CAUSAS FINALES (1) (2) (3)
I
Virgilio dice en la Eneida: «Mens agitad molen el magno se corpore miscet»;
que quiere decir: «El talento dirige el mundo, se mezcla con él y lo anima».
Virgilio tiene razón, y Baruch Spinoza, que no tenía la claridad del ingenio de Virgilio y vale menos que
él, se vio obligado a reconocer una inteligencia que lo preside todo. En 1770
apareció un hombre superior a Spinoza bajo algunos aspectos, tan elocuente como es seco el judío holandés, menos metódico, pero
mucho más claro; quizás tan geómetra como éste, pero sin afectar el paso ridículo de la geometría
por un asunto metafísico y moral. Este hombre es el barón d'Holbach, autor de El sistema de la Naturaleza. Aconsejo
a todos los que deseen instruirse y aprovecharse
de la razón que lean este elocuente y peligroso pasaje de
El sistema de la Naturaleza:
«Se pretende que los animales nos suministran una prueba convincente de una causa poderosa de su existencia;
se nos dice que el admirable acuerdo de todas sus partes, que
se prestan unas a otras mutuo auxilio con el fin de llenar sus funciones y mantener su conjunto, nos da
a entender
que es obra de un artífice que reúne poder y sabiduría. No podemos dudar del poder de la Naturaleza. Produce todos
los animales que existen con la ayuda de las combinaciones de la materia, que está continuamente en acción; la armonía
entre las partes de que se componen los animales es una consecuencia de las leyes necesarias de su naturaleza y de su
combinación. En cuanto cesa esa armonía, el animal se destruye necesariamente. Entonces, ¿para qué sirve la sabiduría,
la inteligencia o la bondad de la supuesta causa a la que se hace el honor de atribuir la tan elogiada armonía?
Esos animales maravillosos, que creen ser obra de un Dios inmutable, ¿no se alteran sin cesar y no acaban siempre
por destruirse? ¿Dónde está la sabiduría, la bondad, la previsión, la inmutabilidad del obrero, que sólo parece
que se ocupa en desarreglar y en romper los resortes de las máquinas que se tienen como obras maestras de su poder
y de su habilidad? Si ese Dios no puede obrar de otro modo, no es libre ni poderoso; si cambia de voluntad, no es
inmutable; si permite que las máquinas que dotó de sensibilidad sufran dolores, no es bondadoso; si no pudo conseguir
que sus obras fueran más sólidas, carece de habilidad. Al ver que los animales, como las demás obras de la Divinidad,
se destruyen, es preciso que deduzcamos o que todo lo que la Naturaleza hace es necesario y es una consecuencia de
sus leyes, o que el obrero que la hace obrar carece de plan, de poder, de constancia, de habilidad y de bondad.
»El hombre, que se cree la obra maestra de la Divinidad, nos suministrará,
mejor que las demás producciones de la
Naturaleza, la prueba de la incapacidad o de la malicia de su supuesto autor (1). En ese ser sensible, inteligente, pensador, que se
cree objeto constante de la predilección divina y que se forja a Dios por su propio modelo, no
vemos mas que una máquina más móvil, más frágil, más fácil de desarreglarse por su grande complicación que la de
los seres más groseros. Las bestias, que están desprovistas de nuestros conocimientos; las plantas, que vegetan;
las piedras, que no sienten, bajo muchos aspectos son seres mucho más favorecidos que el hombre. Al menos están exentos de las
penas del espíritu, de las torturas del pensamiento, de los pesares que nos devoran. ¿Quién no quisiera ser
animal o piedra cuando recuerda la pérdida irreparable de un objeto amado? ¿No
es preferible ser una masa inanimada a ser un supersticioso inquieto que pasa la vida temblando, uncido
a la vida presente y esperando además infinitos tormentos en la vida
futura? Los seres que están privados de sentimientos, vida, memoria y pensamiento, no se afligen nunca
por la idea del pasado, del presente ni del porvenir; no se creen jamás en peligro de ser eternamente
desgraciados por haber raciocinado mal, como los seres predilectos, que abrigan la pretensión de que
el arquitecto del mundo construyó el universo para ellos.
»Que no nos digan, pues, que no podemos tener la idea de una obra sin tener la de su distinguido obrero.
La «Naturaleza no es una obra». Existió siempre por sí misma; todo se produce en su seno; es un taller
inmenso, provisto de materiales, que construye los instrumentos que le sirven para obrar. Todas sus obras
son efectos de su energía y de los agentes o causas que ella crea, contiene y pone en acción. Elementos
eternos, increados, indestructibles, siempre en movimiento, combinándose de diferentes modos, hacen
nacer todos los seres y los fenómenos que vemos, todos los efectos buenos o malos que sentimos, el orden
o el desorden, que sólo distinguimos por las diferentes maneras con que nos afectan, hacen nacer todas
las maravillas que nos hacen meditar y razonar. Para esto, tales elementos sólo necesitan sus propiedades
(ya particulares, ya reunidas), y el movimiento que les es esencial, sin que sea preciso recurrir
a un obrero
desconocido que las arregle y las combine, las conserve y las disuelva.
»Pero suponiendo por un instante que sea imposible concebir la formación del universo sin la intervención
de un obrero que lo creara y que vele por su obra, ¿dónde colocaremos a ese obrero?, ¿fuera
o dentro del
universo?, ¿es materia o movimiento?, ¿o bien no es mas que el espacio, la nada
o el vacío? En todos estos casos, no debe ser nada o debe estar contenido en la Naturaleza y sometido
a
sus leyes. Si está en la Naturaleza, sólo debe ser materia en movimiento, y debo deducir que el agente que
la mueve es corporal y material, y por consecuencia está sujeto a disolverse. Si este agente está fuera de
la Naturaleza, ya no puede tener ninguna idea del lugar que ocupa, ni de un ser inmaterial, ni de la manera
como un espíritu sin extensión puede obrar sin la materia, de la que está separado. Esos espacios desconocidos
que la imaginación ha colocado más allá del mundo visible no existen para un ser que apenas ve lo que tiene
a sus pies (2); el poder ideal que habita en ellos sólo puede revestirse ante mi espíritu con los colores fantásticos que
mi imaginación combine a la ventura, pero que siempre se verá obligada a tomarlos del mundo que conoce.
En este caso, no haré mas que reproducir en idea lo que realmente hayan apercibido mis sentidos, y el Dios
que yo me esfuerzo en separar de la Naturaleza y en colocar fuera de su recinto entrará siempre en él necesariamente y
contra mi voluntad.
»Insistiendo en defender esas teorías, se me objeta diciéndome que si presentáramos una estatua
o un reloj
a un salvaje que nunca hubiera visto ni una ni otra cosa, no podría dejar de reconocer que eran obras de
un ser muy inteligente, más hábil y más industrioso que él, deduciendo de
esto que nosotros nos vemos también obligados a reconocer que la máquina del
universo, el hombre y los
fenómenos de la Naturaleza son obra de un agente cuya inteligencia y poder sobrepujan
a la inteligencia
y al poder humano. A esto respondo que no podemos dudar que la Naturaleza sea muy poderosa. Admiramos su industria cuantas veces nos
sorprenden los efectos trascendentales complicados y varios que encontramos en algunas de sus obras,
que apenas nos tomamos el trabajo de meditar; sin embargo, ella no es nunca ni más ni menos industriosa
en una de sus obras que en las demás. No comprendemos mejor cómo produce una piedra
o un metal que cómo
produce una cabeza tan bien organizada como la de Newton. Llamamos industrioso al hombre que sabe hacer
lo que nosotros no sabemos. La Naturaleza puede hacerlo todo, y desde el momento en que
una cosa existe, prueba que la pudo hacer. De modo que sólo con relación a nosotros mismos juzgamos
industriosa a la Naturaleza, la comparamos entonces con nosotros mismos, y como gozamos de la cualidad
llamada inteligencia, con cuya ayuda producimos obras en las que demostramos nuestra industria, deducimos
de esto que las obras de la Naturaleza que más nos asombran no son obras suyas, sino debidas
a un obrero inteligente como nosotros, cuya inteligencia ponemos al nivel del asombro que sus
obras nos producen, es decir, que producen a nuestra debilidad y a nuestra propia ignorancia.»
He aquí la respuesta a esos argumentos en la sección
siguiente, escrita mucho tiempo antes que El sistema
de la Naturaleza.
__________
(1) Si es maligno, no es incapaz; y si es capaz, esto
es, si tiene poder y sabiduría, no es maligno.
(2) O el mundo es infinito, o el espacio es infinito:
elegid.
|