CAUSAS FINALES (1) (2)
(3)
III
Sin embargo, objetan que si Dios ha hecho visiblemente una cosa con un fin determinado, debe haber hecho
lo mismo con todas. Es ridículo admitir la Providencia en un caso y
negarla en otros. Todo lo creado ha sido previsto; no hay ningún arreglo sin objeto, ningún efecto sin
causa; luego todo es el resultado, el producto de una causa final. Luego puede decirse que las narices se
han hecho para llevar anteojos y los dedos para llevar sortijas, como se puede decir que se han formado
los oídos para oír los sonidos y los ojos para recibir la luz. De esta objeción sólo se deduce que todo
es efecto, próximo o lejano, de una causa final general; que
todo es consecuencia de las leyes eternas.
Las piedras no constituyen edificios en todos los sitios ni en todos los tiempos; todas las narices no
gastan anteojos; todos los dedos no llevan sortijas; todas las piernas no usan medias de seda; por lo tanto,
el gusano de seda no fue creado para cubrir mis piernas, como vuestra boca se creó para que
comiera y vuestro trasero para ir al retrete. Existen, pues, efectos
inmediatos producidos por las causas finales y
gran número de efectos que son productos lejanos de esas causas.
Todo lo que pertenece a la Naturaleza es uniforme, inmutable; es la obra inmediata del Maestro.
Él es el que
creó las leyes por las cuales la luna interviene en tres cuartas partes en la causa del flujo y reflujo del
Océano, y el sol en la otra cuarta parte. Él es el que dotó al sol del movimiento de rotación, por el
cual ese astro envía en siete minutos y medio los rayos de su luz hasta los ojos de los hombres, de los
cocodrilos y de los gatos.
Pero si después de muchos siglos hemos conseguido inventar las tijeras y los asadores para cortar con
aquéllas la lana de los corderos y cocerlos con éstos para comérnoslos, ¿qué puede inferirse de esto mas
que un Dios nos formó de tal manera que un día llegásemos a ser innecesariamente industriosos y aficionados
a comer carne?
Los corderos no nacen absolutamente para ser asados y
comidos, porque muchas naciones se abstienen de comerlos.
Los hombres no han sido creados esencialmente para matarse unos a otros, porque los brahmanes y los
cuáqueros no matan a nadie, pero la materia con que somos amasados produce con frecuencia matanzas,
como produce calumnias, vanidades, persecuciones e impertinencias. No quiere esto decir que la
formación del hombre sea precisamente la causa final de nuestros furores y nuestras tonterías,
porque una causa final es universal e invariable en todos los tiempos y en todos los lugares;
pero los errores y los absurdos de la
especie humana no por eso dejan de entrar en el orden eterno de las cosas. Cuando batimos el trigo,
es el batidor la causa final de la separación del grano; pero si el batidor
al funcionar aplasta mil insectos, no obra así por una voluntad determinada, ni tampoco por
casualidad; obra así porque dichos insectos se encuentran cien veces a su alcance, en vez de
huir de su enemigo.
Es consecuencia de la naturaleza de las cosas que un hombre ambicioso discipline algunas
veces a millares de hombres, que sea vencedor o vencido. Pero no por eso podremos decir
que Dios creó al hombre para que lo maten en la guerra.
Los instrumentos con que nos ha dotado la Naturaleza no pueden ser siempre causas
finales en movimiento. Los ojos, que recibimos para ver, no siempre están abiertos; todos los sentidos
tienen un movimiento de reposo, y hasta hay sentidos que no usamos
nunca. Por ejemplo, le sucede eso a la desgraciada imbécil encerrada en un claustro
desde los catorce años, y que tiene cerrada para siempre la puerta de su cuerpo por
donde debía salir una generación nueva. No por eso deja de subsistir en este caso la
causa final, pero obrará en cuanto dicha mujer sea libre.
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