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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

 

 

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CAUSAS FINALES (1) (2) (3)

I

Causas finales - Diccionario Filosófico de VoltaireVirgilio dice en la Eneida: «Mens agitad molen el magno se corpore miscet»; que quiere decir: «El talento dirige el mundo, se mezcla con él y lo anima».

Virgilio tiene razón, y Baruch Spinoza, que no tenía la claridad del ingenio de Virgilio y vale menos que él, se vio obligado a reconocer una inteligencia que lo preside todo. En 1770 apareció un hombre superior a Spinoza bajo algunos aspectos, tan elocuente como es seco el judío holandés, menos metódico, pero mucho más claro; quizás tan geómetra como éste, pero sin afectar el paso ridículo de la geometría por un asunto metafísico y moral. Este hombre es el barón d'Holbach, autor de El sistema de la Naturaleza. Aconsejo a todos los que deseen instruirse y aprovecharse de la razón que lean este elocuente y peligroso pasaje de El sistema de la Naturaleza:

«Se pretende que los animales nos suministran una prueba convincente de una causa poderosa de su existencia; se nos dice que el admirable acuerdo de todas sus partes, que se prestan unas a otras mutuo auxilio con el fin de llenar sus funciones y mantener su conjunto, nos da a entender que es obra de un artífice que reúne poder y sabiduría. No podemos dudar del poder de la Naturaleza. Produce todos los animales que existen con la ayuda de las combinaciones de la materia, que está continuamente en acción; la armonía entre las partes de que se componen los animales es una consecuencia de las leyes necesarias de su naturaleza y de su combinación. En cuanto cesa esa armonía, el animal se destruye necesariamente. Entonces, ¿para qué sirve la sabiduría, la inteligencia o la bondad de la supuesta causa a la que se hace el honor de atribuir la tan elogiada armonía? Esos animales maravillosos, que creen ser obra de un Dios inmutable, ¿no se alteran sin cesar y no acaban siempre por destruirse? ¿Dónde está la sabiduría, la bondad, la previsión, la inmutabilidad del obrero, que sólo parece que se ocupa en desarreglar y en romper los resortes de las máquinas que se tienen como obras maestras de su poder y de su habilidad? Si ese Dios no puede obrar de otro modo, no es libre ni poderoso; si cambia de voluntad, no es inmutable; si permite que las máquinas que dotó de sensibilidad sufran dolores, no es bondadoso; si no pudo conseguir que sus obras fueran más sólidas, carece de habilidad. Al ver que los animales, como las demás obras de la Divinidad, se destruyen, es preciso que deduzcamos o que todo lo que la Naturaleza hace es necesario y es una consecuencia de sus leyes, o que el obrero que la hace obrar carece de plan, de poder, de constancia, de habilidad y de bondad.

»El hombre, que se cree la obra maestra de la Divinidad, nos suministrará, mejor que las demás producciones de la Naturaleza, la prueba de la incapacidad o de la malicia de su supuesto autor (1). En ese ser sensible, inteligente, pensador, que se cree objeto constante de la predilección divina y que se forja a Dios por su propio modelo, no vemos mas que una máquina más móvil, más frágil, más fácil de desarreglarse por su grande complicación que la de los seres más groseros. Las bestias, que están desprovistas de nuestros conocimientos; las plantas, que vegetan; las piedras, que no sienten, bajo muchos aspectos son seres mucho más favorecidos que el hombre. Al menos están exentos de las penas del espíritu, de las torturas del pensamiento, de los pesares que nos devoran. ¿Quién no quisiera ser animal o piedra cuando recuerda la pérdida irreparable de un objeto amado? ¿No es preferible ser una masa inanimada a ser un supersticioso inquieto que pasa la vida temblando, uncido a la vida presente y esperando además infinitos tormentos en la vida futura? Los seres que están privados de sentimientos, vida, memoria y pensamiento, no se afligen nunca por la idea del pasado, del presente ni del porvenir; no se creen jamás en peligro de ser eternamente desgraciados por haber raciocinado mal, como los seres predilectos, que abrigan la pretensión de que el arquitecto del mundo construyó el universo para ellos.

»Que no nos digan, pues, que no podemos tener la idea de una obra sin tener la de su distinguido obrero. La «Naturaleza no es una obra». Existió siempre por sí misma; todo se produce en su seno; es un taller inmenso, provisto de materiales, que construye los instrumentos que le sirven para obrar. Todas sus obras son efectos de su energía y de los agentes o causas que ella crea, contiene y pone en acción. Elementos eternos, increados, indestructibles, siempre en movimiento, combinándose de diferentes modos, hacen nacer todos los seres y los fenómenos que vemos, todos los efectos buenos o malos que sentimos, el orden o el desorden, que sólo distinguimos por las diferentes maneras con que nos afectan, hacen nacer todas las maravillas que nos hacen meditar y razonar. Para esto, tales elementos sólo necesitan sus propiedades (ya particulares, ya reunidas), y el movimiento que les es esencial, sin que sea preciso recurrir a un obrero desconocido que las arregle y las combine, las conserve y las disuelva.

»Pero suponiendo por un instante que sea imposible concebir la formación del universo sin la intervención de un obrero que lo creara y que vele por su obra, ¿dónde colocaremos a ese obrero?, ¿fuera o dentro del universo?, ¿es materia o movimiento?, ¿o bien no es mas que el espacio, la nada o el vacío? En todos estos casos, no debe ser nada o debe estar contenido en la Naturaleza y sometido a sus leyes. Si está en la Naturaleza, sólo debe ser materia en movimiento, y debo deducir que el agente que la mueve es corporal y material, y por consecuencia está sujeto a disolverse. Si este agente está fuera de la Naturaleza, ya no puede tener ninguna idea del lugar que ocupa, ni de un ser inmaterial, ni de la manera como un espíritu sin extensión puede obrar sin la materia, de la que está separado. Esos espacios desconocidos que la imaginación ha colocado más allá del mundo visible no existen para un ser que apenas ve lo que tiene a sus pies (2); el poder ideal que habita en ellos sólo puede revestirse ante mi espíritu con los colores fantásticos que  mi imaginación combine a la ventura, pero que siempre se verá obligada a tomarlos del mundo que conoce. En este caso, no haré mas que reproducir en idea lo que realmente hayan apercibido mis sentidos, y el Dios que yo me esfuerzo en separar de la Naturaleza y en colocar fuera de su recinto entrará siempre en él necesariamente y contra mi voluntad.

»Insistiendo en defender esas teorías, se me objeta diciéndome que si presentáramos una estatua o un reloj a un salvaje que nunca hubiera visto ni una ni otra cosa, no podría dejar de reconocer que eran obras de un ser muy inteligente, más hábil y más industrioso que él, deduciendo de esto que nosotros nos vemos también obligados a reconocer que la máquina del universo, el hombre y los fenómenos de la Naturaleza son obra de un agente cuya inteligencia y poder sobrepujan a la inteligencia y al poder humano. A esto respondo que no podemos dudar que la Naturaleza sea muy poderosa. Admiramos su industria cuantas veces nos sorprenden los efectos trascendentales complicados y varios que encontramos en algunas de sus obras, que apenas nos tomamos el trabajo de meditar; sin embargo, ella no es nunca ni más ni menos industriosa en una de sus obras que en las demás. No comprendemos mejor cómo produce una piedra o un metal que cómo produce una cabeza tan bien organizada como la de Newton. Llamamos industrioso al hombre que sabe hacer lo que nosotros no sabemos. La Naturaleza puede hacerlo todo, y desde el momento en que una cosa existe, prueba que la pudo hacer. De modo que sólo con relación a nosotros mismos juzgamos industriosa a la Naturaleza, la comparamos entonces con nosotros mismos, y como gozamos de la cualidad llamada inteligencia, con cuya ayuda producimos obras en las que demostramos nuestra industria, deducimos de esto que las obras de la Naturaleza que más nos asombran no son obras suyas, sino debidas a un obrero inteligente como nosotros, cuya inteligencia ponemos al nivel del asombro que sus obras nos producen, es decir, que producen a nuestra debilidad y a nuestra propia ignorancia.»

He aquí la respuesta a esos argumentos en la sección siguiente, escrita mucho tiempo antes que El sistema de la Naturaleza.

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(1) Si es maligno, no es incapaz; y si es capaz, esto es, si tiene poder y sabiduría, no es maligno.

(2) O el mundo es infinito, o el espacio es infinito: elegid.

 

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