CONTRADICCIONES (1)
(2)
III
De las contradicciones en algunos ritos
Después de las trascendentales contradicciones políticas, las contradicciones más graves son algunos
de nuestros ritos. Detestamos el judaísmo; no hace quince años todavía que condenábamos los judíos
a las hogueras; los consideramos como asesinos de Dios, y sin embargo, nos reunimos
todos los domingos para salmodiar cantos judíos;
y no los recitamos en hebreo porque somos unos ignorantes; pero los
quince primeros obispos, sacerdotes y diáconos de Jerusalén, que fue la cuna de la religión cristiana,
recitaban dichos salmos en el idioma judío, y desde la época del califa Omar, casi todos los cristianos,
desde Tiro hasta Alepo, rezaban en dicho idioma. En la actualidad, el que recitase los salmos como se
compusieron y los cantara en lengua judía sería sospechoso de estar circuncidado y de ser judío, y
como a tal quemado. Por lo menos hubiera muerto en la hoguera veinte años atrás,
a pesar de que Jesucristo,
los apóstoles y sus discípulos fueron circuncidados. ¿Es posible encontrar nada más contradictorio?
IV
De las contradicciones aparentes en los libros
Debemos distinguir con mucho cuidado, sobre todo en los libros sagrados, las contradicciones aparentes
de las reales. El Pentateuco asegura que Moisés fue el más benigno de los
hombres, y mandó degollar veintitrés mil hebreos porque adoraban al
«becerro de oro» y veinticuatro mil por tener trato carnal o por haberse casado con mujeres madianitas,
como él mismo se casó. Pero sabios
comentaristas probaron de un modo irrecusable que Moisés era apacible y cariñoso, y que sólo por dar
gusto a Dios hizo asesinar a esos cuarenta y siete mil israelitas culpables.
Atrevidos críticos han creído encontrar una contradicción en el pasaje que refiere cómo
Moisés convirtió toda el agua de Egipto en sangre, y que los magos de
Faraón realizaron en seguida el mismo prodigio, sin que el Éxodo coloque ningún intervalo entre el milagro
de Moisés y la operación mágica de los encantadores. A primera vista parece
imposible que esos magos pudieran convertir en sangre
lo que era sangre ya; pero esa dificultad queda vencida si suponemos que Moisés había permitido que las
aguas volvieran a adquirir su primitiva naturaleza, para dar tiempo
a que verificasen su operación los magos de Egipto. Esta suposición es hasta cierto punto verosímil, porque si el
texto no la favorece expresamente, no se opone a ella.
Los mismos críticos incrédulos se preguntan también: «¿Cómo pudo ser que Faraón persiguiera con su caballería
a los judíos, cuando todos sus caballos murieron del gran pedrisco que cayó en Egipto durante la sexta plaga?»
Pero esto también es una contradicción aparente, porque la piedra que mató a los caballos que estaban en los
campos no pudo causar ningún daño a los que estaban metidos en las cuadras bajo techado. Todo puede explicarse
con un poco
de buen deseo.
Una de las mayores contradicciones que han creído encontrar en el
Libro de los reyes es la carencia total de
armas ofensivas y defensivas en que se encontraron los judíos al advenimiento de Saúl, y que luego se dice que
Saúl capitaneaba trescientos treinta mil combatientes que pelearon contra los
amonitas que estaban sitiando Jabes y Galaad. Efectivamente, refiere el susodicho
Libro de los reyes que entonces, y hasta después de esa
batalla, no había ni una lanza ni una sola espada en el pueblo hebreo; que los filisteos impidieron
a los hebreos
que forjaran lanzas y espadas; que los hebreos se veían obligados a ir al pueblo de los filisteos para afilar
la hoja de sus arados, de sus azadas, de sus hoces y de sus podaderas (2). Semejante confesión parece que pruebe
que los hebreos eran escasos en número, y que los filisteos constituían una nación poderosa, que tenía
a los
israelitas bajo su yugo y tratándolos como esclavos, por lo que no era posible que
Saúl hubiera podido reunir
trescientos treinta mil combatientes.
El reverendo padre Calmet dice que «es creíble que hay algo de exageración en lo que se refiere
de Saúl y de Jonatás; pero ese sabio olvida que los otros comentaristas atribuyen las primeras victorias de Saúl y de Jonatás
a uno de los milagros evidentes que Dios se dignaba hacer con frecuencia en favor de su pueblo predilecto.
Jonatás, solo con su escudero, comenzó matando a veinte mil enemigos, y los filisteos, asombrados, acabaron
peleándose unos con otros. El autor del Libro de los Reyes dice que eso fue un milagro de Dios. No hay, pues,
en ello contradicción.
Los enemigos de la religión cristiana, Celso, Porfirio
y Juliano, han agotado la sagacidad de su talento ocupándose de esta materia. Algunos autores judíos se
prevalieron de las ventajas que les proporcionó la
superioridad de su conocimiento en la lengua hebrea para publicar estas
contradicciones aparentes, consiguiendo que los copiaran
varios autores cristianos, entre ellos lord Herbert, Wollaston, Tindall, Toland, Collins,
Shaftesbury, Woolston, Gordon, Bolingbroke y otros autores de diversos países. Freret, secretario
perpetuo de la Academia de Bellas Artes de Francia, y el sabio Leclerc, creen encontrar algunas
contradicciones, pero dicen que pueden atribuirse a los copistas, y otros críticos han pretendido
explicar y reformar las contradicciones que les parecían inexplicables.
Dice un libro peligroso, escrito con mucho talento (3), que San Mateo y San Lucas atribuyen cada uno
de ellos a Jesucristo una genealogía diferente, y para que no se crea que son insignificantes esas
creencias, trata de convencer al que lo dudare, haciendo leer a San Mateo en el capítulo
I y a San Lucas en el capítulo III, para que se vea que hay quince generaciones más en un evangelista que en otro;
que desde David se separan por completo, que vuelven a reunirse en Salathiel, pero que después del hijo de éste se separan otra vez,
y no vuelven a reunirse hasta José. En la misma genealogía incurre San Mateo en manifiesta contradicción, porque dice que Osías
era padre de Jonatás, y en los Paralipómenos, libro I, capítulo III, se encuentran tres generaciones
entre ellos, a saber: Joas, Amasías, Azarías, de los que no se ocupan Mateo ni Lucas. Además, esa genealogía
no tiene nada que ver con Jesús, porque según nuestra ley, José no tuvo ningún comercio con María.
San Epifanio concilia las dos genealogías de otra manera. En su opinión, Jacob Panther desciende de Salomón,
es padre de José y de Cleofás. José tuvo de su primera mujer seis hijos: Jacobo, Josué, Simeón, Judas,
María y Salomé. Luego se casó con la Virgen María, madre de Jesús, hija de Joaquín y de Ana.
También se explican de otros modos esas dos genealogías. Véase la obra de Calmet titulada
Disertación en
la que se prueba a conciliar San Mateo con San Lucas sobre la genealogía de Jesucristo.
Los sabios incrédulos a que aludimos, que se han
ocupado en comparar fechas, estudiar libros y medallas,
confrontar los autores más antiguas, buscando la verdad con afán, y cuya ciencia les hace perder la simplicidad
de la fe, dicen que San Lucas contradice a los evangelistas y que se equivoca en
lo que dice respecto al nacimiento del Salvador. He
aquí lo que temerariamente explica el autor del Análisis de la religión cristiana, página 23:
«San Lucas dice que Cirenio gobernaba la Siria cuando Augusto mandó confeccionar el empadronamiento
del Imperio. Veamos las muchas falsedades que hay en esas pocas palabras. Tácito y Suetonio, los
dos historiadores antiguos más exactos, nada dicen de ese supuesto empadronamiento del Imperio, que
indudablemente hubiera sido acontecimiento extraordinario, porque no se hizo en el reinado de ningún
emperador, o por lo menos ningún autor dice que se hiciera. Cirenio fue a Siria diez años después de la
fecha que marca San Lucas, en cuya fecha la gobernaba Quintilio Varus, según refiere Tertuliano y
confirman las medallas.»
Efectivamente, no se conoció el empadronamiento en el Imperio romano. En él sólo era costumbre formar
un censo de los ciudadanos de Roma. Es posible que los copistas hayan puesto «empadronamiento»
por «censo». Respecto a Cirenio, a quien los copistas llaman Cirino, debemos decir que no era gobernador
de la Siria en la época del nacimiento de Jesús, porque la gobernaba Quintilio Varus, pero es posible
que éste enviase a Judea a Cirenio, que le sucedió en el mando de la Siria diez años después. No debemos
callar que esta explicación no nos satisface por completo. El censo formado durante el imperio de Augusto
no se refiere a la época del nacimiento de Jesucristo; además, los judíos no estaban comprendidos en ese
censo y José y su esposa no eran ciudadanos romanos. María no pudo, pues, salir de Nazaret, que está al
extremo de la Judea, a pocas millas del monte Tabor y en medio del desierto, para ir
a parir a Belén, que
dista ochenta millas de Nazaret. Pero sí que pudo suceder fácilmente que Cirenio fuese
a Jerusalén
enviado por Quintilio Varus para imponer un tributo por cabeza, y que José y María recibiesen la orden
del magistrado de Belén de presentarse en dicha aldea, que es donde nacieron, para pagar el referido
tributo. Explicado de esa manera, no hay ninguna contradicción.
Los críticos pueden inutilizar esta solución, diciendo para refutarla que Herodes era el único que
imponía tributos; que los romanos no cobraban nada de la Judea; que Augusto permitió que Herodes fuera
dueño absoluto de su casa mediante la contribución que dicho idumeo pagaba al Imperio. Pero en caso de
necesidad pudo ponerse de acuerdo con un príncipe tributario y enviar un intendente para establecer
acordes la nueva contribución.
Nosotros no diremos, como otros muchos, que los copistas han cometido muchas equivocaciones,
y que se encuentran más de diez mil en la traducción que ha
llegado a nuestras manos. Preferimos decir, haciendo coro a los doctores y a los hombres más
ilustrados, que los Evangelios se nos dieron para enseñarnos a vivir santamente, y no para que sabiamente
los critiquemos, pues no pueden resistir a la crítica.
Estas contradicciones causaron un efecto terrible y deplorable en Juan Meslier, cura de Etrepigny, en
Champagne. Este hombre, virtuoso y caritativo, pero sombrío y melancólico, estaba leyendo siempre la
Biblia y los santos Padres, con un ensimismamiento que le fue fatal. Le convirtió en
un ser rebelde,
siendo como era un pastor que debía enseñar docilidad a su rebaño. Las contradicciones que creyó
encontrar en esos libros le exaltaron hasta tal punto, que creyó encontrarlas
entre Jesús, que nació
judío y en seguida fue reconocido como Dios. Entre Dios, conocido al principio por el hijo de José el carpintero
y por el hermano de Jacobo, pero descendido de un empíreo que no existía, con
la idea de desterrar el pecado del mundo, y dejándolo, sin embargo, lleno de crímenes. Entre Dios,
nacido de un miserable artesano y descendiente de David por parte de su padre, que no era padre
suyo; entre el Creador de todos los mundos y el nieto de la adúltera Betsabé, de la impudente
Ruth, de la incestuosa Tamar, de la prostituta de Jericó y de la mujer de Abraham, que robó un rey
de Egipto y luego la volvieron a robar a la edad de noventa años.
Meslier pregonó con monstruosa impiedad esas supuestas contradicciones que le chocaron, y cuya solución
le hubiera sido fácil encontrar si hubiese sido fácil de espíritu. Su tristeza fue aumentando
gradualmente en la soledad en que vivía, y tuvo la desgracia de tomar horror a la santa religión,
siendo como era el encargado de predicarla. Y oyendo nada más que a su razón perturbada y seducida,
abjuró del cristianismo en un testamento ológrafo, del que cuando murió, en 1732, dejó tres copias.
El extracto de dicho testamento se imprimió varias veces, e inútil es decir el escándalo que movió.
Puede comprenderse el pésimo efecto que causaría en el público un cura que pide perdón
a Dios y a sus
feligreses en la hora de la muerte por haberles enseñado los dogmas del cristianismo; que execra
a los
cristianos porque muchos de ellos son perversos, truena contra el fausto de Roma y contra las
contradicciones de los sagrados libros; y habla del cristianismo como Porfirio, como Epicteto, como
Marco Aurelio, como Juliano, cuando va a comparecer en presencia de Dios.
De este mismo modo, el desgraciado predicador Antonio, engañado por las contradicciones que
creyó ver entre la nueva y la antigua ley, dio el mal paso de apostatar de la
religión cristiana y de inscribirse en la religión judía; pero más valiente que Juan Meslier, prefirió morir
a retractarse.
En el testamento de Juan Meslier se ve de un modo indudable que las contradicciones que se
encuentran en los Evangelios le trastornaron la cabeza, siendo un cura de virtud
rígida. Trastornaron a Meslier las dos genealogías que le parecieron contradictorias, y no pudiendo
conciliarlas, se sublevó e irritó, viendo que San Mateo hace ir al padre, a la madre y al hijo
a Egipto, después de recibir el homenaje de los tres reyes magos de Oriente, y que el anciano
Herodes, temiendo que le destronara un niño que acababa de nacer en Belén, mandó degollar
a
todos los niños para evitar su destronamiento. Le extraña que ni San Lucas, ni San Juan, ni
San Marcos hablen de semejante matanza. Queda confundido cuando lee que San Lucas hace que
permanezcan en Belén San José, la Virgen María y Jesús, y que después se retiren
a Nazaret,
pero debía saber que la santa familia podía ir primero a Egipto y algún tiempo
después a Nazaret.
Si San Mateo es el único que refiere lo de los tres magos, lo de la estrella que les siguió desde
el centro de Oriente hasta Belén y lo de la matanza de los niños, y si los otros evangelistas no
se ocupan de nada de esto, no significa por ello que se contradigan, porque callar no es contradecir.
Si los evangelistas San Mateo, San Marcos y San Lucas no dan mas que tres meses de vida
a Jesucristo desde que fue bautizado en Galilea hasta que recibió el suplicio y la muerte en Jerusalén,
y si San Juan le hace vivir tres años y tres meses, es fácil poner de acuerdo
a San Juan con los otros
tres evangelistas, ya que aquél no dice expresamente que Jesucristo predicó en Galilea durante tres
años y tres meses, sino que sólo se infiere de sus palabras. ¿Por simples razones de controversia,
por simples inducciones, por contradicciones de cronología, debemos renunciar a
una religión
que nos hace felices?
«Es imposible -dice Meslier- poner de acuerdo a San Mateo y
a San Lucas, cuando el primero dice que
Jesús, al salir del desierto, fue a Cafarnaum, y el segundo dice que fue a Nazaret. San Juan afirma
que Andrés fue el primer apóstol que se afilió a Jesucristo, y los otros evangelistas dicen que fue
Simón Pedro.» Supone también que se contradicen respecto al día en que Jesús celebró la Pascua,
y también respecto a la hora de su suplicio, al sitio y a las
épocas de su aparición y resurrección. Y está convencido el desventurado cura de que libros
que se contradicen no pueden ser inspirados por el Espíritu Santo. Pero no es dogma de fe
que el Espíritu Santo haya inspirado todas las palabras, ni que dirigiera las manos de todos
los copistas; dejó obrar a las segundas causas. Bastante fue que se dignara revelarnos los
principales misterios y que, andando los tiempos, instituyera una Iglesia para explicárnoslos.
Todas esas contradicciones que se achacan a los Evangelios las han descubierto los sabios
comentaristas; pero en vez de perjudicarse, se explican unas con otras, prestándose mutuo
auxilio y armonizando los cuatro Evangelios. Si encontramos algunas dificultades que no
se pueden explicar, profundidades que no es posible comprender, aventuras increíbles,
prodigios que sublevan la débil razón humana y contradicciones que no se pueden conciliar,
esto es sin duda para poner a prueba nuestra fe y humillar la soberbia del
hombre.
__________
(2) Libro de los Reyes, cap. XIII, vers. 19, 20
y 21.
(3) Análisis de la religión cristiana, atribuido a Saint-Evremond,
página 22.
|