CONCILIOS (1) (2)
II
Noticia de los concilios generales
Antiguamente significaba lo mismo asamblea, Consejo de Estado, Parlamento y Estados generales. En aquellos tiempos no escribían en celta, ni en alemán, ni en español; lo poco que se escribía lo escribían los eclesiásticos y estaba redactado en lengua latina, y bajo la denominación de conciliara comprendían las asambleas de todas clases. De esto proviene que en los siglos VI, VII y VIII se encuentren tantos concilios, que en realidad eran Consejos de Estado.
Pero en este artículo sólo nos ocuparemos de los grandes concilios que llaman «generales» la Iglesia griega y la Iglesia latina, y que se llamaron «sínodos» en Roma y en Oriente en los primeros siglos del cristianismo, pues los latinos tomaron de los griegos los nombres y las cosas.
En 335 se celebró en la ciudad de Nicea un gran Concilio que convocó Constantino. La fórmula de su decisión
fue la siguiente: «Creemos que Jesús es consustancial con el Padre, Dios de Dios, luz de luz, engendrado y no formado; y lo mismo creemos del Santo Espíritu.»
En el año 359 el emperador Constancio convocó el gran Concilio de Rímini y de Seleucia, en el que se reunieron seiscientos obispos y un número prodigioso de sacerdotes. Esos dos concilios, de común acuerdo, destruyeron lo que el Concilio de Nicea acordó, proscribiendo la consustancialidad; por eso más tarde se tuvieron por apócrifos.
En 381, por mandato del emperador Teodosio, se reunió un gran Concilio en Constantinopla, en el que tomaron parte ciento cincuenta obispos, que anatematizaron al Concilio de Rímini. Lo presidio San Gregorio Nacianceno, y el obispo de Roma envió representantes. Se añadió al símbolo de Nicea lo siguiente: «Encarnaron
a Jesucristo el Espíritu Santo y la Virgen María;
fue crucificado por remidirnos bajo el poder de Poncio Pilatos; le enterraron y resucitó al tercer día y se sentó
a la derecha del Padre. Creemos también en el Espíritu Santo, que es vivificante y que procede del Padre.»
En 431 se reunió el Concilio de Éfeso, convocado por el emperador Teodosio II. Nestorio, obispo de Constantinopla, que persiguió violentamente
a los que no eran de su opinión
sobre algunos puntos de teología, fue perseguido a su vez por sostener que la Santa Virgen María, madre de Jesucristo, no era madre de Dios, porque en su opinión, siendo Jesucristo el verbo Hijo de Dios consustancial con su Padre, María no podía ser
a un mismo tiempo madre de Dios Padre y madre de Dios Hijo. San Cirilo se encolerizó contra él, Nestorio pidió la reunión de un Concilio ecuménico, lo consiguió, y
fue condenado por el Concilio; pero San Cirilo también fue depuesto. El emperador anuló todo lo que se había acordado en dicho Concilio, pero luego permitió que se volviera
a reunir. Los representantes de Roma llegaron a él demasiado tarde y
aumentaron las perturbaciones. El emperador mandó arrestar a Nestorio y
a Cirilo y que todos los obispos regresaran a sus iglesias, y no se acordó nada. Eso es lo que sucedió en el famoso Concilio de
Éfeso.
En el año 449 se celebró otro Concilio en Éfeso, al
que asistieron ciento treinta obispos, y lo presidió Dioscoro, obispo de Alejandría. Asistieron allí dos representantes de la Iglesia de Roma y muchísimos abades. Se trató en esa asamblea de saber si Jesucristo tenía dos naturalezas. Los obispos y los frailes de Egipto decían «que debían partir por la mitad
a los que querían dividir en dos a Jesucristo». Anatematizaron la creencia de que Jesucristo tenía dos naturalezas, y llegaron
a las manos en pleno Concilio, como sucedió en los pequeños concilios de Cirta y de Cartago.
En 451 reunióse el gran Concilio de Calcedonia, convocado por Pulqueria, que se casó con Marciano, imponiéndole la condición de que tenía que ser su primer vasallo San León, obispo de Roma, que gozaba de extraordinaria influencia, sacando partido de las perturbaciones que suscitaron en el Imperio las disputas sobre las dos naturalezas, y que presidió dicho Concilio, representado por legados que envió con este objeto, y
ésta
fue la primera vez que presidio un Papa. Los Padres del Concilio, temiendo que la Iglesia de Occidente intentara de ese modo adquirir superioridad sobre la de Oriente, decidieron en el canon XVIII que la Santa Sede de Constantinopla y la de Roma gozasen de las mismas ventajas y de los mismos privilegios.
Éste
fue el origen de la larga enemistad que se tienen desde entonces las dos Iglesias.
En el Concilio de Calcedonia se decidió que Jesucristo era una sola persona con dos naturalezas. Nicéforo refiere que en ese Concilio los obispos, después de larga discusión respecto al culto de las imágenes, pusieron por escrito cada uno de ellos su opinión en el sepulcro de Santa Eufemia, en
el que pasaron la noche rezando. Al día siguiente, los escritos que contenían opiniones ortodoxas se encontraron en la mano de la santa, y los demás escritos se encontraron
a sus pies.
En 553 se reunió un gran Concilio en Constantinopla, convocado por Justiniano, que se jactaba de ser teólogo. Se pusieron en él
a discusión tres escritos diferentes, que hoy se desconocen, y que llamaron los «tres capítulos». Cuestionóse también sobre algunos pasajes de Orígenes. Virgilio, obispo de Roma, pensó asistir
a dicho Concilio, pero el emperador Justiniano mandó que le encerraran en la cárcel. Lo presidió el patriarca de Constantinopla, y no asistieron
a él representantes de la Iglesia latina, porque entonces el griego casi era desconocido en Occidente, sumido completamente en la barbarie.
En 680 se reunió otro Concilio general en Constantinopla, convocado por el emperador Constantino el Barbudo. Los latinos llamaron
a este Concilio in trullo, porque se celebró en un salón del palacio imperial. El emperador lo presidio;
a su derecha se sentaron los patriarcas de Constantinopla y de Antioquía, y
a su izquierda los enviados de Roma y Jerusalén. Decidieron en él que Jesucristo tenía dos voluntades, y anatematizaron al papa Honorio I por monotelista,
o sea porque opinaba que Jesucristo sólo tenía una voluntad.
En 787 se reunió el Concilio de Nicea, convocado por Irene, en representación del emperador Constantino, su hijo, al que había mandado sacar los ojos. Su marido León había abolido el culto de las imágenes, como costumbre contraria
a la sencillez de los primeros siglos y que favorecía la idolatría; pero Irene lo restableció, y hasta ella misma tomó la palabra en el Concilio, el único que presidió una mujer. Se sentaron en él dos delegados del papa Adrián IV, y no hablaron porque no entendían el griego; el patriarca de Tareze consiguió allí todo lo que quiso.
Siete años después, habiendo oído decir los francos que un Concilio de Constantinopla había ordenado la adoración de las imágenes, reunieron un Concilio bastante numeroso en Francfort por orden de Carlos, hijo de Pepino, que después se llamó Carlomagno. En él se condenó al segundo Concilio de Nicea, «como sínodo impertinente y arrogante, reunido en Grecia para adorar pinturas».
En 842 se reunió un gran Concilio en Constantinopla, convocado por la emperatriz Teodora, en el que se estableció solemnemente el culto de las imágenes. Los griegos celebran todavía una fiesta en honor de ese gran Concilio, que llaman la fiesta de la ortodoxia.
En 861 se reunió un gran Concilio en Constantinopla, al que asistieron trescientos diez y ocho obispos, convocado por el emperador Miguel; en él depusieron
a San Ignacio, patriarca de Constantinopla, y eligieron a Fortio para desempeñar dicho cargo.
En 866, en otro gran Concilio de Constantinopla, depusieron al papa Nicolás I, por contumaz y excomulgado.
En 869, en otro gran Concilio celebrado también en Constantinopla,
fue Fortio depuesto y excomulgado a su vez, y San Ignacio rehabilitado en su cargo.
En 879, en otro Concilio de Constantinopla, después que Fortio volvió
a ejercer el cargo, le reconocieron por verdadero patriarca los legados del papa Juan VIII,
y consideraron como conciliábulo el gran Concilio ecuménico que había
depuesto a Fortio.
El papa Juan VIII declaró que son verdaderos Judas todos
los que dicen que el Santo Espíritu procede del Padre y del Hijo.
En los años 1122 y 1123 se reunió un gran Concilio en Roma, que se celebró en la iglesia de San Juan de Letrán por convocatoria del papa Calixto II.
Éste
fue el primer Concilio general que convocaron los papas. Entonces los emperadores de Occidente casi carecían de autoridad, y los emperadores de Oriente, abrumados por los mahometanos y por las Cruzadas, sólo podían celebrar insignificantes concilios.
Por otra parte, no se sabe con certeza cuál era la iglesia de Letrán. Unos dicen que era un edificio que construyó un personaje que se llamaba Letranus, en la época de Nerón, y otros sostienen que es la misma iglesia de San Juan que construyó el obispo Silvestre.
En ese Concilio los obispos se declararon abiertamente contra los frailes, y decían: «Los frailes poseen las iglesias, los campos, los castillos, los diezmos, las ofrendas de los vivos y de los muertos; sólo falta que nos quiten el báculo y el anillo.» A pesar de esta oposición de los obispos, los frailes continuaron poseyendo lo mismo.
En 1139 se celebró otro gran Concilio en Letrán, convocado por el papa Inocencio
II, en el que se dice que se reunieron mil obispos, número que me parece excesivo. En ese Concilio declararon que el diezmo eclesiástico era de «derecho divino», y excomulgaron
a los laicos que cobraran diezmos.
En 1179 se celebró otro Concilio en Letrán por orden del
papa Alejandro III; se reunieron allí trescientos dos obispos latinos y un abad griego. Los decretos que publicaron fueron todos referentes
a disciplina eclesiástica. Prohibieron obtener pluralidad de beneficios.
En 1215 se efectuó el último Concilio general de Letrán, por mandato de Inocencio III, y se reunieron cuatrocientos doce obispos y ochocientos abades. En aquella época, que
fue la de las Cruzadas, los papas habían establecido un patriarca latino en Jerusalén y otro en Constantinopla, y esos patriarcas acudieron al Concilio.
Esa asamblea declaró «que después de dictar Dios a los hombres la doctrina de salvación por medio de Moisés, hizo nacer
a su hijo de una virgen para indicarnos con más claridad el camino, y que nadie puede salvarse fuera del gremio de la Iglesia católica».
La palabra «transustanciación» sólo se conoció después de ese Concilio, en el que se prohibió fundar nuevas órdenes religiosas; pero
a pesar de la prohibición, andando los tiempos se fundaron ochenta más. En ese Concilio despojaron de todas su tierras
a Raimundo, conde de Tolosa.
En 1245 se reunió un gran Concilio en la ciudad imperial de Lyon. Inocencio IV hizo que asistieran
a él el emperador de Constantinopla, Juan Paleólogo, que se sentó a su lado, y depuso al emperador Federico II, por «felón», y concedió el sombrero rojo
a los cardenales, como distintivo de guerra contra Federico. Éste
fue el principio de treinta años de
guerras civiles.
En 1274 se reunió en Lyon otro Concilio, al que asistieron quinientos obispos, setenta abades superiores y mil inferiores. El emperador griego, Miguel Paleólogo, para atraerse la protección del Papa, envió al patriarca griego Teófano y al obispo de Nicea para que le representasen en el
Concilio.
En 1311 el papa Clemente V convocó un Concilio general en la pequeña ciudad de Viena, perteneciente al Delfinado, y en él abolió la orden de los templarios. Mandó quemar en la hoguera
a los principales de ellos, imputándoles todo lo que antiguamente se imputó
a los primitivos cristianos.
En 1414 se efectuó el gran Concilio de Constanza, por
convocatoria del emperador Segismundo, y en él depusieron al papa Juan XXIII, convicto de varios crímenes, y ordenaron que muriesen en la hoguera Juan Huss y Jerónimo de Praga, por herejes contumaces.
En 1431 se verificó el gran Concilio de Basilea, en el que
en vano depusieron al papa Eugenio IV, que fue más hábil que el Concilio.
En 1438 se efectuó el gran Concilio de Ferrara, que se trasladó
a Florencia, y en el que el Papa excomulgado excomulgó al Concilio y le declaró criminal de lesa Majestad. Se hizo allí una unión que equivalió
a una farsa con la Iglesia griega, abrumada por los sínodos turcos, que se celebraban espada en mano.
Quiso el papa Julio II que el Concilio que convocó en Letrán
en 1512 pasara por Concilio ecuménico. En él excomulgó solemnemente a Luis XII y puso en entredicho
a Francia, citando al Parlamento de Provenza para que compareciese ante él. Excomulgó además
a todos los filósofos, porque la mayoría de ellos eran partidarios del rey Luis XII.
El Concilio de Trento, que convocó el papa Pablo III en 1537, se reunió primero en Mantua, y luego, en 1545, en Trento, y terminó en
diciembre de 1563, durante el papado de Pío IV. Los príncipes católicos lo acataron en cuanto al dogma, pero sólo dos
o tres de ellos le obedecieron respecto a la disciplina.
Existe en el Vaticano un magnífico cuadro que contiene la lista de los concilios generales. En ese cuadro sólo están inscritos los que aprobó la corte de Roma. Cada uno pone lo que quiere en sus archivos.
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