CERTIDUMBRE, CIERTO
Estoy cierto; tengo amigos; mi fortuna está asegurada;
mis padres nunca me abandonarán; me harán justicia; la obra que he escrito
es buena y será bien acogida; me deben y me pagarán; mi amante será fiel,
porque me lo ha jurado; el ministro me ascenderá en la carrera, porque lo
ha prometido: todas estas anteriores palabras las subraya de su diccionario
el hombre que tiene experiencia.
Cuando los jueces que sentenciaron a Langlade, Lebrún, Calás,
Sirven, Martin, Montbaylli y a otros que más tarde se reconoció que eran inocentes, estaban
ciertos o debieron estarlo de que estos desventurados eran culpables,
esos jueces se equivocaron. Hay dos modos de equivocarse, de juzgar mal;
equivocarse como hombre de talento y equivocarse como hombre tonto. Los
referidos jueces se equivocaron como hombres de
talento en el proceso de Langlade; los cegaron apariencias que podían
deslumbrar y no examinaron bastante las apariencias contrarias. Su mismo
talento les hizo estar ciertos de que Langlade había cometido el robo que no
cometió; y con la certidumbre incierta del espíritu humano, aplicaron el
tormento a un gentilhombre, le sumergieron en un calabozo sin ningún auxilio
y le condenaron a galeras, en las que murió. Encerraron en otro calabozo
a su esposa con una hija de siete años, que muchísimo más tarde se casó con
un consejero del mismo Parlamento que sentenció a su padre a galeras y
desterró a su madre.
Es indudable que los jueces no hubieran pronunciado la
referida sentencia si no hubieran estado ciertos. Sin embargo, al tiempo
de pronunciar la sentencia, sabían algunas gentes que el referido robo lo había
cometido el sacerdote Gagnad, asociado a un ladrón de caminos, y la inocencia
de Langlade sólo se reconoció después de su muerte. También estaban «ciertos»
los jueces que por una sentencia de primera instancia sentenciaron al suplicio de la rueda al inocente Lebrún,
el cual apeló, y no fue confirmado el fallo por los jueces de segunda instancia.
El infeliz reo murió de resultas de las torturas que le hizo sufrir el tormento.
No nos ocuparemos de Calás ni de Sirven, por ser sus procesos muy conocidos.
Nos ocuparemos del de Martin, que no lo es tanto. Era un buen agricultor
que vivía en la Lorena. Un malvado le robó el traje que llevaba, se vistió
con él para ir a un camino real a robar a un viajero que debía pasar por
allí cargado de oro, y cuyo paso acechaba. Acusan de este delito a Martin;
su trajo declara contra él, y los jueces toman este indicio como una certidumbre.
Ni la buena conducta del acusado, ni su numerosa familia virtuosamente educada,
ni el no haberle encontrado dinero en casa, prueban que no había robado al muerto:
nada de esto pudo salvarle. El juez subalterno cree contraer un mérito siendo
con él riguroso, y sentencia al inocente a ser enrodado; por desventurada fatalidad
confirma esta sentencia el tribunal de la Tournelle,
y el anciano Martin muere en el suplicio, protestando ante Dios de su inocencia.
En cuanto se exponen sus miembros rotos en el camino real, el verdadero criminal,
el que cometió el robo y el asesinato, se ve encerrado en una cárcel por haber
cometido otro crimen, y en el mismo tormento a que le condenan confiesa que él
es el único culpable del delito atribuido a Martin.
Montbaylli, que estaba acostado con su mujer,
fue acusado de haberse concertado
con ella para matar a su madre, que indudablemente murió de apoplejía, y el
consejo de Arras le sentenció a morir enrodado y sentenció a su mujer a morir
quemada en la hoguera. Reconocieron su inocencia, pero tarde, después que
Montbaylli había sufrido el suplicio referido. Dejemos aparte la multitud de
aventuras funestas que nos hacen lamentar la condición humana; pero lamentémonos
al menos de la certidumbre que creen tener los jueces para dictar sentencias
como las que acabamos de citar.
No puede haber certidumbre cuando física o moralmente es posible que las cosas
sean de otra manera. Siendo indispensable hacer una demostración para probar
que la superficie de una esfera es equivalente a cuatro veces el aire de
su círculo, ¿no será preciso tener prueba plana para arrancar la vida
un
ciudadano por medio de horrorosos tormentos? Si tan desventurada es la
humanidad que se ve obligada a satisfacerse con verosímiles probabilidades,
debe por lo menos consultar la edad, la clase, la conducta del acusado,
el interés que puede haber tenido en cometer el crimen, el interés de sus
enemigos en perderle, y la conciencia de cada juez debe preguntarse:
«¿El mundo entero no me condenará por haber pronunciado semejante sentencia?,
¿podré dormir tranquilo, con las manos teñidas de sangre inocente?»
De este cuadro horrible pasemos a otros ejemplos de una certidumbre que
conduce al error por el camino recto:
«¿Por qué vas cargado de cadenas, fanático santón? ¿Por qué oprimes
tu miembro viril con un anillo de hierro?» «Porque obrando así estoy
«cierto» de que ocuparé un día uno de los sitios de preferencia del
paraíso y estaré al lado del gran profeta.» «Ven, pobre viejo, ven conmigo
cerca de aquí, al monte Athos, y allí verás a tres mil miserables que están
ciertos de que te hundirás en el golfo que está al pie de la montaña
y que ellos ascenderán hasta el primer paraíso.»
«Detente, miserable viuda malabar: no creas a ese loco que te predica
y te convence de que te reunirás con tu marido para disfrutar junta con
él las delicias de otro mundo si te arrojas en la hoguera para que te
abrasen las llamas.» «Quiero morir quemada, porque estoy «cierta» de que si así
lo hago, después de muerta viviré feliz con mi esposo en la
otra vida: el brahmán me lo asegura.»
Veamos otras certidumbres menos repugnantes y que
tienen más verosimilitud.
«¿Qué edad tiene vuestro amigo Cristóbal?» «Veintiocho años; he visto
su contrato de matrimonio, su fe de bautismo, le conozco desde su infancia;
estoy «cierto» de que tiene veintiocho años.» Después de oír la contestación
de ese hombre que estaba tan seguro de lo que decía, y la de otros que
confirmaban lo mismo, supe que por razones secretas pusieron fecha
anticipada a la fe del bautismo de Cristóbal. Nada de esto sabían
las personas a quienes hice la anterior pregunta, y todas ellas, sin embargo,
estaban «ciertas» de lo
que no era.
Si hubierais preguntado a todo el mundo antes de la
época de Copérnico: «¿Ha salido o se ha puesto el sol hoy?», todo el mundo
os hubiera contestado que tenía la certidumbre de que había sucedido una cosa y otra.
Los sortilegios, adivinaciones y obsesiones, han sido certidumbres
para todos los pueblos durante muchos siglos.
Un joven que empieza a estudiar geometría y a quien yo se la explico,
no ha llegado todavía mas que a la definición de los triángulos.
«¿No estáis cierto —le pregunto— de que los tres ángulos de un triángulo
son iguales a dos rectos?» El discípulo me responde que no sólo no
está «cierto» de ello, sino que no tiene idea clara de esa proposición;
pero yo se la demuestro, y desde entonces está «cierto», y lo estará
toda la vida. Esta certidumbre es distinta de las otras, que sólo eran
probabilidades, y en cuanto se examinan se convierten en errores.
Pero la certidumbre matemática es inmutable y eterna.
Existo, porque pienso y siento el dolor; esto es tan cierto como una
verdad geométrica. ¿Por qué? Porque prueba esas verdades el mismo
principio por el que es imposible que una cosa sea y no sea a la vez.
No puedo yo al mismo tiempo existir y no existir, sentir y no sentir,
y el triángulo no puede al mismo tiempo tener ciento ochenta grados,
que constituyen la suma de los dos ángulos rectos, y no tenerlos.
La certidumbre física de mi existencia y de mi sentimiento y la certidumbre
matemática tienen, pues, el mismo valor, aunque sea de diferente clase.
No sucede lo mismo con la certidumbre que se funda en las apariencias
o en las referencias humanas de los hombres. ¿Me decís que no estáis
«cierto» de que existe Pekín? ¿No tenéis en casa telas de ese país?
Personas de diferentes naciones, que piensan de distintos modos,
que escriben unas contra otras, pero que convienen todas en que
existe Pekín, ¿no os aseguran la existencia de esa ciudad? Respondo a esto que
es verdaderamente probable que cuando lo dijeron existiera
una ciudad que se llamara Pekín, pero no apostaría la vida a que esa
ciudad existe hoy, y sí que apostaría la vida afirmando que los tres
ángulos de un triángulo son iguales a dos ángulos rectos.
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