CRISTIANISMO (1)
(2)
(3)
I
Establecimiento del cristianismo en su estado civil y político
No vamos en este artículo a mezclar lo divino con lo profano, y nos guardaremos
bien de querer sondear los designios de la Providencia. Somos hombres y nos
dirigimos a los demás hombres.
Cuando Antonio y después Augusto entregaron la Judea
al árabe Herodes, su hechura y su tributario, este príncipe, que era extranjero
en dicha nación, llegó a ser el más poderoso de sus reyes. Tuvo puertos en el
Mediterráneo, Ptolemaida y Ascalón. Fundó ciudades, erigió un templo al
dios Apolo en Rodas y un templo a Augusto en Cesárea. Construyó el templo
de Jerusalén, rodeándole de fortísimas murallas. Durante su reinado disfrutó
la Palestina de una paz completa. Fue considerado como un Mesías, a pesar de
ser bárbaro en sus relaciones con la familia y tirano con el pueblo, al que
devoraba para sufragar los gastos de las grandes empresas que acometía.
Adoró a César, y casi fue adorado por sus partidarios.
La secta de los judíos estaba ya esparcida mucho tiempo
por Europa y Asia, pero sus dogmas eran enteramente desconocidos.
Nadie conocía los libros judíos, aunque muchos de ellos estaban
traducidos al griego en Alejandría, como ya dijimos en otra parte.
Sólo se sabía de los judíos lo que los turcos y los persas saben hoy
de los armenios, que son corredores de comercio y agentes de cambio.
El teísmo de la China y los respetables libros de Confucio,
que vivió cerca de seiscientos años antes que Herodes, eran aún más desconocidos
de las naciones occidentales que los ritos
judíos.
Los árabes, que suministraban a los romanos los géneros preciosos
de la India, ni siquiera tenían idea de la teología de los brahmanes.
Las mujeres indias tenían la costumbre inmemorial de quemarse en la
hoguera sobre el cuerpo de sus maridos, y estos sacrificios asombrosos,
que todavía se realizan, eran tan desconocidos de los judíos como las
costumbres de América. Los libros judíos, que se ocupan de Cog y Magog,
no hablan en ninguna parte de la India.
La antigua religión de Zaratustra era célebre ya, y tampoco la conocían en
el Imperio romano. En éste sólo se sabía en general que los magos creían en la
resurrección, en el paraíso y el infierno. Estas doctrinas habían llegado hasta
los judíos vecinos de la Caldea, porque la Palestina, en la época de Herodes,
la ocupaban los fariseos, que empezaban a creer en el dogma de la resurrección,
y los saduceos, que despreciaban tal doctrina.
Alejandría, que era la ciudad más comercial del mundo, estaba poblada de egipcios,
que rendían culto a Serapis y a los gatos sagrados; de griegos, que se ocupaban
de filosofía; de romanos, que eran los que dominaban, y de judíos, que eran los
que se enriquecían. Todos esos individuos, pertenecientes a diversas naciones,
sólo se ocupaban en ganar dinero, en entregarse a los placeres o al fanatismo,
en crear o disolver sectas religiosas, sobre todo cuando vivieron en la ociosidad,
que fue cuando Augusto cerró el templo de Jano.
Los judíos estaban divididos en tres partidos principales.
El de los samaritanos, que se jactaba de ser el más antiguo, porque Samaria
existía cuando Jerusalén y su templo fueron destruidos en la época de los reyes
de Babilonia; pero los samaritanos participaban de la raza de los persas y de los
palestinos. El segundo partido, el más poderoso, era el de los jerusalenistas,
que detestaban a los samaritanos, y éstos también los aborrecían a ellos, porque sus intereses eran
opuestos. Los jerusalenistas tenían la pretensión de que sólo se hicieran
sacrificios en el templo de Jerusalén, para que de ese modo se recogiera mucho
dinero en la ciudad, y por esa misma razón los samaritanos querían que se hicieran
los sacrificios en Samaria. Cuando hay poco número de habitantes en una ciudad
pequeña, basta con un templo; pero cuando ese mismo pueblo llega a extenderse
hasta setenta leguas de longitud en su territorio y veintitrés de latitud,
como le sucedió al pueblo judío, es absurdo no querer tener mas que una iglesia.
El tercer partido era el de los judíos helenistas, y lo componían los que comerciaban
y tenían negocios en Egipto y en Grecia, y opinaban lo mismo que
los samaritanos. Omías, hijo de un gran sacerdote judío y que deseaba ser lo que
su padre, obtuvo del rey de Egipto Ptolomeo Filometor, y sobre todo de Cleopatra, esposa de
éste, permiso para edificar un templo judío cerca de Bubasta, asegurando a la
reina Cleopatra que Isaías profetizó que un día llegaría en que el Señor había de
tener un templo en el indicado sitio. Hizo un buen presente a Cleopatra, la cual
contestó que ya que Isaías lo había profetizado, se le podía creer. Dicho templo
se llamó de Onión, y se construyó ciento sesenta años antes de la era vulgar.
Los judíos de Jerusalén miraron siempre con tanto horror ese templo y la traducción
de los Setenta, que instituyeron una fiesta en
expiación de esos dos sacrilegios.
Los rabinos del templo Onión, mezclando su raza con la de los griegos, llegaron
a ser más sabios que los rabinos de Jerusalén y de Samaria, y esos tres partidos comenzaron
a disputar unos con otros sobre cuestiones de controversia, que sutilizan
el talento, pero le hacen falso e insociable.
Los judíos egipcios, deseando igualarse en austeridad con los esenios
y los
judaizantes de Palestina, establecieron algún tiempo antes del advenimiento del cristianismo
la secta de los terapeutas, que se consagraban, como ellos, a una especie de vida monástica
y a las mortificaciones. Esas diferentes sociedades se establecieron, imitando
los antiguos misterios egipcios, persas y griegos que inundaron el mundo desde
el Eufrates y el Nilo hasta el Tíber.
Al principio, los iniciados en estas cofradías eran escasos
en número y los consideraban como hombres privilegiados, que se separaban
de la multitud; pero en la época de Augusto llegaron a ser muchísimos,
de modo que se hablaba de religión desde el centro de la Siria hasta el monte Atlas
y el Océano Germánico.
Entre esta multitud de sectas y de cultos se fundó la escuela de Platón,
no sólo en Grecia, sino también en Roma y en Egipto. Creyóse que Platón tomó su doctrina de
los egipcios, y éstos creían reivindicar algo suyo al dar valor a las ideas
platónicas, a su verbo y a la especie de trinidad que se encuentra embrollada
en algunas de las obras de Platón. Se asegura que el espíritu filosófico,
difundido entonces en todo el Occidente conocido, dejó caer algunas chispas de
su espíritu razonador en la Palestina.
No cabe dudar que en la época de Herodes se suscitaron ya cuestiones
sobre los atributos de la Divinidad, sobre la inmortalidad del alma y la
resurrección de los cuerpos. Los judíos refieren que la reina Cleopatra
les preguntó si resucitábamos desnudos o vestidos. Los judíos, pues, raciocinaban
a su modo. Hay que reconocer que Flavio Josefo, para ser militar, era bastante
sabio, y es indudable que sobresaldrían otros sabios del estado civil en un
país donde era ilustrado un hombre de guerra. Su contemporáneo Filón
hubiera adquirido reputación entre los griegos, y Gamaliel, maestro de
San Pablo, era un gran polemista.
El pueblo judío se entretenía ocupándose de religión,
como sucede hoy en Suiza, Alemania e Inglaterra. Se encuentran varios
personajes del pueblo bajo que fundaron sectas, como posteriormente Fox
en Inglaterra, Muncer en Alemania y los primeros reformistas en Francia.
El mismo Mahoma no era mas que un comerciante de camellos.
Añadamos a todo esto que en la época de Herodes se
creyó que estaba próximo el fin del mundo, y en aquellos tiempos, predispuestos por la Divina Providencia,
plugo al Padre Eterno enviar
a su Hijo al mundo, misterio incomprensible del que no nos ocuparemos.
Únicamente diremos que, en semejantes circunstancias,
si predicó Jesús una moral pura; si anunció la existencia de los cielos
para recompensar a los justos; si tuvo discípulos entusiastas de su
persona y de sus virtudes; si estas virtudes le atrajeron la persecución
de los sacerdotes; si la calumnia le hizo morir de muerte ignominiosa,
su doctrina, que sus discípulos anunciaban continuamente, debió producir
maravilloso efecto en el mundo. Repito que hablo humanamente, y que no
me ocupo de la multitud de milagros ni de las profecías. Sostengo que el
cristianismo debió conseguir más por la muerte de Jesús que hubiese
conseguido al no ser éste ejecutado. Hay gentes que extrañan que sus discípulos tuvieran también discípulos;
pero mas extrañaría yo que no hubieran podido conseguir atraerse partidarios.
Setenta personas persuadidas de la inocencia de su jefe, de la pureza de sus
costumbres y de la barbarie de sus jueces, debieron arrastrar un prodigioso número de secuaces.
Sólo San Pablo, al convertirse en enemigo de su maestro Gamaliel, debió,
humanamente hablando, atraer muchos partidarios a Jesús, aunque Jesús no hubiera sido mas que
un hombre de bien castigado injustamente. San Pablo, además, era sabio,
elocuente, vehemente e infatigable, y conocía muy bien la lengua griega. San Lucas era un griego de Alejandría,
hombre de letras porque era médico. El primer capítulo de San Juan está impregnado
de una sublimidad platónica que debió gustar muchísimo a los platónicos de Alejandría.
Efectivamente, tardó poco en formarse en dicha ciudad una escuela fundada por Lucas
o
Marcos (por un evangelista o por otro), que perpetuaron Atenágoras, Panteno,
Orígenes, Clemente, todos ellos elocuentes y sabios. Estableciendo
semejante escuela era imposible que el cristianismo no progresara
rápidamente.
La Grecia, la Siria y el Egipto fueron los teatros de los célebres misterios
antiguos que encantaron a los pueblos, y los cristianos también tuvieron sus misterios propios.
La multitud se apresuró a iniciarse en ellos, al principio por curiosidad y
luego por persuasión. La idea del próximo fin del mundo debió sobre
todo impulsar a los nuevos discípulos a despreciar los bienes pasajeros de la tierra
que iban a perecer con ellos. El ejemplo que daban los terapeutas convidaba a entregarse
a una vida solitaria y de mortificación. Todo parecía concurrir
poderosamente para que se arraigara
la religión cristiana.
Es verdad que las diversas fracciones de la inmensa y
naciente sociedad no estaban acordes unas con otras. Cincuenta y cuatro
sociedades tuvieron cincuenta y cuatro evangelios diferentes, secretos
como sus misterios, pero que desconocieron los gentiles, los cuales
sólo conocieron los cuatro Evangelios canónicos después que pasaron doscientos
cincuenta años. Los indicados rebaños, aunque estaban divididos, reconocían al mismo pastor. Ebionitas, que contradecían
a San Pablo; nazarenos, discípulos
de Himeneo, de Alejandro y de Hermógenes; carpocracianos y otras muchas sectas
disputaban unas con otras; pero, sin embargo, todas estaban unidas para
invocar a Jesús y creer en él. Al principio, el imperio romano, en el que
hormigueaban todas estas sectas no fijó en ellas su atención, conociéndolas
en Roma con la denominación general de judíos y no preocupándose de ellas el
gobierno. Los judíos consiguieron con
su dinero adquirir el derecho de dedicarse al comercio; pero durante el
reinado de Tiberio cuatro mil de ellos fueron expulsados de Roma. En el Imperio
de Nerón les atribuyeron el incendio de Roma. Fueron otra vez expulsados
en la época de Claudio; mas esto no les impidió volver a Roma, donde vivían tranquilos pero despreciados.
Los cristianos de Roma eran menos numerosos que los de Grecia, Alejandría y
Siria. Los romanos no conocieron
Padres de la Iglesia, ni herejes, durante los primeros siglos del cristianismo.
La Iglesia era griega hasta el extremo de que ni un misterio, ni un rito, ni
un dogma dejó de expresarse en dicha lengua. A los cristianos, ya fueran griegos,
sirios, romanos o egipcios, los consideraban en todas partes como semijudíos,
y ésta era otra razón que tuvieron para no dar a conocer sus libros a los gentiles,
para permanecer unidos e inquebrantables, guardando perfectamente su secreto, como
antiguamente guardaron el de los
misterios de Isis y de Ceres. Formaban una república aparte, un Estado dentro del
Estado; carecían de templos y de altares, no realizaban ningún sacrificio, no
practicaban ceremonias públicas. Escogían secretamente a sus superiores por pluralidad
de votos, y aquéllos, con las denominaciones de ancianos, sacerdotes, obispos y diáconos, administraban la bolsa común, cuidaban
a los enfermos y apaciguaban todas las disputas. Consideraban
como una vergüenza y un crimen pleitear ante los tribunales y alistarse en la milicia,
y durante cien años ni un solo cristiano tomó las armas en el Imperio. De este modo, retirados
y desconocidos de todo el mundo, burlaban la tiranía de los procónsules y de los pretores
y vivían libres en medio de la esclavitud pública.
Inducían a los cristianos ricos a que adoptaran los hijos de los cristianos pobres; formaban
colectas para sostener a las viudas y los huérfanos, pero se negaban a recibir dinero de los
pecadores, y sobre todo de los taberneros, a los que tenían por bribones. Por eso muy pocos
de ellos estaban afiliados al cristianismo y por eso los cristianos no frecuentaban las tabernas.
Las mujeres podían adquirir la dignidad de diaconisas cuando contraían méritos, que consistían
en estrechar la
confraternidad cristiana. Las consagraban y el obispo las ungía poniéndoles en la frente
el óleo sagrado, como se hizo antiguamente con los reyes judíos. Todo esto iba ligando
a los
cristianos con lazos indisolubles. Las persecuciones que experimentaron, siempre pasajeras,
sólo sirvieron para redoblar su celo e inflamar su fervor, y durante la época de
Diocleciano
llegó a ser cristiana una tercera parte del Imperio.
He aquí una pequeña parte de las causas humanas que contribuyeron al progreso del cristianismo.
Añadid a éstas las causas divinas, y si algo debe extrañarnos es que la religión cristiana no se
extendiera más pronto por los dos hemisferios, sin exceptuar las islas más salvajes.
Dios, que descendió del cielo, que murió por regenerar
a los hombres y para extirpar el pecado del mundo, dejó sin embargo la parte mayor
del género humano entregada al error y al crimen y en poder del diablo. Parece que
esto indique una fatal contradicción; al menos así parece ante la débil razón del
hombre. Pero respetemos los misterios incomprensibles de la Providencia.
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