CONCIENCIA
I
De la conciencia del bien y del mal
Locke demostró que no tenemos ideas innatas ni
principios innatos; pero se vio obligado
a demostrarlo minuciosamente, porque entonces se creía en el mundo
todo lo contrario. De esa afirmación se deduce evidentemente que
necesitamos que entren en nuestro cerebro buenas ideas y excelentes
principios, para que podamos usar bien la facultad que se llama entendimiento.
Locke presenta como ejemplo a los salvajes que matan
y se comen a
su prójimo sin remordimiento de conciencia, y a los soldados cristianos,
que, estando más civilizados, cuando toman por asalto una ciudad,
saquean, degüellan y violan no sólo sin remordimientos, sino
con gloria, excitando los aplausos de sus camaradas.
Es indudable que en las matanzas de la noche de San Bartolomé
y en los autos de fe de la Inquisición, no les remordió la conciencia
a los asesinos que intervinieron en tales actos: matar hombres,
mujeres y niños y hacer morir en el tormento a los desgraciados
que no habían cometido otro crimen que celebrar la Pascua de un
modo diferente que los inquisidores.
De los casos que acabamos de citar, se deduce que nuestra
conciencia la inspira la época, el ejemplo, el temperamento y la reflexión.
El hombre nació sin ningún principio, pero con la facultad de recibir
todos los principios; su temperamento puede
inclinarle más a la crueldad que a la dulzura, o viceversa;
su entendimiento le hará comprender un día que el cuadrado
de doce es ciento cuarenta y cuatro, que no debe hacerse a los
demás lo que no queremos para nosotros; pero no podrá comprender
por sí mismo esas verdades en su infancia, porque no entenderá
la primera y no sentirá la segunda.
El niño salvaje que tuviese hambre, y al que su padre diera
a comer un pedazo de carne de otro salvaje, pediría al día
siguiente igual alimento, sin sospechar siquiera que no debe
tratarse al prójimo como no quisiéramos nosotros ser tratados,
y procedería maquinal e invenciblemente del
modo contrario que enseña esa eterna verdad.
La Naturaleza cuidó de evitar que cayésemos en semejantes horrores,
predisponiendo al hombre a la compasión y dándole aptitud para
comprender la verdad. Esos dos dones que recibimos de Dios son
los cimientos de la sociedad civil; los que consiguen que haya
en el mundo pocos antropófagos y hacen que sea tolerable la vida
en las naciones civilizadas. Los padres y las madres dan a sus hijos la
educación que los convierte pronto en hombres sociales y los
dota de conciencia. La religión y la moral puras que inspiran a
los niños desde que nacen forman de tal modo la naturaleza humana,
que desde los siete hasta los diez y seis o diez y siete años no
cometemos una mala acción sin
que la conciencia nos la reproche. Luego nacen en nosotros las pasiones
violentas que atacan a la conciencia y algunas veces la
ahogan, y durante tal conflicto, los hombres que se ven atormentados
por esa tempestad consultan muchas veces a otros hombres, como cuando
están enfermos consultan a los que tienen salud. Este proceder dio origen a los casuistas,
o sea a los que deciden de los casos de conciencia. Fue
Cicerón uno de los casuistas más sabios en el libro que titula De
los oficios, en el cual trata de los deberes del hombre y examina
las materias más delicadas. Pero mucho tiempo antes que él, Zaratustra
dictó reglas para dirigir la conciencia, sentando este hermoso
precepto: «En la duda
de si una acción es buena o mala, abstente de realizarla».
II
Si un juez debe juzgar según su conciencia o según las pruebas
Tomás de Aquino, sois un gran santo y un gran teólogo;
ningún dominico os venerará tanto como yo; pero decidís en
vuestra Summa que el juez debe proceder según las alegaciones
y según las supuestas pruebas contra un acusado
cuya inocencia reconoce. Pretendéis que las declaraciones
de los testigos, que precisamente han de ser falsas; que las
pruebas que resulten del proceso, que precisamente han de ser
impertinentes, deben prevalecer sobre el testimonio de los ojos
del juez, que vieron que otro cometió el crimen, y en vuestra opinión,
debe condenar al acusado cuando su conciencia le dice que es inocente.
En vuestra opinión, pongo por caso, si el juez mismo hubiera cometido
el crimen de que se trata, debía condenar al hombre a quien se lo imputan.
Pero yo, siguiendo los impulsos de mi conciencia, creo, ilustre santo,
que os habéis equivocado del modo más absurdo y más horrible. Es muy
extraño que, poseyendo el derecho canónico, desconozcáis el derecho natural.
El primer deber del magistrado consiste en ser justo, antes que en ser buen
legista. Si, fundándome en pruebas que no pueden pasar de ser probabilidades,
sentencio a un acusado cuya inocencia me consta, me consideraría un necio y un asesino.
Por fortuna, todos los tribunales del universo piensan de otro modo que
Santo Tomás. Ignoro si Farinacio y Grillando son de esa opinión; pero si
encontráis en el otro mundo alguna vez a Cicerón, a Ulpiano, a Triboniano,
al canciller L'Hópital y al canciller Aguesseau, pedidles que
os perdonen el error en que incurristeis.
III
De la conciencia falaz
Lo mejor que se ha escrito sobre esta cuestión importante se
encuentra en el libro cómico titulado Tristram Shandy,
que escribió el célebre cura irlandés Sterne, cuyo libro
se parece a las pequeñas sátiras antiguas que contenían esencias preciosas.
Dos veteranos capitanes que están a media paga, reunidos
con el doctor Slop, discutían las cuestiones más ridículas.
Una de ellas versaba sobre un memorial que un cirujano presentó
a la Sorbona, pidiendo permiso para bautizar a los niños en el
vientre de sus madres por medio de una jeringuilla que introduciría
en el útero, sin herir a la madre ni al niño. En otra sesión hacen
que un cabo de escuadra les lea un sermón sobre la conciencia,
compuesto por Sterne. En dicho sermón, entre muchas pinturas
superiores a las de Rembrandt, retrata a un hombre de mundo que
pasa los días entregado a los placeres de la mesa, del juego y
de la crápula, no haciendo nada criminal, y por consecuencia,
no teniendo nada que reprocharse. Su conciencia y su honor
le acompañan a los espectáculos, al juego y a la casa de la querida,
que paga espléndidamente. Vive alegremente y muere sin el menor
remordimiento. El doctor Slop interrumpe al lector para decir
que es imposible que eso suceda en la Iglesia anglicana, pues
esto no puede suceder mas que entre papistas. El cura Sterne
cita el ejemplo de David, que tiene, según él dice, unas veces
la conciencia delicada e ilustrada, y otras dura y tenebrosa.
Pudiendo matar a su rey en una caverna, se satisface con cortarle
un pedazo de su vestidura: he aquí una conciencia delicada.
Pasa un año entero sin que le remuerda la conciencia por vivir
adúlteramente con Betsabé, ni por el asesinato de Urías. He aquí
la conciencia endurecida y poco ilustrada. «Así son —dice Sterne—
la mayor parte de los hombres.»
Reconocemos que la mayoría de los poderosos
del mundo se encuentran frecuentemente en ese caso. El torrente de los placeres y de los
negocios los arrastra, y les falta tiempo para tener conciencia.
Ésta queda para el pueblo, y aun de éste no se puede decir que la
tiene cuando se trata de ganar dinero.
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