CONCILIOS (1) (2)
I
Asamblea de eclesiásticos convocada para resolver dudas
o cuestiones sobre puntos de fe y disciplina
La reunión de concilios no fue desconocida entre los sectarios de la religión de Zaratustra. Hacia el año 200 de la era vulgar, Ardeshir-Babecan, rey de Persia, reunió cuarenta mil sacerdotes para consultarles dudas que tenía respecto al paraíso y el infierno, que ellos llaman
gehenna, término que los judíos adoptaron durante su cautividad
en Babilonia. El más célebre de los magos, Erdavirat, se bebió tres vasos de vino narcotizado, y tuvo un éxtasis
que le
que duró siete días y siete noches, durante el cual su alma se transportó hasta Dios. Vuelto en sí de dicho éxtasis, robusteció la fe del rey, refiriéndole el sinnúmero de maravillas que había visto en el otro mundo y poniéndolas por escrito.
Sabido es que Jesús fue llamado Cristo, palabra tomada del griego, y su doctrina se llamó «cristianismo»
o «evangelio», esto es, buena nueva, porque un sábado, en que, siguiendo su costumbre, entró en la sinagoga de Nazaret, donde se había educado, se aplicó
a sí mismo el siguiente pasaje de Isaías, que acababa de leer: «El espíritu del Señor habla por mí, me llenó de su unción y me envió
a predicar el Evangelio a los pobres.» Verdad es que los que estaban en la sinagoga le expulsaron de ella, le sacaron de la ciudad
y le llevaron a la cumbre de una montaña para precipitarle desde lo alto (1). Sus deudos acudieron para apoderarse de él, porque decían ellos y los demás que había perdido el espíritu. Sin embargo, Jesús declaró constantemente que él no venía
a destruir la ley ni las profecías, sino a cumplirlas.
Pero como no dejó nada escrito, como asegura San Jerónimo, sus primeros discípulos se dividieron en dos bandos respecto
a la famosa cuestión de si era preciso circuncidar a los gentiles y mandarles que observaran la ley mosaica. Los apóstoles y los sacerdotes se reunieron entonces en Jerusalén para dilucidar esta cuestión, y después de varias conferencias, escribieron
a sus hermanos que se encontraban entre los gentiles en Antioquía, en Siria y en Sicilia una carta, que venía
a decir lo siguiente: «Nos ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros no imponeros más cargos que éstos, que son necesarios: Que os abstengáis de comer las viandas consagradas
a los ídolos, de beber sangre y de fornicar.»
La decisión de ese concilio no impidió que Pedro, estando en Antioquía, no cesase de comer carne con los gentiles, hasta que llegaron muchos circuncidados, que fueron siguiendo
a Santiago. Pero Pablo, al ver que no caminaba recto como manda el Evangelio, le reprendió delante de todo el mundo, diciéndole: «Si tú, que eres judío, vives como les gentiles y no como los judíos, ¿por qué instas
a los gentiles a judaizarse?» Efectivamente, Pedro vivía como los gentiles desde que tuvo un éxtasis, en el que
vio abrirse el cielo y descender de él hasta la tierra un gran mantel que contenía un sinnúmero de animales de todas clases, como
ya dijimos en
otro artículo, y oyó una voz que le dijo: «Levántate, Pedro; mata y come.» Pablo, que reprendió
a Pedro por usar de disimulo para que creyeran que todavía observaba la ley, se valió de una treta semejante en Jerusalén. Cuando supo que le acusaban de enseñar
a los judíos que se encontraban entre los gentiles a renunciar a la ley de Moisés,
fue a purificarse al templo durante siete días, con el objeto de que todos supiesen que era falso lo que se decía de él y que continuaba observando la ley. Y esto
fue por consejo de todos los sacerdotes que se reunieron en casa de Santiago, que eran los mismos que habían decidido con el Espíritu Santo que esas observancias legales no eran necesarias.
Luego los concilios se dividieron en particulares y en generales. Los particulares son de tres clases: nacionales, que son los que convocan el príncipe, el patriarca
o el primado; provinciales, que son los que reúne el metropolitano o
el arzobispo, y diocesanos o sínodos, que son los que convocan los obispos. El decreto siguiente está sacado de uno de estos últimos concilios celebrado en Macón: «Todo laico que encuentre en el camino
a un sacerdote o a un diácono le presentará el cuello para que se apoye en él; si el laico
o el sacerdote van los dos a caballo, el laico se parará y saludará reverentemente al sacerdote, y si el sacerdote va
a pie y el laico a caballo, el laico se apeará y no volverá a montar hasta que el eclesiástico esté
a bastante distancia. Hay que cumplir estas disposiciones, so pena de ser interdicho el que no las cumpla durante el tiempo que le marque el
metropolitano.»
La lista de los concilios celebrados ocupa más de diez y seis páginas en folio en el
Diccionario de Moreli; por otra parte, los autores no están acordes en el número de concilios generales, por lo cual nos limitaremos aquí
a exponer el resultado de los ochos primeros que se reunieron por orden de los emperadores.
Hubo dos sacerdotes en Alejandría que cuestionaron sobre si Jesús era Dios
u hombre, y esta cuestión la tuvieron luego los demás sacerdotes y los obispos. Los pueblos se dividieron en dos opiniones, y promovieron tal desorden
sus disputas, que los paganos se burlaban del cristianismo en sus teatros. El emperador Constantino escribió en los siguientes términos al obispo Alejandro y al sacerdote Arrio, autores del conflicto: «Esas cuestiones, que no son necesarias y provienen de una inútil ociosidad, pueden
plantearse
para excitar el ingenio, pero no deben llegar nunca al oído del pueblo. Divididos por cosa tan baladí, no es justo que gobernéis
a vuestro antojo a una gran multitud del pueblo de Dios. Esa conducta es baja, pueril
e indigna de sacerdotes y de hombres sensatos. No os digo esto para obligaros
a
que os pongáis de acuerdo sobre una cuestión tan frívola; podéis conservar vuestras ideas, con tal que esas sutilidades las conservéis secretas en el fondo del pensamiento.»
En vista de que no produjo resultado alguno la carta anterior, resolvió el emperador, por consejo de los obispos, convocar un Concilio ecuménico, esto es, de todo el mundo habitable, y escogió como sitio para reunir la asamblea la ciudad de Nicea. Allí se reunieron dos mil cuarenta y ocho obispos que, según refiere Eutiquio (2), fueron de distintas opiniones (3). El emperador, que tuvo la paciencia de oírles disputar muchos días sobre esa materia, quedó sorprendido al no verlos nunca unánimes, y el autor del
Prefacio que va al frente de dicho Concilio dice que las actas de estas disputas ocupaban cuarenta volúmenes.
El número prodigioso de obispos que se reunieron no es increíble si nos fijamos en lo que refiere Usser, el cual dice que San Patricio, que vivía en el siglo V, fundó trescientas sesenta y cinco iglesias y ordenó
a igual número de obispos, lo que prueba que entonces cada iglesia tenía su obispo, esto es, su vigilante. Es verdad, sin embargo, que el canon XIII del Concilio de Ancyra dice que los obispos de las ciudades hicieron cuanto les
fue posible para privar de
sus facultades a los obispos de las aldeas y para reducirlos a la condición de simples sacerdotes.
Se encuentra en el Concilio de Nicea una carta de Eusebio de Nicomedia que contiene manifiesta herejía y descubre la cábala del partido de Arrio. Entre otras cosas, dice éste que si reconocemos
a Jesús como hijo de Dios increado, es indispensable reconocerle consustancial con el Padre. He aquí por qué Atanasio, diácono de Alejandría, persuadió
a los Padres de que dejaran en suspenso la palabra «consustancial», que rechazó como impropia el Concilio de Antioquía. Pero es porque él la consideraba de un modo grosero; pero los ortodoxos explicaron la expresión consustancial de modo que el mismo emperador comprendió que no encerraba ninguna idea corporal, que no significaba división de la sustancia del Padre, que es absolutamente inmaterial y espiritual y que es preciso comprenderla de un modo divino
e inefable. Demostraron también la injusticia que cometían los arrianos al rechazar esa palabra bajo el
pretexto de que no se encuentra en la Sagrada Escritura, cuando ellos emplean muchas palabras que tampoco se encuentran en la
Biblia.
Convencido Constantino, escribió dos cartas para que se publicaran las ordenanzas del Concilio y tuvieran conocimiento de ellas los que no habían asistido
a él. La primera,
dirigida a las iglesias en general, dice que la cuestión de la fe ha
sido examinada y esclarecida y ya no ofrece ninguna dificultad; en la segunda dice
a varias iglesias, y en particular a las de Alejandría, que lo que trescientos obispos han ordenado no es otra cosa que la sentencia del Hijo único de Dios; que el Santo Espíritu ha declarado la voluntad de Dios por medio de los que recibieron su inspiración, por lo que nadie debe dudar ni tener opinión distinta, y todos los corazones buenos deben seguir el camino de la verdad.
Los escritores eclesiásticos no están acordes respecto al número de obispos que formaron ese Concilio. Eusebio dice que fueron doscientos cincuenta; Eustaquio de Antioquía cuenta doscientos setenta; San Atanasio, en la carta que escribió
a los solitarios, refiere que fueron trescientos, lo mismo que dice Constantino; pero en su carta
a los africanos consta que lo suscribieron trescientos diez y ocho. Esos cuatro autores fueron, sin embargo, testigos oculares y dignos de fe.
El número de trescientos diez y ocho, que el papa San León llama número misterioso,
fue el adoptado por la mayoría de los Padres de la Iglesia. San Ambrosio asegura que el haberse reunido trescientos diez y ocho obispos fue una prueba de la presencia del Señor, Jesús, en el Concilio de Nicea, porque la cruz indica trescientos y el nombre de Jesús diez y ocho. San Hilario, defendiendo la palabra «consustancial», que admitió el Concilio de Nicea, aunque
fue condenada cincuenta y cinco años antes en el Concilio de Antioquía, raciocina del siguiente modo: «Ochenta obispos rechazaron la palabra «consustancial», pero trescientos diez y ocho la admitieron. El número de estos últimos es para mí un número santo, porque es el de los hombres que acompañaban
a Abraham cuando venció a los reyes impíos, y fue bendecido por el que representa al Sacerdote Eterno.» Selden refiere que Doroteo, metropolitano de Monembasa, decía que se reunieron en el citado Concilio trescientos diez y ocho Padres, porque habían transcurrido trescientos diez y ocho años desde la Encarnación. Los cronologistas convienen en que se reunió ese Concilio el año 325 de la era vulgar, pero Doroteo cercena siete años para poder hacer esa comparación. Todo esto es una bagatela; por otra parte, no empezaron
a contarse los años desde la Encarnación de Jesús hasta el Concilio de Lestines, que se reunió el año
743. Dionisio el Pequeño imaginó esa época en su Cielo solar del año 526 y Bede la había ya empleado en su
Historia eclesiástica.
No debe extrañarnos que Constantino adoptara la opinión de los trescientos diez y ocho obispos que se decidieron en favor de la divinidad de Jesús, si tenemos en cuenta que Eusebio de Nicomedia, que era uno de los principales jefes del partido arriano,
fue cómplice de la crueldad que manifestó Lucinio en las matanzas de los obispos y en la persecución de los cristianos. El mismo emperador le acusa de esto en la carta particular que escribió
a la iglesia de Nicomedia. «Envió contra mí —dice en la citada carta— varios espías durante las perturbaciones; sólo le faltó hacer armas contra mí. Así me lo aseguran los sacerdotes y los diáconos partidarios suyos que yo apresé. Durante el Concilio de Nicea sostuvo con arrogancia y con imprudencia el error contra el testimonio de su conciencia unas veces, y otras imploró mi protección, por miedo de que le privara de su dignidad si resultaba convicto de haber cometido tan gran crimen. Me sorprendió vergonzosamente y me hizo creer todo lo que le convenía; después de eso ya sabéis lo que hizo con Theognis.»
Constantino se refiere al fraude que cometieron Eusebio de Nicomedia y Theognis de Nicea al firmar. En la palabra
omonsius insertaron una i y formaron la palabra omionsius, esto es, semejante en sustancia, y la primera de estas dos palabras significa la sustancia
misma. Con tal proceder probaron esos dos obispos que cedían ante el temor de ser depuestos y desterrados, porque el emperador amenazó con el destierro
a los que no quisieran firmar, y por eso otro Eusebio, que era obispo de Cesárea, aprobó la palabra «consustancial»
después de combatirla el día anterior.
A pesar de la conminación de la referida pena, Thomas
de Marmarique y Segundo de Ptolemaique continuaron con terquedad siendo partidarios de Arrio.
El Concilio los condenó, lo misma que a éste; Constantino los desterró y declaró en un edicto que castigaría con pena de muerte
a todo el que se le probara
que tenía escondido algún escrito de Arrio y no lo hubiera quemado. Tres meses después, Eusebio de Nicomedia y Theognis de Nicea fueron
desterrados a las Galias. Se dijo que, habiendo sobornado al que custodiaba las actas del Concilio por orden del emperador, consiguieron
borrar sus firmas, y además se dedicaron a propalar públicamente que no se debe creer que el Hijo sea consustancial
con el Padre. Por fortuna, para reemplazar sus dos firmas y conservar el número misterioso de trescientos diez y ocho, idearon poner el libro de las actas del Concilio sobre los sepulcros de Crisanto y de Misonio, que murieron mientras se celebraban las sesiones del Concilio; pasaron allí la noche orando, y al día siguiente abrieron el libro y se encontraron con las firmas de los dos obispos fallecidos (4).
Utilizando un recurso parecido, los Padres del referido Concilio hicieron la distinción de libros auténticos y de
libros apócrifos de la Sagrada Escritura (5); los pusieron todos juntos sobre el altar, y los libros apócrifos ellos mismos cayeron al suelo.
Otros dos concilios convocó el año 359 el emperador Constancio: en el primero se reunieron en Rímini cuatrocientos obispos, y en el segundo se juntaron en Seleucia ciento cincuenta. Después de largos debates, en uno y en otro rechazaron la palabra «consustancial», que en tiempos anteriores había condenado el Concilio de Antioquía, como ya dijimos; pero esos dos concilios sólo los reconocen los socinianos.
Los Padres que asistieron al Concilio de Nicea estuvieron tan ocupados con la consustancialidad del Hijo, que sin hacer mención alguna de la Iglesia en su símbolo, se concretaron
a decir: «También creemos en el Espíritu Santo.» Reparó en este olvido el segundo Concilio general que Teodosio convocó en Constantinopla el año 381. En este Concilio declararon al Espíritu Santo señor y vivificante, que procede del Padre, que es adorado y glorificado con el Padre y con el Hijo, y que habló por boca de los profetas. Más adelante la Iglesia latina quiso que el Espíritu Santo procediera también del Hijo, y éste
fue añadido al símbolo, primero en España el año 447, luego en Francia, en el Concilio de Lyón, el año 1274, y últimamente en Roma,
a pesar de que los griegos se opusieron a esa innovación.
Establecida por fin la divinidad de Jesús, era natural que concediera
a su madre el título de Madre de Dios; sin embargo, Nestorio, patriarca de Constantinopla, sostuvo en sus sermones que otorgar ese título sería justificar la locura de los paganos, que concedían madres
a sus dioses. Para decidir esta grave cuestión, Teodosio el Joven convocó el tercer Concilio general en
Éfeso el año 431, y en él se reconoció a María como Madre de Dios.
La segunda herejía de Nestorio, condenada también en
Éfeso, fue reconocer dos personas en Jesús, lo que no impidió que, andando el tiempo, el patriarca Flaviano reconociera dos naturalezas en Jesús. Un monje llamado Eutiquio,
que había combatido a Nestorio para poner en contradicción a los dos que acabamos de citar, aseguró que Jesús sólo tenía una naturaleza, pero esta vez se equivocó el monje, y aunque sostuvo su opinión
a bastonazos en un numeroso Concilio de Éfeso, no por eso dejó de incurrir en anatema dos años después en el cuarto Concilio general que el emperador Marciano convocó en Calcedonia, en el que se reconocieron
a Jesús dos naturalezas.
Faltaba saber si Jesús, siendo una persona y teniendo dos naturalezas, debía tener una
o dos voluntades. El quinto Concilio general que en 553 se reunió por orden de Justiniano para discutir las contestaciones referentes
a la doctrina de tres obispos, no tuvo tiempo para poner a discusión el importante asunto que hemos indicado. El sexto Concilio general que el año 680 reunió también en Constantinopla Constantino Pogonat, decidió que Jesucristo tiene dos voluntades; y ese Concilio, al condenar
a los monotelistas, que sólo admiten que Dios tiene una sola voluntad, incluyó en el anatema al papa Honorio
I, que en una carta que inserta Baronio dijo al patriarca de Constantinopla: «Confesamos que Jesucristo tiene una sola voluntad; ni los concilios ni la
Sagrada Escritura nos autorizan a pensar de otra manera. Pero el saber si por motivo de las obras de divinidad y de humanidad que practica debe entenderse que verifica una
o dos operaciones lo dejó a la decisión de los gramáticos, porque esto no importa nada.» Se ve, pues, que Dios permitió que la Iglesia griega y la Iglesia latina no tuviesen nada que reprocharse respecto
a este punto; y así como el patriarca Nestorio
fue anatematizado por haber reconocido dos personas en Jesús, lo fue también
a su vez el papa Honorio por confesar que Jesús sólo tenía una voluntad.
El séptimo Concilio general, segundo de Nicea, lo reunió
el año 787 Constantino, hijo de León y de Irene, para restablecer la adoración de las imágenes. Debemos advertir que
los dos concilios de Constantinopla, celebrado el primero el
año 730 y el segundo veinticuatro años después, acordaron
proscribir el culto de las imágenes, conformándose a la ley mosaica y al uso de
los primeros siglos del cristianismo. Por eso el decreto del segundo Concilio de Nicea dispone que los
que no rindan adoración a las imágenes, como a la Trinidad, sean anatematizados. Este decreto sufrió algunas contradicciones;
los
obispos que en el año 789 se empeñaron en hacerle
cumplir, en un Concilio de Constantinopla fueron expulsados de él por los soldados, y el año 794 lo rechazó también el Concilio de Francfort y se opusieron
a su cumplimiento los libros que Carlomagno mandó publicar. Por fin confirmaron en Constantinopla el segundo Concilio de Nicea el emperador Miguel y Teodora su madre, el año 842, en un numeroso Concilio, que anatematizó
a los que se opusieran al culto de las imágenes. Es digno de notarse que fueron dos mujeres las que protegieron dicho culto, las emperatrices Irene y Teodora.
Pasemos al octavo Concilio general. En la época del emperador Basilio, y convocado dicho Concilio por Ignacio, patriarca de Constantinopla, se condenó en él
a la Iglesia latina sobre el filioque y otras prácticas, el año 866; Ignacio
fue desterrado, y levantándole el destierro al año siguiente, el día 23 de
noviembre, depuso en otro Concilio a Basilio, y el año 869, la Iglesia latina,
a su vez, condenó a la Iglesia griega en un Concilio que aquélla llamó octavo Concilio general, mientras que los orientales dan esa numeración
a otro Concilio que diez años después anuló los decretos del precedente y restableció en el trono
a Basilio.
Esos cuatro concilios se reunieron en Constantinopla. Los demás, que los latinos llaman generales (sin reunirse en ellos mas que los obispos de Occidente), fundándose los papas en falsas decretales, se fueron apropiando insensiblemente el derecho de convocarlos. El último, que se verificó en Trento y duró desde el año 1545 hasta el año 1563, no sirvió ni para atraerse
a los enemigos del papismo ni para subyugarlos. Los decretos sobre la disciplina no se han admitido casi en ninguna nación católica y no produjeron otro efecto que justificar las siguientes palabras de San Gregorio Nacianceno: «No conozco ningún Concilio que tuviera buen resultado y no sirviera para aumentar los males más que para curarlos. El afán de la controversia y la ambición van más allá de lo que debían en todas esas asambleas de obispos» (6).
__________
(1) San Marcos, cap. III, vers. 21.—N. de V.
(2) Anales de Alejandría, pág. 440.
(3) Selden, De los orígenes de Alejandría.
(4) Nicéforo, lib. VIII, cap. XXIII.
(5) Concilios de Labbe, t. I, pág. 84.
(6) San Gregorio Nacianceno, carta LV.
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