DÉBIL
«Débil» es lo contrario de «fuerte», y no lo contrario de «duro» y de «sólido». Ser débil de corazón no es ser débil de espíritu; ser débil de alma no es ser débil de corazón... El alma débil es irresoluta y carece de acción; se deja manejar por los que la gobiernan. El corazón débil se ablanda con facilidad, cambia fácilmente de inclinaciones, no puede resistir
a la seducción, al ascendiente que desean tener sobre él, y puede subsistir acompañado de un espíritu fuerte, porque se puede pensar con fortaleza y obrar con debilidad. El espíritu débil recibe las impresiones sin combatirlas, abraza las opiniones sin examinarlas, se asusta sin verdadera causa,
e incurre naturalmente en la superstición.
Las obras pueden ser débiles por los pensamientos o por el estilo: son débiles por los pensamientos cuando son demasiado comunes,
o cuando, siendo exactas, no son bastante profundas. Son débiles por el estilo cuando éste está desprovisto de imágenes, tropos y figuras que llamen la atención de los lectores. Por ejemplo, son débiles las oraciones fúnebres de Massillón, y su estilo es muy pobre, comparado con el estilo de Bossuet.
Los discursos son débiles cuando no hay en ellos giros ingeniosos y expresiones enérgicas; pero el que pleitea es débil cuando,
a pesar del socorro de la elocuencia y la vehemencia de los ademanes, se ve sin embargo que carece de razón. Ninguna obra filosófica es débil, aunque tenga mal estilo, si sus razonamientos son exactos y profundos. Las obras dramáticas son débiles, aunque tengan estilo fuerte, cuando no saben sostener el interés. La comedia mejor escrita es débil si carece de lo que los latinos llamaban «vis cómica», y este defecto es el que César reprochó
a Terencio. Son versos débiles los que pecan, no contra las reglas, sino
contra el genio; los que no tienen variedad en su estructura ni en el uso de las palabras y se asemejan demasiado
a la prosa.
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