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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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Voltaire - Diccionario Filosófico  

►  Certidumbre, cierto

 

CEREMONIAS, TÍTULOS, ETC.

Ceremonias, títulos - Diccionario Filosófico de VoltaireTodas esas cosas, que serían inútiles y hasta impertinentes en un estado de pura naturaleza, son muy útiles en el actual estado social, corrompido y ridículo.

La China es el pueblo que más lejos ha llevado el uso de las ceremonias. Verdad es que sirven tanto para calmar el espíritu como para fastidiarle. Los mozos de cordel, los carreteros chinos, se ven obligados, al menor embarazo que causan en las calles, a arrodillarse unos ante otros y a pedirse mutuamente perdón, obedeciendo a la forma prescrita. Esta fórmula evita las injurias, los golpes y hasta las heridas y las muertes. Da tiempo para que se apacigüen los que iban a reñir, se tranquilicen y se ayuden recíprocamente.

Cuanto más libre es un pueblo, menos ceremonias usa, menos títulos fastuosos, menos demostraciones de humildad manifiesta a su superior. A Escipión le llaman simplemente Escipión, y a César, César. Andando los tiempos, llamaron a los emperadores romanos «Vuestra Sacra Majestad», «Vuestra Divinidad».

San Pedro y San Pablo no tuvieron más títulos que sus nombres, y sus sucesores se concedieron a sí mismos el título de «Vuestra Santidad», cuyo título no se encuentra en las Actas de los apóstoles ni en los escritos de sus discípulos.

Leemos en la Historia de Alemania que el delfín de Francia, que luego se llamó Carlos V, fue a Metz a ver al emperador Carlos IV, y marchaba detrás del cardenal de Perigord. Hubo un tiempo en que los cancilleres precedían a los cardenales, y más tarde los cardenales precedieron a los cancilleres. Los pares precedieron en Francia a los príncipes de sangre real, formados por orden de antigüedad hasta la consagración de Enrique III. La dignidad de par era en aquella época tan eminente, que en la ceremonia de la consagración de Elisabeth, esposa de Carlos IX, verificada en 1571, descrita por Simón Bouquet, se dice que las damas y azafatas de la reina, habiendo entregado a la dama de honor el pan, el vino y el cirio con el dinero para la oferta, que debían ser presentadas a la reina por la susodicha dama de honor, ésta, como era duquesa, aconsejó a las damas que ellas mismas fueran a presentar la oferta a las princesas. Esta dama de honor era la condestable de Montmorency.

El sillón, el taburete, la mano derecha y la mano izquierda, han sido durante muchos siglos importantes asuntos políticos y objeto de muchos resentimientos y no menos quejas. Supongo que la antigua etiqueta concerniente a los sillones trae su origen del tiempo de nuestros abuelos, en los que sólo había un sillón en toda la casa, y sólo lo usaba el que estaba enfermo. Mucho tiempo después, cuando el lujo se introdujo en las cortes y los grandes de la tierra tuvieron en sus moradas dos o tres sillones, fue una gran distinción sentarse en uno de ellos.

Cuando el cardenal Richelieu estaba concertando el casamiento de Enriqueta de Francia y Carlos I con los embajadores de Inglaterra, faltó poco para desbaratar ese proyecto la exigencia de los embajadores para que una puerta fuese más ancha. Creo que si hubieran propuesto a Escipión que se hubiera desnudado, tapándose con dos sábanas para recibir la visita de Aníbal, le hubiera parecido muy graciosa la ceremonia.

El orden de colocación de las carrozas ha sido también una señal de grandeza, un manantial de pretensiones, disputas y combates durante un siglo entero. Se consideraba como señalada victoria hacer pasar una carroza delante de otras, y cuando un ministro de España pudo conseguir que su carruaje se colocara detrás del embajador portugués, enviaba un correo a Madrid para enterar al rey su señor de la distinción que acababa de alcanzar.

Nuestras historias nos regocijan, presentándonos varios combates a puñetazos librados para obtener la precedencia. El del Parlamento contra los auxiliares del obispo en la pompa fúnebre de Enrique IV; el de la Cámara de las Cuentas contra el Parlamento, que sucedió en la catedral, al nombrar Luis XIII a la Virgen patrona de Francia; cuando el duque de Epernon se peleó en la iglesia de San Germán con el guardasellos del Vair, y otros varios casos, de los que no o encontramos precedentes ni en el Areópago ni en el Senado romano.

A medida que los países son más bárbaros o las cortes más débiles, se abusa más del ceremonial. El verdadero poder y la verdadera civilización son enemigos de la vanidad. Es de creer que al fin quede abolida la costumbre que siguen todavía algunos embajadores de arruinarse por pasearse en procesión por las calles con algunas carrozas de alquiler, precedidas de varios lacayos que van a pie. A esta costumbre se llama hacer su entrada el embajador. Es ridículo entrar en una ciudad siete u ocho meses después de haber llegado a ella.

El importante asunto del puntiglio, que constituye la grandeza de los italianos modernos; esa ciencia que consiste en el número de pasos que hay que dar para despedir hasta la puerta a un monseñor, de correr una cortina hasta la mitad o por completo, de pasearse por una cámara hacia la derecha o hacia la izquierda; ese gran arte que los Fabios y los Catones desconocieron, empieza a desaparecer, y los candidatos a la dignidad cardenalicia se lamentan de su decadencia.

Un coronel francés que se encontraba en Bruselas un año después que el mariscal de Sajonia tomó la referida ciudad, no sabiendo qué hacer, quiso asistir a una reunión. Le dijeron que esa reunión se celebraba en casa de una princesa, y que a ella no asistían mas que príncipes, a lo que el coronel contestó: «No importa; esos príncipes son muy buenos; el año pasado hice esperar a una docena de ellos en mi antecámara, cuando tomamos esta ciudad, y sé que todos ellos son muy corteses.»

Repasando a Horacio, me chocó esta idea que encontré en una de sus epístolas dedicada a Mecenas: «Te, dulcis amice, revisam»; «iré a veros, mi buen amigo». Mecenas era la segunda persona del Imperio romano, esto es, un hombre más importante y más poderoso que lo es hoy el principal monarca de Europa. Leyendo a Corneille noté en una carta que dirigió a Scuderi, gobernador de Nuestra Señora de la Guarda, que, refiriéndose al cardenal Richelieu, decía: «El señor cardenal, vuestro maestro y el mío.» Ésta es quizá la primera vez que se habla así de un ministro desde que hay en el mundo ministros, reyes y aduladores.

Se cuenta que un veterano oficial que desconocía el protocolo de la vanidad, habiendo escrito al marqués de Louvois, le llamó en una carta sencillamente «señor», y no obteniendo respuesta, volvió a escribirle llamándole «monseñor», y tampoco obtuvo contestación, porque la palabra «señor» se le puso entre ceja y ceja. Por fin le escribió por tercera vez, dirigiéndole la carta de este modo: «A mi dios Louvois». Estos casos y otros muchos que pudiéramos presentar, ¿no prueban que los romanos de la gran época de Roma eran grandes y modestos, y que nosotros somos pequeños y vanidosos? «¿Cómo estáis, mi querido amigo?», preguntó un duque a un par y gentilhombre. «A vuestro servicio, mi querido amigo», respondió éste; y desde entonces tuvo a su querido amigo por enemigo implacable. Un grande de Portugal, cuando hablaba con un grande de España, le decía a cada momento: «Vuestra Excelencia». El castellano le respondía: «Vuestra Merced», que éste es el título que se da a los que no tienen ninguno. Picado el portugués, desde entonces llamó al español «Vuestra Merced»; entonces el español le dio el título de «Su Excelencia». Incomodado al fin el portugués, le preguntó: «¿Por qué me llamáis Vuestra Merced cuando yo os doy el tratamiento de Excelencia, y me llamáis Excelencia cuando yo os llamo Vuestra Merced?» «Porque me es igual daros un título u otro —le contestó el castellano—, con tal de que nunca seáis igual a mí.»

La vanidad de los títulos no se introdujo en los climas septentrionales de Europa hasta que los romanos conocieron la pompa asiática. La mayoría de los reyes de Asia eran y siguen siendo todavía primos hermanos del sol y de la luna. Sus vasallos no se atreven nunca a aliarse con ellos, y empalarían al que se creyera pariente lejano de la luna y del sol.

Creo que fue Constantino el primer emperador romano que cargó la humildad cristiana con el peso de nombres fastuosos. Verdad es que antes de su época se daba a los emperadores el título de dios; pero esa palabra no la entendían como nosotros la entendemos. Diciendo divus Augustus, divus Trajanus, querían decir: «santo Augusto, santo Trajano.» Creían que era inherente a la divinidad del Imperio romano que el alma de su jefe fuese al cielo después de la muerte de éste, y con frecuencia concedían el título de «santo», de divus, al emperador, como adelantándole el título que debía adquirir después de su muerte. Por una razón parecida a ésta, a los primitivos patriarcas de la Iglesia cristiana les daban el título de «Vuestra Santidad», para recordarles lo que habían de ser.

Algunas veces se complacían algunos individuos pertenecientes a la Iglesia en darse a sí mismos títulos modestos para que les concedieran los demás otros más honrosos. Hubo algún abad que a sí mismo se llamaba «hermano», pero exigía que los frailes de su comunidad le llamaran «monseñor». El Papa toma el título de «servidor de los servidores de Dios». Un cándido sacerdote de Holstein tuvo que escribir al Papa, y le dirigió la carta de este modo: «A Pío IV, servidor de los servidores de Dios»; fue a Roma para conseguir lo que solicitaba, y la Inquisición lo metió en la cárcel para enseñarle cómo tenía que escribir otra vez al Papa.

Antiguamente, al emperador se le daba el titulo de «Majestad». Los demás reyes se llamaban «Vuestra Alteza, Vuestra Serenidad, Vuestra Gracia». El primer rey de Francia que obtuvo el tratamiento de «Majestad» fue Luis XI, título no menos conveniente a la dignidad de la monarquía hereditaria que a la de la monarquía electiva. Esto no obstante, siguieron llamándose «Altezas» los reyes de Francia posteriores a Luis XI, y todavía conservamos cartas dirigidas a Enrique III en las que se le da dicho título. Los Estados de Orleans se opusieron a que llamasen «Majestad» a la reina Catalina de Médicis; pero poco a poco prevaleció este último título.

La cancillería alemana, siempre invariable en sus hábitos, opinó y sigue opinando hasta nuestros días que a los reyes se les debe tratar de «Serenidad». En el famoso tratado de Westfalia, en el que Francia y Suecia dictaron leyes al Santo Imperio romano, los plenipotenciarios del emperador, en las exposiciones latinas que presentaron, decían siempre que «Su Sagrada Majestad Imperial» establecía convenios con los «Serenísimos» reyes de Francia y de Suecia; los franceses y los suecos decían a su vez que las «Sagradas Majestades de Francia y de Suecia» tenían que alegar agravios hechos por el «Serenísimo Emperador».

Felipe II fue el primer rey de España que obtuvo el título de «Majestad», porque la «Serenidad» de Carlos V se convirtió en «Majestad» cuando heredó el Imperio. Los hijos de Felipe II fueron los primeros infantes que obtuvieron el título de «Altezas», y luego se llamaron «Altezas Reales». El duque de Orleans, hermano de Luis XIII, tomó en 1631 el título de «Alteza Real», y al tener noticia de esto el príncipe de Condé, tomó el de «Alteza Serenísima», que nunca se atrevieron a adoptar los duques de Vendôme. El duque de Saboya, a quien daban el tratamiento de «Alteza Real», adquirió muy pronto el título de «Majestad»; el gran duque de Florencia hizo lo mismo, y el zar, que hasta entonces en Europa sólo le llamaban «Gran Duque», se llamó a sí misma «Emperador», y como a tal le reconocieron todas las naciones.

El tratamiento de «Monseñor» no se dio en Francia a los obispos hasta la época del cardenal Richelieu. Se llamaban «reverendísimo padre en Dios»; antes del año 1635 los obispos ni siquiera daban el tratamiento de «Monseñor» a los cardenales. Esas dos costumbres las introdujo cierto obispo de Chartres, que, revestido con la muceta y el roquete, fue a casa del cardenal Richelieu, llamándole «Monseñor». Al saberlo Luis XV, cuentan que dijo: «Ese obispo iría a besar el trasero al cardenal, metería en él la nariz hasta que el cardenal le dijera: «Basta.» Desde esa época los obispos de Francia se dan recíprocamente el tratamiento de «Monseñor».

A los duques y pares les costó más trabajo adquirir el título de «Monseñor». La antigua nobleza y la magistratura se negaban a concedérselo. El colmo del éxito del orgullo humano consiste en recibir títulos honoríficos de los que crean ser iguales a nosotros; pero es difícil llegar hasta ese extremo, porque siempre el orgullo pelea contra el orgullo. Cuando los duques exigieron a los pobres gentiles hombres que los trataran de «Monseñor», los presidentes de las Cámaras lo exigieron también a los abogados y a los procuradores. Hubo un presidente que no permitió dejarse sangrar porque su cirujano le preguntó: «¿De qué brazo quiere el «señor» que le sangre?» Hubo un consejero de la alta Cámara que todavía se expresó con mayor claridad: un litigante le dijo: «Monseñor, el señor vuestro secretario...» El consejero le interrumpió diciéndole: «Habéis dicho tres tonterías en tres palabras: yo no soy «Monseñor», y mi secretario tampoco es «señor», es mi «pasante».

Para que se termine este proceso de la vanidad en Francia, será preciso que llegue el día en que llamemos a todo el mundo «Monseñor». Cuando en España un mendigo encuentra a otro pordiosero, le dice: «¿Vuestra merced ha tomado chocolate?...» Explicarse con tanta cortesía eleva el alma y conserva la dignidad de la especie.

El duque de Epernon, que fue el primero de los gascones por su orgullo, pero que no por eso fue uno de los primeros hombres de Estado, poco antes de morir escribió al cardenal Richelieu una carta, que terminaba ofreciéndosele en estos términos: «Vuestro más humilde y más obediente servidor.» Pero después de escrita y enviada la carta recordó que el cardenal sólo se le había ofrecido en la suya como «muy afectísimo». Envió en seguida un mensajero para recoger la carta antes de llegar a su dirección; la recogió, escribió otra, puso en ella «muy afectísimo», y murió tranquilo.

 

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