas de nobles y plebeyos para matar o ser muertos en las fronteras, y estando persuadidos de que la guerra que se declaraba era injusta, ¿debían obedecer y empeñar la pelea? Algunos doctores dicen que sí; algunos hombres justos responden que no. ¿Qué opinan los políticos?

Se ha disputado mucho sobre esas cuestiones preliminares, en las que ningún soberano se fijó ni se fijará, pues, moverán la guerra cuando les parezca, sea justa o injusta, y el que sea más débil será derrotado.

Durante cien años estuvieron cuestionando si los duques de Orleáns, Luis XII o Francisco I tenían derecho al ducado de Milán, en virtud del contrato de matrimonio de Valentina de Milán, nieta del bastardo de un bravo campesino, que se llamaba Jacob Muzio, y esta cuestión la decidió la batalla de Pavía. Los duques de Saboya, de Lorena y de Toscana sostenían su derecho a poseer el Milanesado; pero se dice que vivía en Friul una familia de gentileshombres pobres, que descendía en línea recta de Alboin, rey de los lombardos, y por lo tanto le correspondía un derecho anterior al de los referidos duques. Los publicistas han dado a luz algunos volúmenes respecto al derecho de poseer el reino de Jerusalén. Los turcos no han escrito un solo libro y son dueños de Jerusalén, al menos hasta hoy, y Jerusalén no es tampoco un reino.

 

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