CONTRADICCIONES (1) (2)
I
Cuanto más estudiamos en el mundo más le vemos lleno de contradicciones
e inconsecuencias.
El Gran Turco manda cortar la cabeza a todo el que le parece, y raras veces puede conservar la suya. El Santo
Padre confirma la elección de los emperadores, tiene por vasallos a los reyes, y ni siquiera es tan poderoso
como un duque de Saboya. Expide órdenes para América y para África, y no es dueño de privar de ningún privilegio
a la República de Lucca. El emperador es rey de los romanos; pero este derecho consiste únicamente en sostener el
estribo al Papa y darle lo necesario para que se lave en la misa. Los ingleses
sirven de rodillas a sus monarcas,
pero los deponen, los encarcelan y les hacen morir en
el cadalso.
Multitud de frailes que hacen voto de pobreza obtienen en virtud de ese voto hasta doscientos mil
escudos de renta, y como consecuencia de su voto de humildad
son soberanos despóticos. En voz alta se prohíbe en Roma obtener pluralidad de beneficios con curas de almas,
y con frecuencia se conceden bulas a un alemán para reunir a un mismo tiempo cinco
o seis obispados. Esto sucede,
según se dice, porque los obispos alemanes no tienen la cura de almas. El canciller en Francia, que es el primer
personaje del Estado, no puede sentarse a comer en la mesa del rey, al menos hasta hoy, y un coronel goza de esa
prerrogativa. El intendente, que es
un reyezuelo en su provincia, es un nadie en la corte.
Si un pobre filósofo, con la mejor intención del mundo, pretende que la tierra gira,
o imagina que la luz
proviene del sol, o supone que la materia puede tener algunas propiedades que nosotros no conocemos todavía,
le llaman impío y le acusan de perturbador de la paz pública; pero en cambio
traducen los libros Ad usum
Delfini y las Turculanas de Cicerón y de Lucrecio, que son dos cursos completos
de irreligión.
Los tribunales no creen ya en los poseídos y se burlan de los brujos, pero queman en la
hoguera por sortilegio a Ganfridi y a Grandier, y no hace mucho la mitad de
los miembros de un Parlamento se empeñaba en abrasar con el fuego de las llamas
a un religioso acusado de haber hechizado a un joven de diez y ocho años (1).
El escéptico filósofo Bayle fue perseguido hasta en Holanda, y La Mothe, que era más escéptico que aquél y
menos filósofo, fue preceptor del rey Luis XIV y del hermano de éste. Mientras ahorcaban en efigie
a Gourville
en París, era
embajador de Francia en Alemania.
El famoso ateo Spinoza vivió y murió tranquilo, y Vanini, que sólo escribió contra Aristóteles,
fue sentenciado por ateo a morir en la hoguera. Los diccionarios
y las historias de los hombres de letras son inmensos archivos de mentiras que contienen alguna que
otra verdad. Hojead esos libros y veréis en ellos que Vanini predicaba en sus escritos el ateísmo,
y que doce profesores de su secta salieron con él de Nápoles con la idea de hacer prosélitos en
todas partes; pero si en seguida hojeáis las obras de Vanini, quedaréis sorprendidos al encontrar
en ellas las pruebas de la existencia de Dios. He aquí lo que dice en su Anfiteatro, obra desconocida,
pero anatematizada: «Dios, en su principio y su término, sin fin y sin comienzo, porque no necesita ni uno ni otro,
es padre de todo principio
y de todo fin, existe siempre, fuera del tiempo; para Él no existió el pasado ni existirá
el porvenir; reina en todas partes sin estar en sitio alguno; está inmóvil sin pararse; es
rápido sin tener movimiento; es todo y está fuera de todo; está en todo sin estar encerrado;
está fuera de todo sin ser excluido; es bueno, pero sin poseer esa cualidad; está entero, pero
sin componerse de todas partes; es inmutable cuando todo varía en el universo; su voluntad es
su poder; en fin, siéndolo todo está por encima de todos los seres, fuera de ellos, en ellos,
más allá de ellos, y siempre delante y detrás de ellos.» Después de escribir semejante profesión
de fe declararon ateo a Vanini. ¿En qué fundaron su acusación? En la única declaración de un
enemigo suyo.
El pequeño libro titulado Cymbalum mundi, que es una fría imitación de Luciano y no tiene
relación alguna con el cristianismo, también fue condenado a ser pasto de las llamas,
y las obras de Rabelais se han impreso con privilegio, y han dejado circular tranquilamente
El espía turco y hasta las Cartas persas, ese libro ligero, ingenioso y atrevido, en el que
se hace la apología del suicidio, y en el que se encuentran frases como éstas: «El Papa es un
mago que hace creer que tres no son mas que uno, que el pan que se come no es pan», etc., etc.
Si quisiera continuar examinando las contradicciones que se encuentran en el terreno de las
letras, necesitaría escribir la historia de todos los sabios y de todos los ingenios.
Lo mismo que si quisiera detallar las contradicciones de la sociedad, necesitaría escribir
la historia del género humano. El asiático que viajara por Europa podría creer que éramos paganos.
Los días de nuestra semana llevan los nombres de Marte, de Mercurio, de Júpiter y de Venus;
las bodas de Cupido y de Psiquis están pintadas en los palacios de los papas; pero sobre todo,
si el asiático asistiera a una representación de la Opera, creería que era una fiesta que se
celebraba en honor del paganismo. Si se enterase mejor de nuestras costumbres, quedaría sorprendido
al ver que los soberanos adulan a los cómicos y los curas los excomulgan; vería casi siempre
nuestros usos en contradicción con nuestras leyes, y si nosotros fuésemos
a Asia, indudablemente encontraríamos allí también muchas incompatibilidades.
Los hombres son en todas partes igualmente locos; dictan leyes conforme las necesitan, como
reparan las brechas de las murallas. En unas partes los hijos primogénitos quitan
todo lo que pueden a los segundones; en otras partes los hijos heredan lo mismo. Unas veces la
Iglesia consiente el duelo, otras lo anatematiza. Se han visto excomulgados
igualmente los partidarios
y los enemigos de Aristóteles, los que llevaban el cabello largo y los que lo
llevaban corto. Sin embargo, el mundo subsiste como si estuviera todo
bien ordenado; nuestra naturaleza tiende a la irregularidad; nuestro
mundo político es, como nuestro globo, algo informe que se conserva siempre. Sería una locura
pretender que las montañas, los mares y los ríos trazasen figuras regulares; pero sería locura mayor
exigir que los hombres fueran perfectamente sabios. Eso equivaldría a querer dar alas
a los perros
y cuernos a las águilas.
II
En Europa todo se hizo como el traje de Arlequín. Su señor no tenía tela, y cuando necesitó vestirle
tomó varios jirones de ropa vieja de diferentes colores, y Arlequín fue ridículo, pero quedó vestido.
¿En qué pueblo no se contradicen los usos y las leyes? ¿Existe contradicción más chocante y más respetable
al mismo tiempo que la del Santo Imperio Romano? ¿En qué es santo, en qué es imperio, en qué es romano?
Constituyen los alemanes una brava nación que ni Germánico ni Trajano pudieron subyugar enteramente.
Los pueblos germanos que habitan más allá del Elba fueron siempre invencibles, aunque mal armados,
y de esos tristes climas salieron los vencedores del mundo. En vez de ser Alemania Imperio romano,
sirvió para destruirlo. Ese Imperio se había refugiado en Constantinopla, cuando un alemán, un austríaco,
se dirigió desde Aquisgrán a Roma, a despojar para siempre a los Césares griegos de lo que les quedaba
en Italia. Adoptó el título de imperator, pero ni él ni sus sucesores se atrevieron nunca
a vivir
en Roma. Esa capital no puede enorgullecerse ni quejarse de que después de Augústulo,
último excremento del Imperio romano, ningún César haya vivido ni haya
muerto dentro de sus murallas. No es posible que ese Imperio sea
«santo», porque se profesan en él tres religiones: dos de ellas
declaradas impías y abominables por el tribunal de Roma, al cual el
Imperio considera como soberano en estos casos. Tampoco puede ser
«romano», porque el emperador no tiene ni una sola casa en Roma.
En Inglaterra se sirve a los reyes de rodillas y profesan la máxima constante de que el rey no puede
causar ningún mal; únicamente sus ministros pueden equivocarse. Allí el monarca es infalible en
sus
actos, como el Papa en sus decisiones. Esa es la ley fundamental, la ley sálica de Inglaterra. Esto
no obstante, el Parlamento juzgó a su rey Eduardo II, declarando que el rey había incurrido en
muchas
faltas, y por lo tanto había perdido su derecho a la corona. Guillermo Trussel se presentó en la cárcel
y dirigió al rey la siguiente noticia: «Yo, Guillermo Trussel, procurador del Parlamento y de la nación
inglesa, revoco el homenaje que hasta hoy te hemos prestado y te privo del poder real. »
El Parlamento inglés juzga y sentencia al rey Ricardo
II.
Treinta y un cargos alegan contra él, entre los que se encuentran estos dos, que
son muy singulares:
«Que tomó prestado dinero y no lo había devuelto, y que dijo en presencia de testigos que era dueño
de la vida y los bienes de
sus vasallos.»
El Parlamento depuso a Enrique VI porque tuvo la desgracia
de ser imbécil.
El Parlamento declara traidor a Eduardo IV y le confisca
los bienes. Ricardo III fue verdaderamente peor
que los demás reyes; fue un Nerón, pero un Nerón valiente, y el Parlamento sólo le acusó de sus delitos
después de muerto.
La Cámara, que representaba al pueblo de Inglaterra, imputó
a Carlos I más faltas que había cometido, y le sentenció a morir en el cadalso.
El Parlamento declaró que Jacobo II había cometido grandes faltas, entre otras fugarse de la nación,
y declaró la corona vacante, esto es, le depuso.
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(1) Aludo al proceso formado al padre Girard y de la Cadière, proceso
que deshonró a la humanidad.
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