CAUSAS FINALES (1)
(2) (3)
II
Todas las piezas que componen la máquina de este mundo parecen hechas unas para otras. Algunos filósofos
se jactan de burlarse de las causas finales, que negaron Epicuro y Lucrecio. Paréceme, sin embargo, más justo
que nos burlemos de Lucrecio y de Epicuro. Nos dicen que los ojos no se formaron para ver, pero que los
hemos aprovechado para ese uso cuando nos dimos cuenta de que servían para eso. En su opinión, no estamos dotados de boca
para hablar ni para comer, ni de estómago para digerir, ni de corazón para recibir la sangre de las venas
y enviarla a las arterias, ni de pies para andar, ni de oídos para oír. Esos filósofos, sin embargo,
confiesan que los sastres les hacen trajes para vestirse y los arquitectos casas para vivir, y se atreven
a negar a la Naturaleza, a la inteligencia universal, lo que conceden a los obreros más insignificantes.
No conviene, sin embargo, abusar de las causas finales. Inútilmente Epicuro, en el
Espectáculo de la
Naturaleza, sostiene que el Océano tiene mareas para impedir que los buques entren con más facilidad
en los puertos y para impedir que el agua del mar se corrompa; en vano dirá que las piernas han sido
creadas para llevar botas y la nariz para llevar anteojos; para poder asegurar el fin verdadero por el
que una causa obra, se necesita que su efecto sea de todos los tiempos y de todos los lugares. No ha
habido buques en todas las épocas ni en todos los mares; luego no puede decirse que el Océano haya sido
creado
para los buques. Es ridículo sostener que la Naturaleza haya obrado en todas las épocas ajustándose
a las invenciones de nuestras artes arbitrarias, que todas han aparecido tarde en el mundo; pero es evidente
que si las narices no han sido creadas para los anteojos, se han creado para que tenga asiento en ellas
el sentido del olfato, y que existen narices desde que existen hombres. Cicerón, que dudaba de todo, no
dudaba sin embargo de las causas finales.
Sobre todo, parece difícil que los órganos de la generación no estén destinados
a perpetuar las especies.
Su mecanismo es admirable y la sensación que la Naturaleza hace sentir a ese mecanismo es más admirable aún.
Epicuro debía haber confesado que el placer es divino, y que ese placer es una causa final, que produce
sin cesar seres sensibles
que no han podido darse la sensación a sí mismos. Epicuro fue un grande hombre para la época en que nació.
Vio lo que Descartes niega, lo que Gassendi afirma, lo que Newton demuestra: que no hay movimiento sin vacío.
Concibió la necesidad de los átomos para que sirvieran de partes constituyentes
a las especies invariables: esta idea es muy filosófica. Sobre todo no hay nada tan respetable como la
moral de los verdaderos epicúreos:
consistía en el alejamiento de los negocios públicos, que son incompatibles con la sabiduría y con la amistad,
sin la cual la vida es una carga pesada. Pero el resto de la física de Epicuro me parece tan inadmisible
como la materia estriada de Descartes. Me parece que es ponerse una venda en los ojos y otra en el
entendimiento sostener que no existe ningún designio en la Naturaleza, y si existe designio, existe en él
una causa inteligente, existe Dios.
Se nos presentan como objeción las irregularidades del globo: los volcanes, las llanuras movedizas de arena,
algunas montañas sumergidas en los abismos y otras formadas por los terremotos. Pero porque se incendien
los
cubos de las ruedas de vuestra carroza, ¿puede deducirse que vuestra carroza no se construyó expresamente para
transportaros
de un sitio a otro?
La cadena de montañas que coronan los dos hemisferios y más de seiscientos ríos
que fluyen hasta los mares;
todos los arroyos que descienden de los depósitos de agua y que engruesan los ríos después de haber fertilizado
los campos; los millares de fuentes que nacen del mismo manantial que abrevan a los animales y los vegetales;
todo esto no parece que pueda ser efecto de un caso fortuito y de una declinación de átomos, como no deben
serlo la retina que recibe los rayos de la luz, el cristalino que lo refracta, el yunque, el martillo,
el estribo y el tambor de la oreja, que reciben los sonidos, la corriente de sangre en nuestras venas, la sístole
y la diástole del corazón, todo ese balancín de la máquina que constituye la vida.
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