DEMONÍACOS
Los poseídos, los energúmenos, los exorcizados, los epilépticos, las mujeres enfermas de la matriz, se consideraron antiguamente como víctimas de los espíritus malignos, de los demonios dañinos y de la venganza de los dioses. Llamábase esa clase de enfermedades «mal sagrado», y los sacerdotes de la antigüedad se apoderaron de todas ellas, porque entonces los médicos eran muy ignorantes.
Cuando los síntomas eran muy complicados, decían que el enfermo tenía muchos demonios en el cuerpo, como por ejemplo, el demonio del furor, el de la injuria, el del deslumbramiento, etc., etc., y el exorcizador tenía en el cuerpo
indudablemente el demonio del absurdo y el de la bribonería.
Sabemos que los judíos sacaban los diablos del cuerpo de los poseídos con ciertas raíces y pronunciando determinadas palabras, y que el Salvador les expulsaba por virtud divina, que comunicó
a los apóstoles. Pero esta virtud está hoy muy debilitada.
Hace poco tiempo han querido reproducir la historia de San Paulino. Este santo
vio en la bóveda subterránea de una iglesia a un pobre demoníaco que caminaba con la cabeza hacia abajo y los pies hacia arriba. San Paulino comprendió en seguida que aquel hombre estaba poseído, y envió
a buscar a algunas leguas de distancia las reliquias de San Félix, encargando que las trajeran pronto, y se las aplicaron al paciente como si le aplicaran vejigatorios. El demonio que moraba en dicho hombre huyó en seguida, y el demoníaco cayó al suelo.
Podemos dudar de esta historia, aunque miremos con respeto profundo los milagros, y nos será lícito decir que hoy curamos de otra manera
a los demoníacos. Los sangramos, les hacemos tomar un baño, les damos emolientes y purgas; así los trata M. Pomme, que ha hecho más curaciones que los sacerdotes de Isis y Diana. En cuanto
a los demoníacos que dicen que están poseídos para ganar dinero, en vez de recetarles que tomen baños, el mejor remedio es darles azotes.
Ha sucedido con frecuencia que algunos epilépticos que tenían calentura y los músculos secos pesaban menos que un volumen igual de agua, y sobrenadaban cuando los metían en el baño; la gente exclamaba: «¡Milagro! Ese hombre es un poseído
o un brujo», y en seguida traían agua bendita o traían un verdugo. Esto era prueba indudable de que el demonio se había apoderado del cuerpo de la persona que sobrenadaba,
o de que ésta se había entregado a él. En el primer caso, la exorcizaban; en el segundo, la quemaban en la hoguera. De este modo hemos discurrido y obrado durante mil quinientos
o seiscientos años, y sin embargo nos hemos atrevido a burlarnos de los cafres.
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