CONSECUENCIA
¿Qué clase de naturaleza es la nuestra y de qué modo
está formado nuestro débil entendimiento, que podemos deducir las consecuencias más justas y más
luminosas sin tener sentido común? Indudablemente es así. El loco de Atenas que se figuraba que le
pertenecían todos los buques que llegaban al Pireo podía calcular maravillosamente cuánto valía el
cargamento que llevaban esos buques y en cuántos días podían ir desde Esmirna hasta el Pireo.
Hemos conocido imbéciles que hacían cálculos y razonamientos sorprendentes. Me contestaréis que no
serían imbéciles; pero yo replicaré que sí lo eran, porque hacían descansar todo su edificio
sobre
un principio absurdo, y ensartaban bastante bien sus quimeras.
El dios Fo de los indios tuvo por padre a un elefante, que se dignó tener un hijo de una princesa
india, la cual parió al dios Fo por el costado izquierdo. Esta princesa era hermana de un emperador
de las Indias; luego Fo era sobrino del emperador, y los nietos del elefante y del monarca eran primos
segundos, y según las leyes del Estado, extinguida la raza del emperador, debían sucederle los descendientes
del elefante. Dícese que el elefante divino tenía de altura nueve pies de rey; de modo que hay que presumir
que la puerta de su establo tuviera más de nueve pies de altura para que pudiera
entrar por ella fácilmente. Se comía cincuenta libras de arroz diarias, veinticinco libras de azúcar
y se bebía veinticinco litros de agua.
Por la aritmética que sabemos, podemos calcular que se tragaba treinta y seis mil quinientas libras de peso
cada año. ¿Pero existió ese elefante? ¿Era cuñado del emperador? ¿Su mujer parió un hijo por el costado
izquierdo? Esto es lo que falta examinar. Así lo dicen, uno tras otro, veinte autores que vivieron en la
Cochinchina; pero falta confrontar esos veinte autores, pesar sus testimonios, consultar los archivos
antiguos, ver si consta en ellos la existencia de ese elefante y examinar si no es fábula que los impostores
tuvieron interés en acreditar, porque, partiendo de un principio extravagante, se han sacado de él
deducciones lógicas.
Falta a los hombres, más que la lógica, el origen de la lógica. No se trata de decir: «Seis buques que
son míos tiene
cada uno de ellos cien toneladas, y cada tonelada contiene
mil libras de peso; luego yo tengo seiscientas mil libras de mercancías en el puerto del Pireo. La gran
dificultad consiste en saber si son míos esos seis buques. De ese principio depende mi fortuna; tiempo
me quedará para contarla.»
El ignorante que es fanático y lógico en su fanatismo merece casi siempre la horca. He leído que Fineo,
arrebatado por su santo celo, encontró a un judío acostado con una madianita y los mató
a los dos. Los levitas
le imitaron asesinando a todos los matrimonios de judíos con madianitas. Sabe que su vecino, que es católico,
se acuesta con su vecina, que pertenece al bando de los hugonotes; pues los matará fácilmente, porque
es consecuente obrando así. ¿Qué remedio puede curar esa horrible enfermedad del alma? El único remedio consiste
en acostumbrar a los niños desde su
edad más tierna a que no crean nada contrario a la razón; en no contarles nunca historias de aparecidos,
fantasmas, brujos, poseídos, ni prodigios ridículos. La joven de imaginación sensible y excitada, que oye hablar
de poseídos, adquiere una enfermedad nerviosa, siente convulsiones y también se cree poseída.
Vi morir una joven a consecuencia de la revolución que causaron en sus órganos las lecturas de esas historias abominables.
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