CRISTIANISMO (1)
(2)
(3)

El celo inconsiderado de algunos perjudicó a las verdades fundamentales. Reprocharon
a San Justino
que dijera en sus Comentarios sobre Isaías que los santos gozarían durante su reinado de mil
años de todos los bienes sensuales. Le han criticado también que diga en la Apología del cristianismo
que en cuanto Dios creó el mundo, lo dejó al cuidado de los ángeles, y que éstos se enamoraron de
las
mujeres y tuvieron hijos de ellas, que son los demonios. Han criticado también a Lactancio y
a otros
Padres por fingir oráculos de las sibilas, y han afeado la conducta de los primitivos cristianos
que inventaron versos acrósticos, atribuyéndolos a una antigua sibila, cuyas letras iniciales
formaban el nombre de Jesucristo. También fingieron cartas de Jesús dirigidas al rey de Edesa, en
la época en que en Edesa no había rey; de haber falsificado cartas de María y cartas de Séneca dirigidas
a Pablo, cartas y actos de Pilatos, y haber inventado falsos evangelios, falsos milagros, con otras mil imposturas.
Existe además la historia o evangelio de la Natividad
y del matrimonio de la Virgen María, en el cual se
refiere que la llevaron al templo a la edad de tres años, y ella sola subió las gradas. Se relata en él
que una paloma descendió del cielo para darle noticia de que José debía casarse con María. También existe
el protoevangelio de Jacobo, hermano de Jesús, que tuvo José de su primer matrimonio. En él consta que
cuando María quedó encinta durante la ausencia de su esposo y su marido se lamenta de esto, los
sacerdotes hicieron beber a uno y a otro el agua de los celos, y declararon inocentes
a los dos.
Existe también el Evangelio de la infancia, que se atribuye
a Santo Tomás. Según este Evangelio, Jesús, cuando tenía cinco años, se divertía con otros niños de
su edad en amasar la tierra y hacer
con ella pequeños pájaros; le reprendieron por esto, y entonces infundió vida a los pájaros y
huyeron volando. En otra ocasión, en que le pegó un niño, le hizo morir en el acto. Hay todavía
otro Evangelio de la infancia, escrito en árabe, que es tan serio como éste.
Conservamos además el Evangelio de Nicodemus,
que merece fijar más nuestra atención, porque en él
se encuentran los nombres de los que acusaron a Jesús y a Pilatos,
que eran los principales miembros de la Sinagoga: Annás, Caifás, Summas, Datam,
Gamaliel, Judá, Neftalí. En esa historia hay datos que concuerdan bastante con los evangelios admitidos,
y hay otros que no se encuentran en ninguna parte. Se lee en ese libro que la mujer
a la que
curó Jesús de un flujo de sangre se llamaba Verónica, y además todo lo que Jesús hizo en
los infiernos cuando descendió a ellos.
Consérvanse además las dos cartas que se supone que Pilatos escribió
a Tiberio relativas al
suplicio de Jesús; pero el latín pésimo en que están escritas revela que son falsas. Se escribieron
cincuenta evangelios, que al poco tiempo se declararon apócrifos. El mismo San Lucas nos entera
de que muchas personas los componían. Se cree que hubo uno de ellos que se llamaba el
Evangelio eterno, basado sobre esto que dice el Apocalipsis: «Vi un ángel volando en medio de los cielos,
que llevaba el Evangelio eterno.» Los franciscanos, abusando de esas palabras, en el siglo XIII
compusieron otro Evangelio eterno, en el que el reinado del Espíritu
Santo debía sustituir
al de Jesucristo; pero no apareció en los primeros siglos de la Iglesia ningún libro con ese título.
Han fingido también que escribió la Virgen otras cartas
a San Ignacio mártir, a los habitantes de
Mesina y a
otros.
Abdías, que sucedió a los apóstoles, escribió la historia
de éstos, en la que mezcla fábulas tan absurdas, que andando el tiempo quedó
desacreditada, pero al principio circuló mucho. Abdías refiere el combate que tuvo San Pedro con Simón el Mago.
Existió, en efecto, en Roma un mecánico muy hábil, llamado Simón, que volaba en el teatro y
renovó el prodigio que se atribuye a Dédalo. Se fabricó alas y voló, cayendo como
Ícaro. Así lo
refieren Plinio y Suetonio. Abdías, que estaba en Asia y escribía en hebreo, sostiene que San
Pedro y Simón se volvieron a encontrar en Roma en la época de Nerón. Murió entonces allí un joven
pariente próximo del emperador, y los principales personajes se empeñaron en que Simón le
resucitara. San Pedro también se presentó allí con la idea de operar tal prodigio. Simón empleó todas
las reglas de su arte, y pareció que conseguía el objeto que se propuso, porque el muerto meneó la
cabeza. «Eso no basta -exclamó San Pedro-; es preciso que el muerto hable; que Simón se
aparte de la cama y veréis cómo el joven carece de vida.» Simón se alejó de allí, el muerto dejó
de moverse, pero Pedro le volvió a la vida pronunciando una sola palabra. Simón acudió al emperador
para quejarse de que un miserable galileo se atreviera a hacer mayores prodigios
que él. Pedro compareció con Simón ante el emperador y se desafiaron a
ver quién tenía más habilidad en su arte. «Adivina lo que pienso», dijo
Simón a Pedro. «Que el emperador me dé un pan de cebada -respondió
Pedro- y verás cómo sé lo que piensas.» Le entregaron el pan que pedía,
pero en seguida Simón hizo aparecer dos grandes perros que amenazaban devorarle. Pedro les
echa el pan, y mientras se lo comen, le dice a Simón: «Ya estás viendo que sé lo que pensabas;
querías que se me comieran los perros». Después de esta primera sesión propusieron
a Simón y Pedro
que se desafiaran a volar para ver quién subía más alto. Primero ascendió Simón; Pedro hizo
el signo de la cruz, y Simón cayó y se rompió las piernas. Irritado Nerón de que Pedro fuera causa
de que su favorito Simón se rompiera las piernas, mandó crucificar a Pedro cabeza abajo, y de aquí
arranca la opinión de que Pedro vivía en Roma, de que tuvo allí su suplicio y su sepulcro. Abdías
fue también el que inculcó la creencia de que Santo Tomás fue a predicar el cristianismo
a las
Grandes Indias, en el palacio del rey Gandafer, y que marchó allá por su cualidad de
arquitecto.
Es prodigiosa la cantidad de libros de esta clase
que se escribieron en los primeros siglos
del cristianismo. San Jerónimo y San Agustín sostienen que las cartas de Séneca y San Pablo
son auténticas. En la primera carta desea que su hermano Pablo tenga buena salud, y Pablo
no
habla tan buen latín como Séneca. «Recibí ayer vuestras cartas -responde con satisfacción-,
y no os hubiera contestado tan pronto, a no estar presente el hombre que os envío.» Además,
estas cartas, que parece que debían ser instructivas, sólo encierran un montón de cumplimientos.
Todas estas mentiras que forjaron cristianos poco instruidos, impulsados por un falso celo,
no perjudicaron a la verdad del cristianismo ni a su propagación. Por el contrario,
suministran pruebas de que el número de los cristianos aumentaba de día en día
y cada uno de
ellos deseaba contribuir a su aumento.
Las Actas de los Apóstoles no dicen que éstos convinieran en su «símbolo»; si efectivamente
hubiesen redactado el símbolo del Credo tal como llegó a nosotros, San Lucas no hubiera omitido
en su historia ese fundamento esencial de la religión cristiana. La sustancia del Credo está
esparcida en los Evangelios, pero sus artículos los reunieron mucho tiempo después. En una
palabra, nuestro símbolo es indudablemente la creencia que tuvieron los apóstoles, pero no
es una oración que ellos escribieron. Rufino, sacerdote de Aquilea, fue el primero que se
ocupó de esto, y una homilía atribuida a San Agustín es el primer documento que supone la
manera como se formó el Credo. Pedro dijo en la asamblea: «Creo en Dios Padre Todopoderoso»;
Andrés añadió: «Y en Jesucristo»; Santiago siguió diciendo: «Que fue concebido por el Espíritu
Santo», y así los demás. Esa fórmula se llamó en griego «símbolo» y en latín collatio.
Constantino convocó y reunió en Nicea, enfrente de Constantinopla, el primer Concilio
ecuménico, que presidió Ozio. Se decidió en él la gran cuestión que perturbaba a la Iglesia,
relativa a la divinidad de Jesucristo. Unos miembros de dicho Concilio querían hacer prevalecer
la opinión de Orígenes, que, hablando contra Celso, dice: «Presentamos nuestras oraciones
a
Dios por mediación de Jesús, que ocupa el espacio que existe entre las naturalezas creadas
y la naturaleza increada, que nos trae la gracia que nos concede su Padre y presenta nuestras
oraciones al gran Dios, siendo nuestro pontífice.» Se apoyaron también en varios pasajes
de San Pablo, algunos de los cuales, como ya hemos referido, se fundaban sobre todo
en estas palabras de Jesucristo:
«Mi padre es superior a mí», considerando a Jesús como el primogénito de la creación,
como la encarnación pura del Ser Supremo, pero no como a Dios. Otros miembros de dicho
Concilio, que eran ortodoxos, alegaban varios pasajes como pruebas de la divinidad eterna
de Jesús, cual éste, por ejemplo: «Mi padre y yo somos la misma cosa»; palabras que
sus adversarios interpretaban de este modo: «Mi padre y yo tenemos los mismos designios,
la misma voluntad, y yo no tengo otros deseos que los de mi padre.» Alejandro, obispo de Alejandría,
y Atanasio estaban al frente de los ortodoxos; y Eusebio, obispo de Nicomedia,
diez y siete obispos más, el sacerdote Arrio y otros muchos sacerdotes abrazaron el partido
opuesto. Desde el principio quedó envenenada la cuestión, porque San Alejandro trató
a sus
adversarios de
anticristos.
Después de largas y acaloradas controversias, el Espíritu Santo decidió en el Concilio,
por la boca de doscientos noventa y nueve obispos, contra el parecer de diez y ocho, lo siguiente:
«Jesús es hijo único de Dios, engendrado por el Padre, esto es, de la sustancia
del Padre, Dios de Dios, luz de luz, consubstancial con el Padre, y creemos lo mismo del
Espíritu Santo.» Ésa fue la fórmula del Concilio. Se vio en él que los obispos
dominaron a los
que no eran mas que sacerdotes. Dos mil individuos de segundo orden eran
de la opinión de Arrio, según refieren los patriarcas de Alejandría que escribieron
en árabe la crónica de dicha ciudad. Constantino desterró a Arrio, y poco
después desterró también a Atanasio, y entonces hizo que Arrio regresara
a Constantinopla. Pero
San Macario suplicó a Dios con tal ardor que quitara la vida a Arrio antes de entrar en
la catedral, que Dios atendió su súplica, y Arrio murió al ir a la iglesia el año 330.
El emperador Constantino terminó la vida en 337. Entregó su testamento a un sacerdote
arriano,
y murió en brazos de Eusebio, obispo de Nicomedia, que capitaneaba dicho partido, recibiendo
el bautismo en el lecho mortuorio y dejando a la Iglesia triunfante, pero dividida. Los partidarios
de Atanasio se hicieron una guerra cruel, y el arrianismo imperó durante mucho
tiempo en las provincias del Imperio. Juliano el filósofo, apellidado «el
Apóstata», quiso extinguir esas divisiones, pero no pudo conseguirlo.
El segundo Concilio general se celebró en Constantinopla el año 381, se explicó en él lo
que el Concilio de Nicea no juzgó a propósito decir sobre el Espíritu Santo, y añadió lo
siguiente a la fórmula del Concilio de Nicea: «El Espíritu Santo es Señor vivificante que
procede del Padre, y que se adora y se vivifica con el Padre y con el Hijo.»
Hacia el siglo IX, la Iglesia latina fue estableciendo gradualmente que el Espíritu
Santo procede del Padre y del Hijo. En el año 431, el tercer Concilio general que se reunió
en Éfeso decidió que María era la verdadera Madre de Dios, y que Jesús tenía dos naturalezas
y una persona.
No me ocuparé de los siglos siguientes, porque son bastante conocidos. Por desdicha, no
hubo una sola de esas desgracias que no produjera guerras, y la Iglesia se vio obligada
a pelear. Permitió Dios además, para probar la paciencia de los fieles, que la Iglesia
griega y la Iglesia latina riñeran para siempre en el siglo IX, y que en el Occidente se
sucedieran veintinueve cismas sangrientos por la sede apostólica de Roma. Si existen más
de seiscientos millones de hombres en el mundo, como algunos doctos suponen, sólo pertenecen
sesenta millones a la santa Iglesia católica y romana, esto es, la veintiseisava parte de
los habitantes del mundo conocido.
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