CARTESIANISMO
Como dijimos en el capítulo titulado
Aristóteles, este filósofo y sus sectarios se sirvieron
de palabras incomprensibles para significar cosas que no se pueden concebir, como por ejemplo entelequias, formas
substanciales, especies intencionadas, etc. Después de todo, esas palabras sólo significan la existencia de las
cosas cuya naturaleza ignoramos. La causa que hace que el rosal produzca rosas y no albaricoques, la causa que
determina a los perros a correr tras las liebres, en una palabra, lo que constituye las propiedades de cada ser,
se ha llamado «forma substancial»; la causa de que nosotros pensemos se llamó «entelequia»; la que motiva que
veamos un objeto se llamó «especie intencional», y sobre estas materias hasta hoy no hemos adelantado
un paso. Las palabras «fuerza», «alma» y «gravitación» tampoco nos dan a conocer ni el principio, ni la
naturaleza de la fuerza, ni los del alma, ni los de la gravitación. Sólo conocemos sus propiedades,
y probablemente no adelantaremos más en este estudio mientras sólo seamos hombres.
Lo esencial para nosotros consiste en servirnos con ventaja de los instrumentos que nos
facilita la Naturaleza, sin comprender nunca la estructura íntima del principio de estos instrumentos.
Arquímedes se sirvió admirablemente de estos medios, sin saber a ciencia cierta en qué consistían.
La verdadera física consiste, pues, en determinar bien todos los efectos. Las primeras causas las
conoceremos cuando seamos dioses. Podemos calcular, pensar, medir y observar: he aquí la filosofía natural;
casi todo lo demás es una quimera.
Descartes, cuando hizo el viaje a Italia, tuvo la desgracia de no
consultar con Galileo, que calculaba, pesaba, medía y observaba; inventó el compás de proporción,
encontró el peso de la atmósfera, descubrió los satélites de Júpiter y la
rotación del sol sobre su eje. Es sobre todo extraño que nunca citara a Galileo y que citara al jesuita Scheiner, plagiario
y enemigo de Galileo, el cual contradijo las opiniones de este gran hombre ante el Tribunal de la Inquisición, cubriendo de oprobio
a Italia, mientras Galileo la cubría de gloria.
Descartes incurrió en los siguientes errores:
1.º Suponer que existían tres elementos, que no eran evidentes, después de haber dicho que no
debemos creer nada cuando no tenemos la evidencia.
2.º Haber dicho que hay siempre igualdad de movimientos en la Naturaleza, lo que está demostrado
como falso.
3.º Decir que la luz no proviene del sol y que se transmite
a nuestros ojos en un instante, lo que han demostrado que es
falso los experimentos de Roémer, Molineux y Brandey, y hasta el simple experimento del prisma.
4.º Admitir que todo está lleno en la Naturaleza, pues si así fuera quedaba demostrado que
todo movimiento era imposible, y que un pie cúbico de aire pesaría tanto como un
pie cúbico de oro.
5.º Suponer que daban sin cesar vueltas imaginarias supuestos glóbulos de luz para
explicarse el arco iris.
6.º Haber ideado un torbellino de materia sutil que arrastra la tierra y la luna paralelamente
al Ecuador y que hace caer los cuerpos graves en una línea que tiende al centro de la
tierra; y se ha demostrado que, admitiéndose la hipótesis de ese torbellino imaginario, caerían todos los cuerpos
siguiendo una línea perpendicular al eje de la tierra.
7.º Suponer que los cometas que se mueven de Oriente hacia Occidente y de Norte
a Sur son impelidos por los torbellinos que
se mueven desde Occidente hacia Oriente.
8.º Suponer que por el movimiento de rotación los cuerpos más densos iban
a parar al centro y los más sutiles a la circunferencia, lo que es contrario a todas las leyes de la
Naturaleza.
9.º Haber establecido esa novela por medio de suposiciones más quiméricas todavía que la
misma novela, diciendo contra todas las leyes de la Naturaleza que esos torbellinos
no se confundirían nunca unos con otros.
10.º Haber atribuido la formación de esos torbellinos
a las mareas y a las propiedades del imán.
11.º Suponer que el mar tiene curso continuo que lo arrastra de Oriente
a Occidente.
12.º Imaginar que el primer elemento de la materia mezclado con el segundo forman el mercurio,
el cual, al componerse de esos dos elementos, es fluyente como el agua y compacto como la tierra.
13.º Suponer que la tierra es un sol que tiene costra.
14.º Imaginar que existen grandes cavidades debajo de las montañas, que reciben el agua del mar,
y forman las fuentes.
15.º Suponer que las minas de cal provienen del mar.
16.º Imaginar que las partes de su tercer elemento componen vapores que forman los metales
y los diamantes.
17.º Que el fuego es producto del combate entre el primero y segundo elemento.
18.º Que llena los poros del imán la materia acanalada, la cual enfila la materia sutil que
viene del polo boreal.
19.º Que la cal viva se inflama echándole agua porque el primer elemento expulsa al
segundo elemento de los poros de la cal.
20.º Que las comidas que digiere el estómago pasan por una infinidad de agujeros
a una vena grande, que las lleva al hígado,
lo que es enteramente contrario a la anatomía.
21.º Que el quilo, cuando está formado, adquiere en el hígado la forma
de sangre, lo que también es falso.
22.º Que la sangre se dilata en el corazón por medio de
un fuego sin luz.
23.º Que el pulso depende de once pequeñas pieles que cierran y abren las entradas
de los cuatro vasos en las dos concavidades del corazón.
24.º Que cuando el hígado se ve apremiado por los nervios, las partes más sutiles
de la sangre suben hacia el corazón.
25.º Que el alma reside en la glándula pineal del cerebro.
26.º Que el corazón se forma de la semilla que se dilata.
Esto es asegurar más de lo que podemos saber; para asegurarlo, era preciso ver cómo se dilataba la semilla y cómo se
formaba el corazón.
27.º Para no hacernos pesados, nos concretaremos a
notar que su sistema sobre los animales, que no fundó en ninguna razón
física, ni en ninguna razón moral, ni sobre nada razonable, lo han rechazado justamente todos los que raciocinan y están
dotados de sentimiento.
Es preciso confesar que no hay una sola novedad en la física de Descartes que no sea un error.
No es porque no estuviera dotado de muchísimo ingenio, que lo tenía, sino porque sólo consultaba su ingenio,
y no consultaba la experiencia ni las
matemáticas. Siendo uno de los mejores geómetras de Europa, abandonó la geometría y se entregó de lleno
a su imaginación,
consiguiendo sustituir con su caos el caos de Aristóteles, retardando de este modo más
de cincuenta años los progresos del
espíritu humano (1). Sus errores son indisculpables, porque tuvo para penetrar en el laberinto de la física un hilo que
Aristóteles no pudo tener; el de los experimentos y el de los descubrimientos de Galileo, de Torricelli y de otros, y sobre
todo, su propia geometría.
Hay que notar que algunas universidades condenaron
con su filosofía algunas cosas verdaderas, y adoptaron muchas falsas. Pero afortunadamente, en la actualidad,
de los falsos sistemas y de las ridículas disputas que originaron,
sólo queda un recuerdo confuso, que se va borrando de día en día. La ignorancia preconiza todavía algunas veces
a Descartes,
y hasta esa especie de amor propio que llaman «nacional» se esfuerza por sostener su filosofía. Personas que jamás leyeron
a
Descartes ni a Newton supusieron que éste debía a aquél sus descubrimientos, pero no se encuentra en ninguno de los edificios
imaginarios de Descartes una sola piedra sobre la que Newton haya fundado los suyos.
Éste ni siguió sus teorías, ni las explicó,
ni las refutó siquiera; apenas le conocía. En una ocasión quiso leer un volumen de Descartes, y puso al margen del libro,
en siete u ocho páginas, la palabra «error», no volviendo a leerle. Dicho volumen fue
a parar a manos del sobrino de Newton.
Hubo una época en la que el cartesianismo estuvo de moda en Francia; pero los experimentos
que sobre la luz hizo Newton
y sus principios matemáticos no pueden nunca ser una moda, como no pueden serlo las demostraciones de Euclides. La filosofía
debe ser verdadera y justa; el filósofo no es francés, ni inglés, ni italiano, es cosmopolita; no debe parecerse
a la duquesa
de Marlborough, que, estando enferma de tercianas, no quiso tomar la quinina porque
a ese medicamento le llamaban en
Inglaterra la «pólvora de los
jesuitas».
El filósofo, al rendir homenaje al genio de Descartes, debe pisotear las ruinas de sus sistemas.
El filósofo debe sobre todo
entregar a la execración pública y al desprecio eterno a los perseguidores de Descartes, que se atrevieron
a acusar de ateísmo
al que agotó toda la sagacidad de su talento buscando nuevas pruebas de la existencia de Dios. Leed el fragmento de M. Thomas
en su Elogio de Descartes, en el que describe enérgicamente al infame teólogo
que se llamaba Boecio, quien levantó esta
calumnia a Descartes; como más tarde el fanático Jurien calumnió a Bayle; como
el vinagrero Chaumeix y Frerón calumniaron
más tarde a la Enciclopedia, y como se calumnia todos los días.
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(1) A pesar de los errores en que incurrió Descartes, no se puede negar que contribuyó al progreso del espírítu humano
con sus descubrimientos matemáticos, que cambiaron la faz de las ciencias, con sus discursos sobre el método, en los que
da el precepto y el ejemplo, y enseñó a los sabios a sacudir el yugo de la autoridad en
filosofía, no reconociendo otros
maestros que la razón, el cálculo y la experiencia.
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