CONFISCACIÓN
Es una máxima admitida en muchos países de Europa la siguiente: «El que confisca el cuerpo, confisca los bienes.» Este uso se ha establecido sobre todo en las naciones donde las costumbres sustituyen
a las leyes, y una familia entera se ve castigada por la falta que comete un solo hombre.
Confiscar el cuerpo no es meter el cuerpo del hombre en el cesto de su señor soberano; es, en el lenguaje bárbaro del foro, convertirse en dueño del cuerpo de un ciudadano, ya para privarle de la vida, ya para condenarle
a penas tan largas como la existencia, apoderándose de sus bienes si le hacen morir
o si huyendo evita la muerte. No les ha parecido suficiente matar al hombre por las culpas que cometa; han querido además que sus hijos se mueran de hambre. El rigor de la costumbre confisca en algunos países los bienes del hombre que se suicida, y sus hijos se ven reducidos
a la mendicidad porque se mató su padre.
En algunas provincias católicas romanas, por medio de sentencia arbitraria, se condena
a galeras perpetuas a un padre de familia, ya por haber dado asilo en su casa
a un hereje, ya por haberle oído un sermón en alguna caverna o algún desierto, y en tal caso su mujer y sus hijos quedan reducidos
a mendigar para vivir.
Esta jurisprudencia, que consiste en privar de la subsistencia
a los huérfanos y entregar a un hombre los bienes de otro, fue desconocida por la República romana. Sila la introdujo en sus proscripciones. Debemos confesar que esa rapiña que inventó Sila no debió tener imitadores. Por eso la ley que dictaron la inhumanidad y la avaricia no la adoptaron César, ni el buen emperador Trajano; ni los excelentes Antoninos, y en la época de Justiniano sólo se confiscaba al que cometía el delito de lesa majestad. Pero como los acusados de semejante delito casi siempre eran señores, parece verosímil que por avaricia mandara Justiniano la confiscación. Parece también que en los tiempos de la anarquía feudal, los príncipes y los señores de tierras, que no eran ricos, trataban de aumentar su fortuna confiscando
a
sus vasallos, haciéndose una renta del crimen. Como sus leyes eran arbitrarias y desconocían la jurisprudencia romana, prevalecieron en ellos las costumbres caprichosas
o crueles. Pero actualmente, que el poder de los soberanos se funda en riquezas inmensas y seguras, no necesitan aumentar su fortuna con las ruinas de una familia desgraciada,
y
las abandonan ordinariamente al primero que las pide. Pero ¿tiene derecho un ciudadano
a quedarse con los bienes de otro ciudadano?
|