CREER
Dijimos en el artículo
Certidumbre que muchas de las
veces que creemos estar ciertos no lo debemos estar, y que serán acertados
nuestros juicios cuando juzguemos según el sentido común. Vamos a ver ahora
qué es lo que llamamos «creer».
Hablo con un turco y me dice: «Yo creo que el ángel Gabriel descendió con
frecuencia del Empíreo para entregar a Mahoma las hojas del Corán, escritas
con letras de oro en pergamino azul.» «¿Por qué crees esa cosa tan increíble?»
«Porque tengo grandes probabilidades de que no me hayan engañado al referirme
esos prodigios; porque Abubeker el suegro, Alí el yerno, Aiska la hija, y Omar,
certificaron la verdad de ese hecho, que presenciaron cincuenta mil hombres.
Recogieron todas las hojas, las leyeron ante los fieles y aseguraron
que no habían cambiado ni una sola palabra. Lo creo, porque siempre hemos
tenido un mismo Corán, que no ha sido contradicho por otro, pues Dios nunca
permitió que se alterase ese libro, porque sus preceptos y sus dogmas son
perfectos. El dogma consiste en la unidad de Dios, por el que vivimos y morimos,
en la inmortalidad del alma, en las recompensas eternas de los justos, en el
castigo de los perversos y en la misión de nuestro gran profeta Mahoma,
corroborada por sus victorias. Los preceptos consisten en ser justos y valientes,
en dar limosnas a los pobres, en abstenernos de tener la enorme cantidad de mujeres que tienen los príncipes
orientales, en renunciar al buen vino de Engaddí y de Tadmor, que los borrachos
hebreos tanto elogian en sus libros, y en rezar a Dios cinco veces cada día.
Esta sublime religión la ha confirmado el más hermoso y el más constante de
los milagros; este milagro consiste en que Mahoma, viéndose perseguido por
los groseros magistrados, que decretaron que le prendieran, se vio obligado a
abandonar su patria y sólo regresó a ella victorioso, sirviéndole de escabel
sus jueces imbéciles y sanguinarios. Peleó toda su vida defendiendo las
doctrinas del Señor, y con reducido número de tropas venció siempre a
innumerables soldados, y él y sus sucesores convirtieron a su religión a la
mitad del mundo, y con la ayuda de Dios esperamos que llegue un día en que
se convierta la otra mitad.»
No cabe mayor alucinación.
A pesar de esto, aunque el turco cree con firmeza,
ve algunas pequeñas nubes de duda elevarse en el fondo de su alma cuando
le presentan objeciones a las visitas del ángel Gabriel; cuando le contradicen respecto al sura
o capítulo descendido del cielo para declarar que el gran
Profeta no es cornudo, y sobre la borrica Borac, que transporta a Mahoma en una
noche desde la Meca a Jerusalén. Entonces el turco tartamudea, se ruboriza
y no sabe qué contestar, y esto no obstante, no sólo dice que lo cree,
sino que se empeña en que lo creamos los demás.
¿Está efectivamente convencido el turco de todo lo que nos dice? ¿Está tan
seguro de que Mahoma es un enviado de Dios como está seguro de que existe
la ciudad de Estambul? El fondo del discurso del turco es que cree lo
que no cree. Está acostumbrado a pronunciar, como el sacerdote de su mezquita,
ciertas palabras que toma por ideas. Creer es muchas veces dudar.
«¿Por qué crees esto?», pregunta Harpagón. «Lo creo porque lo creo», contesta
Jacobo en el Avaro de Molière. La mayoría de los hombres podrían contestar lo mismo. Créeme,
lector; no se debe creer de ligero.
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