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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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Voltaire - Diccionario Filosófico  

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CONTRADICCIONES

I

Contradicciones - Diccionario Filosófico de VoltaireCuanto más estudiamos en el mundo más le vemos lleno de contradicciones e inconsecuencias. El Gran Turco manda cortar la cabeza a todo el que le parece, y raras veces puede conservar la suya. El Santo Padre confirma la elección de los emperadores, tiene por vasallos a los reyes, y ni siquiera es tan poderoso como un duque de Saboya. Expide órdenes para América y para África, y no es dueño de privar de ningún privilegio a la República de Lucca. El emperador es rey de los romanos; pero este derecho consiste únicamente en sostener el estribo al Papa y darle lo necesario para que se lave en la misa. Los ingleses sirven de rodillas a sus monarcas, pero los deponen, los encarcelan y les hacen morir en el cadalso.

Multitud de frailes que hacen voto de pobreza obtienen en virtud de ese voto hasta doscientos mil escudos de renta, y como consecuencia de su voto de humildad son soberanos despóticos. En voz alta se prohíbe en Roma obtener pluralidad de beneficios con curas de almas, y con frecuencia se conceden bulas a un alemán para reunir a un mismo tiempo cinco o seis obispados. Esto sucede, según se dice, porque los obispos alemanes no tienen la cura de almas. El canciller en Francia, que es el primer personaje del Estado, no puede sentarse a comer en la mesa del rey, al menos hasta hoy, y un coronel goza de esa prerrogativa. El intendente, que es un reyezuelo en su provincia, es un nadie en la corte.

Si un pobre filósofo, con la mejor intención del mundo, pretende que la tierra gira, o imagina que la luz proviene del sol, o supone que la materia puede tener algunas propiedades que nosotros no conocemos todavía, le llaman impío y le acusan de perturbador de la paz pública; pero en cambio traducen los libros Ad usum Delfini y las Turculanas de Cicerón y de Lucrecio, que son dos cursos completos de irreligión.

Los tribunales no creen ya en los poseídos y se burlan de los brujos, pero queman en la hoguera por sortilegio a Ganfridi y a Grandier, y no hace mucho la mitad de los miembros de un Parlamento se empeñaba en abrasar con el fuego de las llamas a un religioso acusado de haber hechizado a un joven de diez y ocho años (1).

El escéptico filósofo Bayle fue perseguido hasta en Holanda, y La Mothe, que era más escéptico que aquél y menos filósofo, fue preceptor del rey Luis XIV y del hermano de éste. Mientras ahorcaban en efigie a Gourville en París, era embajador de Francia en Alemania.

El famoso ateo Spinoza vivió y murió tranquilo, y Vanini, que sólo escribió contra Aristóteles, fue sentenciado por ateo a morir en la hoguera. Los diccionarios y las historias de los hombres de letras son inmensos archivos de mentiras que contienen alguna que otra verdad. Hojead esos libros y veréis en ellos que Vanini predicaba en sus escritos el ateísmo, y que doce profesores de su secta salieron con él de Nápoles con la idea de hacer prosélitos en todas partes; pero si en seguida hojeáis las obras de Vanini, quedaréis sorprendidos al encontrar en ellas las pruebas de la existencia de Dios. He aquí lo que dice en su Anfiteatro, obra desconocida, pero anatematizada: «Dios, en su principio y su término, sin fin y sin comienzo, porque no necesita ni uno ni otro, es padre de todo principio y de todo fin, existe siempre, fuera del tiempo; para Él no existió el pasado ni existirá el porvenir; reina en todas partes sin estar en sitio alguno; está inmóvil sin pararse; es rápido sin tener movimiento; es todo y está fuera de todo; está en todo sin estar encerrado; está fuera de todo sin ser excluido; es bueno, pero sin poseer esa cualidad; está entero, pero sin componerse de todas partes; es inmutable cuando todo varía en el universo; su voluntad es su poder; en fin, siéndolo todo está por encima de todos los seres, fuera de ellos, en ellos, más allá de ellos, y siempre delante y detrás de ellos.» Después de escribir semejante profesión de fe declararon ateo a Vanini. ¿En qué fundaron su acusación? En la única declaración de un enemigo suyo.

El pequeño libro titulado Cymbalum mundi, que es una fría imitación de Luciano y no tiene relación alguna con el cristianismo, también fue condenado a ser pasto de las llamas, y las obras de Rabelais se han impreso con privilegio, y han dejado circular tranquilamente El espía turco y hasta las Cartas persas, ese libro ligero, ingenioso y atrevido, en el que se hace la apología del suicidio, y en el que se encuentran frases como éstas: «El Papa es un mago que hace creer que tres no son mas que uno, que el pan que se come no es pan», etc., etc.

Si quisiera continuar examinando las contradicciones que se encuentran en el terreno de las letras, necesitaría escribir la historia de todos los sabios y de todos los ingenios. Lo mismo que si quisiera detallar las contradicciones de la sociedad, necesitaría escribir la historia del género humano. El asiático que viajara por Europa podría creer que éramos paganos. Los días de nuestra semana llevan los nombres de Marte, de Mercurio, de Júpiter y de Venus; las bodas de Cupido y de Psiquis están pintadas en los palacios de los papas; pero sobre todo, si el asiático asistiera a una representación de la Opera, creería que era una fiesta que se celebraba en honor del paganismo. Si se enterase mejor de nuestras costumbres, quedaría sorprendido al ver que los soberanos adulan a los cómicos y los curas los excomulgan; vería casi siempre nuestros usos en contradicción con nuestras leyes, y si nosotros fuésemos a Asia, indudablemente encontraríamos allí también muchas incompatibilidades.

Los hombres son en todas partes igualmente locos; dictan leyes conforme las necesitan, como reparan las brechas de las murallas. En unas partes los hijos primogénitos quitan todo lo que pueden a los segundones; en otras partes los hijos heredan lo mismo. Unas veces la Iglesia consiente el duelo, otras lo anatematiza. Se han visto excomulgados igualmente los partidarios y los enemigos de Aristóteles, los que llevaban el cabello largo y los que lo llevaban corto. Sin embargo, el mundo subsiste como si estuviera todo bien ordenado; nuestra naturaleza tiende a la irregularidad; nuestro mundo político es, como nuestro globo, algo informe que se conserva siempre. Sería una locura pretender que las montañas, los mares y los ríos trazasen figuras regulares; pero sería locura mayor exigir que los hombres fueran perfectamente sabios. Eso equivaldría a querer dar alas a los perros y cuernos a las águilas.

II

En Europa todo se hizo como el traje de Arlequín. Su señor no tenía tela, y cuando necesitó vestirle tomó varios jirones de ropa vieja de diferentes colores, y Arlequín fue ridículo, pero quedó vestido.

¿En qué pueblo no se contradicen los usos y las leyes? ¿Existe contradicción más chocante y más respetable al mismo tiempo que la del Santo Imperio Romano? ¿En qué es santo, en qué es imperio, en qué es romano? Constituyen los alemanes una brava nación que ni Germánico ni Trajano pudieron subyugar enteramente. Los pueblos germanos que habitan más allá del Elba fueron siempre invencibles, aunque mal armados, y de esos tristes climas salieron los vencedores del mundo. En vez de ser Alemania Imperio romano, sirvió para destruirlo. Ese Imperio se había refugiado en Constantinopla, cuando un alemán, un austríaco, se dirigió desde Aquisgrán a Roma, a despojar para siempre a los Césares griegos de lo que les quedaba en Italia. Adoptó el título de imperator, pero ni él ni sus sucesores se atrevieron nunca a vivir en Roma. Esa capital no puede enorgullecerse ni quejarse de que después de Augústulo, último excremento del Imperio romano, ningún César haya vivido ni haya muerto dentro de sus murallas. No es posible que ese Imperio sea «santo», porque se profesan en él tres religiones: dos de ellas declaradas impías y abominables por el tribunal de Roma, al cual el Imperio considera como soberano en estos casos. Tampoco puede ser «romano», porque el emperador no tiene ni una sola casa en Roma.

En Inglaterra se sirve a los reyes de rodillas y profesan la máxima constante de que el rey no puede causar ningún mal; únicamente sus ministros pueden equivocarse. Allí el monarca es infalible en sus actos, como el Papa en sus decisiones. Esa es la ley fundamental, la ley sálica de Inglaterra. Esto no obstante, el Parlamento juzgó a su rey Eduardo II, declarando que el rey había incurrido en muchas faltas, y por lo tanto había perdido su derecho a la corona. Guillermo Trussel se presentó en la cárcel y dirigió al rey la siguiente noticia: «Yo, Guillermo Trussel, procurador del Parlamento y de la nación inglesa, revoco el homenaje que hasta hoy te hemos prestado y te privo del poder real. »

El Parlamento inglés juzga y sentencia al rey Ricardo II. Treinta y un cargos alegan contra él, entre los que se encuentran estos dos, que son muy singulares: «Que tomó prestado dinero y no lo había devuelto, y que dijo en presencia de testigos que era dueño de la vida y los bienes de sus vasallos.»

El Parlamento depuso a Enrique VI porque tuvo la desgracia de ser imbécil.

El Parlamento declara traidor a Eduardo IV y le confisca los bienes. Ricardo III fue verdaderamente peor que los demás reyes; fue un Nerón, pero un Nerón valiente, y el Parlamento sólo le acusó de sus delitos después de muerto.

La Cámara, que representaba al pueblo de Inglaterra, imputó a Carlos I más faltas que había cometido, y le sentenció a morir en el cadalso.

El Parlamento declaró que Jacobo II había cometido grandes faltas, entre otras fugarse de la nación, y declaró la corona vacante, esto es, le depuso.

III - De las contradicciones en algunos ritos

Después de las trascendentales contradicciones políticas, las contradicciones más graves son algunos de nuestros ritos. Detestamos el judaísmo; no hace quince años todavía que condenábamos los judíos a las hogueras; los consideramos como asesinos de Dios, y sin embargo, nos reunimos todos los domingos para salmodiar cantos judíos; y no los recitamos en hebreo porque somos unos ignorantes; pero los quince primeros obispos, sacerdotes y diáconos de Jerusalén, que fue la cuna de la religión cristiana, recitaban dichos salmos en el idioma judío, y desde la época del califa Omar, casi todos los cristianos, desde Tiro hasta Alepo, rezaban en dicho idioma. En la actualidad, el que recitase los salmos como se compusieron y los cantara en lengua judía sería sospechoso de estar circuncidado y de ser judío, y como a tal quemado. Por lo menos hubiera muerto en la hoguera veinte años atrás, a pesar de que Jesucristo, los apóstoles y sus discípulos fueron circuncidados. ¿Es posible encontrar nada más contradictorio?

IV - De las contradicciones aparentes en los libros

Debemos distinguir con mucho cuidado, sobre todo en los libros sagrados, las contradicciones aparentes de las reales. El Pentateuco asegura que Moisés fue el más benigno de los hombres, y mandó degollar veintitrés mil hebreos porque adoraban al «becerro de oro» y veinticuatro mil por tener trato carnal o por haberse casado con mujeres madianitas, como él mismo se casó. Pero sabios comentaristas probaron de un modo irrecusable que Moisés era apacible y cariñoso, y que sólo por dar gusto a Dios hizo asesinar a esos cuarenta y siete mil israelitas culpables.

 

Atrevidos críticos han creído encontrar una contradicción en el pasaje que refiere cómo Moisés convirtió toda el agua de Egipto en sangre, y que los magos de Faraón realizaron en seguida el mismo prodigio, sin que el Éxodo coloque ningún intervalo entre el milagro de Moisés y la operación mágica de los encantadores. A primera vista parece imposible que esos magos pudieran convertir en sangre lo que era sangre ya; pero esa dificultad queda vencida si suponemos que Moisés había permitido que las aguas volvieran a adquirir su primitiva naturaleza, para dar tiempo a que verificasen su operación los magos de Egipto. Esta suposición es hasta cierto punto verosímil, porque si el texto no la favorece expresamente, no se opone a ella.

Los mismos críticos incrédulos se preguntan también: «¿Cómo pudo ser que Faraón persiguiera con su caballería a los judíos, cuando todos sus caballos murieron del gran pedrisco que cayó en Egipto durante la sexta plaga?» Pero esto también es una contradicción aparente, porque la piedra que mató a los caballos que estaban en los campos no pudo causar ningún daño a los que estaban metidos en las cuadras bajo techado. Todo puede explicarse con un poco de buen deseo.

Una de las mayores contradicciones que han creído encontrar en el Libro de los reyes es la carencia total de armas ofensivas y defensivas en que se encontraron los judíos al advenimiento de Saúl, y que luego se dice que Saúl capitaneaba trescientos treinta mil combatientes que pelearon contra los amonitas que estaban sitiando Jabes y Galaad. Efectivamente, refiere el susodicho Libro de los reyes que entonces, y hasta después de esa batalla, no había ni una lanza ni una sola espada en el pueblo hebreo; que los filisteos impidieron a los hebreos que forjaran lanzas y espadas; que los hebreos se veían obligados a ir al pueblo de los filisteos para afilar la hoja de sus arados, de sus azadas, de sus hoces y de sus podaderas (2). Semejante confesión parece que pruebe que los hebreos eran escasos en número, y que los filisteos constituían una nación poderosa, que tenía a los israelitas bajo su yugo y tratándolos como esclavos, por lo que no era posible que Saúl hubiera podido reunir trescientos treinta mil combatientes.

El reverendo padre Calmet dice que «es creíble que hay algo de exageración en lo que se refiere de Saúl y de Jonatás; pero ese sabio olvida que los otros comentaristas atribuyen las primeras victorias de Saúl y de Jonatás a uno de los milagros evidentes que Dios se dignaba hacer con frecuencia en favor de su pueblo predilecto. Jonatás, solo con su escudero, comenzó matando a veinte mil enemigos, y los filisteos, asombrados, acabaron peleándose unos con otros. El autor del Libro de los Reyes dice que eso fue un milagro de Dios. No hay, pues, en ello contradicción.

Los enemigos de la religión cristiana, Celso, Porfirio y Juliano, han agotado la sagacidad de su talento ocupándose de esta materia. Algunos autores judíos se prevalieron de las ventajas que les proporcionó la superioridad de su conocimiento en la lengua hebrea para publicar estas contradicciones aparentes, consiguiendo que los copiaran varios autores cristianos, entre ellos lord Herbert, Wollaston, Tindall, Toland, Collins, Shaftesbury, Woolston, Gordon, Bolingbroke y otros autores de diversos países. Freret, secretario perpetuo de la Academia de Bellas Artes de Francia, y el sabio Leclerc, creen encontrar algunas contradicciones, pero dicen que pueden atribuirse a los copistas, y otros críticos han pretendido explicar y reformar las contradicciones que les parecían inexplicables.

Dice un libro peligroso, escrito con mucho talento (3), que San Mateo y San Lucas atribuyen cada uno de ellos a Jesucristo una genealogía diferente, y para que no se crea que son insignificantes esas creencias, trata de convencer al que lo dudare, haciendo leer a San Mateo en el capítulo I y a San Lucas en el capítulo III, para que se vea que hay quince generaciones más en un evangelista que en otro; que desde David se separan por completo, que vuelven a reunirse en Salathiel, pero que después del hijo de éste se separan otra vez, y no vuelven a reunirse hasta José. En la misma genealogía incurre San Mateo en manifiesta contradicción, porque dice que Osías era padre de Jonatás, y en los Paralipómenos, libro I, capítulo III, se encuentran tres generaciones entre ellos, a saber: Joas, Amasías, Azarías, de los que no se ocupan Mateo ni Lucas. Además, esa genealogía no tiene nada que ver con Jesús, porque según nuestra ley, José no tuvo ningún comercio con María.

San Epifanio concilia las dos genealogías de otra manera. En su opinión, Jacob Panther desciende de Salomón, es padre de José y de Cleofás. José tuvo de su primera mujer seis hijos: Jacobo, Josué, Simeón, Judas, María y Salomé. Luego se casó con la Virgen María, madre de Jesús, hija de Joaquín y de Ana.

También se explican de otros modos esas dos genealogías. Véase la obra de Calmet titulada Disertación en la que se prueba a conciliar San Mateo con San Lucas sobre la genealogía de Jesucristo.

Los sabios incrédulos a que aludimos, que se han ocupado en comparar fechas, estudiar libros y medallas, confrontar los autores más antiguas, buscando la verdad con afán, y cuya ciencia les hace perder la simplicidad de la fe, dicen que San Lucas contradice a los evangelistas y que se equivoca en lo que dice respecto al nacimiento del Salvador. He aquí lo que temerariamente explica el autor del Análisis de la religión cristiana, página 23:

«San Lucas dice que Cirenio gobernaba la Siria cuando Augusto mandó confeccionar el empadronamiento del Imperio. Veamos las muchas falsedades que hay en esas pocas palabras. Tácito y Suetonio, los dos historiadores antiguos más exactos, nada dicen de ese supuesto empadronamiento del Imperio, que indudablemente hubiera sido acontecimiento extraordinario, porque no se hizo en el reinado de ningún emperador, o por lo menos ningún autor dice que se hiciera. Cirenio fue a Siria diez años después de la fecha que marca San Lucas, en cuya fecha la gobernaba Quintilio Varus, según refiere Tertuliano y confirman las medallas.»

Efectivamente, no se conoció el empadronamiento en el Imperio romano. En él sólo era costumbre formar un censo de los ciudadanos de Roma. Es posible que los copistas hayan puesto «empadronamiento» por «censo». Respecto a Cirenio, a quien los copistas llaman Cirino, debemos decir que no era gobernador de la Siria en la época del nacimiento de Jesús, porque la gobernaba Quintilio Varus, pero es posible que éste enviase a Judea a Cirenio, que le sucedió en el mando de la Siria diez años después. No debemos callar que esta explicación no nos satisface por completo. El censo formado durante el imperio de Augusto no se refiere a la época del nacimiento de Jesucristo; además, los judíos no estaban comprendidos en ese censo y José y su esposa no eran ciudadanos romanos. María no pudo, pues, salir de Nazaret, que está al extremo de la Judea, a pocas millas del monte Tabor y en medio del desierto, para ir a parir a Belén, que dista ochenta millas de Nazaret. Pero sí que pudo suceder fácilmente que Cirenio fuese a Jerusalén enviado por Quintilio Varus para imponer un tributo por cabeza, y que José y María recibiesen la orden del magistrado de Belén de presentarse en dicha aldea, que es donde nacieron, para pagar el referido tributo. Explicado de esa manera, no hay ninguna contradicción.

Los críticos pueden inutilizar esta solución, diciendo para refutarla que Herodes era el único que imponía tributos; que los romanos no cobraban nada de la Judea; que Augusto permitió que Herodes fuera dueño absoluto de su casa mediante la contribución que dicho idumeo pagaba al Imperio. Pero en caso de necesidad pudo ponerse de acuerdo con un príncipe tributario y enviar un intendente para establecer acordes la nueva contribución.

Nosotros no diremos, como otros muchos, que los copistas han cometido muchas equivocaciones, y que se encuentran más de diez mil en la traducción que ha llegado a nuestras manos. Preferimos decir, haciendo coro a los doctores y a los hombres más ilustrados, que los Evangelios se nos dieron para enseñarnos a vivir santamente, y no para que sabiamente los critiquemos, pues no pueden resistir a la crítica.

Estas contradicciones causaron un efecto terrible y deplorable en Juan Meslier, cura de Etrepigny, en Champagne. Este hombre, virtuoso y caritativo, pero sombrío y melancólico, estaba leyendo siempre la Biblia y los santos Padres, con un ensimismamiento que le fue fatal. Le convirtió en un ser rebelde, siendo como era un pastor que debía enseñar docilidad a su rebaño. Las contradicciones que creyó encontrar en esos libros le exaltaron hasta tal punto, que creyó encontrarlas entre Jesús, que nació judío y en seguida fue reconocido como Dios. Entre Dios, conocido al principio por el hijo de José el carpintero y por el hermano de Jacobo, pero descendido de un empíreo que no existía, con la idea de desterrar el pecado del mundo, y dejándolo, sin embargo, lleno de crímenes. Entre Dios, nacido de un miserable artesano y descendiente de David por parte de su padre, que no era padre suyo; entre el Creador de todos los mundos y el nieto de la adúltera Betsabé, de la impudente Ruth, de la incestuosa Tamar, de la prostituta de Jericó y de la mujer de Abraham, que robó un rey de Egipto y luego la volvieron a robar a la edad de noventa años.

Meslier pregonó con monstruosa impiedad esas supuestas contradicciones que le chocaron, y cuya solución le hubiera sido fácil encontrar si hubiese sido fácil de espíritu. Su tristeza fue aumentando gradualmente en la soledad en que vivía, y tuvo la desgracia de tomar horror a la santa religión, siendo como era el encargado de predicarla. Y oyendo nada más que a su razón perturbada y seducida, abjuró del cristianismo en un testamento ológrafo, del que cuando murió, en 1732, dejó tres copias. El extracto de dicho testamento se imprimió varias veces, e inútil es decir el escándalo que movió. Puede comprenderse el pésimo efecto que causaría en el público un cura que pide perdón a Dios y a sus feligreses en la hora de la muerte por haberles enseñado los dogmas del cristianismo; que execra a los cristianos porque muchos de ellos son perversos, truena contra el fausto de Roma y contra las contradicciones de los sagrados libros; y habla del cristianismo como Porfirio, como Epicteto, como Marco Aurelio, como Juliano, cuando va a comparecer en presencia de Dios.

De este mismo modo, el desgraciado predicador Antonio, engañado por las contradicciones que creyó ver entre la nueva y la antigua ley, dio el mal paso de apostatar de la religión cristiana y de inscribirse en la religión judía; pero más valiente que Juan Meslier, prefirió morir a retractarse.

En el testamento de Juan Meslier se ve de un modo indudable que las contradicciones que se encuentran en los Evangelios le trastornaron la cabeza, siendo un cura de virtud rígida. Trastornaron a Meslier las dos genealogías que le parecieron contradictorias, y no pudiendo conciliarlas, se sublevó e irritó, viendo que San Mateo hace ir al padre, a la madre y al hijo a Egipto, después de recibir el homenaje de los tres reyes magos de Oriente, y que el anciano Herodes, temiendo que le destronara un niño que acababa de nacer en Belén, mandó degollar a todos los niños para evitar su destronamiento. Le extraña que ni San Lucas, ni San Juan, ni San Marcos hablen de semejante matanza. Queda confundido cuando lee que San Lucas hace que permanezcan en Belén San José, la Virgen María y Jesús, y que después se retiren a Nazaret, pero debía saber que la santa familia podía ir primero a Egipto y algún tiempo después a Nazaret. Si San Mateo es el único que refiere lo de los tres magos, lo de la estrella que les siguió desde el centro de Oriente hasta Belén y lo de la matanza de los niños, y si los otros evangelistas no se ocupan de nada de esto, no significa por ello que se contradigan, porque callar no es contradecir.

Si los evangelistas San Mateo, San Marcos y San Lucas no dan mas que tres meses de vida a Jesucristo desde que fue bautizado en Galilea hasta que recibió el suplicio y la muerte en Jerusalén, y si San Juan le hace vivir tres años y tres meses, es fácil poner de acuerdo a San Juan con los otros tres evangelistas, ya que aquél no dice expresamente que Jesucristo predicó en Galilea durante tres años y tres meses, sino que sólo se infiere de sus palabras. ¿Por simples razones de controversia, por simples inducciones, por contradicciones de cronología, debemos renunciar a una religión que nos hace felices?

«Es imposible -dice Meslier- poner de acuerdo a San Mateo y a San Lucas, cuando el primero dice que Jesús, al salir del desierto, fue a Cafarnaum, y el segundo dice que fue a Nazaret. San Juan afirma que Andrés fue el primer apóstol que se afilió a Jesucristo, y los otros evangelistas dicen que fue Simón Pedro.» Supone también que se contradicen respecto al día en que Jesús celebró la Pascua, y también respecto a la hora de su suplicio, al sitio y a las épocas de su aparición y resurrección. Y está convencido el desventurado cura de que libros que se contradicen no pueden ser inspirados por el Espíritu Santo. Pero no es dogma de fe que el Espíritu Santo haya inspirado todas las palabras, ni que dirigiera las manos de todos los copistas; dejó obrar a las segundas causas. Bastante fue que se dignara revelarnos los principales misterios y que, andando los tiempos, instituyera una Iglesia para explicárnoslos. Todas esas contradicciones que se achacan a los Evangelios las han descubierto los sabios comentaristas; pero en vez de perjudicarse, se explican unas con otras, prestándose mutuo auxilio y armonizando los cuatro Evangelios. Si encontramos algunas dificultades que no se pueden explicar, profundidades que no es posible comprender, aventuras increíbles, prodigios que sublevan la débil razón humana y contradicciones que no se pueden conciliar, esto es sin duda para poner a prueba nuestra fe y humillar la soberbia del hombre.

__________

(1) Aludo al proceso formado al padre Girard y de la Cadière, proceso que deshonró a la humanidad.
(2) Libro de los Reyes, cap. XIII, vers. 19, 20 y 21.
(3) Análisis de la religión cristiana, atribuido a Saint-Evremond, página 22.

 

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