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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


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CARIDAD

Caridad - Diccionario Filosófico de VoltaireCicerón se ocupa en muchas partes de la caridad universal, charitas humani generi. Pero la civilización y la beneficencia de los romanos no establecieron esas casas de caridad en las que los pobres y los enfermos encuentran alivio y sustento a expensas del público, Sólo existió una casa para alojar a los extranjeros en el puerto de Ostia, que se llama Xenodochium. San Jerónimo hace esta justicia a los romanos. Los hospitales fueron desconocidos en la antigua Roma; pero en cambio la Ciudad Eterna favorecía noblemente a los pobres, suministrando al pueblo trigo abundante. Roma estableció trescientos veintisiete graneros inmensos y públicos. Procediendo continuamente con esta liberalidad, se ahorraba tener hospitales, porque socorría a todos los necesitados.

Tampoco podía fundar casas de caridad para los expósitos, porque nadie exponía a sus hijos. Esos señores cuidaban de los hijos de sus esclavos, y para una hija del pueblo no era deshonroso parir. Las familias más pobres, que primero alimentó la república y luego alimentaron los emperadores, tenían segura la subsistencia de sus hijos.

La palabra «casa de caridad» supone en las naciones modernas una indigencia que la forma de nuestros gobiernos no ha podido evitar. La palabra «hospital», que recuerda la «hospitalidad», nos trae a la memoria una virtud célebre en Grecia, que no existe ya; pero también expresa otra virtud superior a aquélla. Hay gran diferencia entre alojar, alimentar y curar a todos los desgraciados que se os presentan y entre admitir en vuestra casa a dos o tres viajeros, reservándoos el derecho de que ellos también os admitan. Después de todo, la hospitalidad no es mas que un cambio de servicio, y los hospitales son monumentos de beneficencia. Verdad es que los griegos tuvieron también sus hospitales para los extranjeros, los enfermos y los pobres. El hospital de los extranjeros se llama Xenodohia, el hospital para los enfermos Nozocomeia y el hospital para los pobres Ptokia.

Actualmente todas las ciudades de Europa tienen hospitales. Los tienen los turcos hasta para las bestias, lo que parece un ultraje a la caridad. Valdría más que se olvidaran de las bestias y cuidaran más a los hombres. La prodigiosa multitud de casas de caridad que existen prueba una verdad que no llama nuestra atención tanto como debía: que el hombre no es tan perverso como se cree, y a pesar de sus falsas opiniones y de los horrores de la guerra que le convierten en fiera, es un animal bueno y sólo es malo cuando se enfurece, lo mismo que los demás animales. Lo malo es que se le provoca con demasiada frecuencia.

La moderna Roma tiene casi tantas casas de caridad como la antigua Roma tenía arcos de triunfo y otros monumentos de sus conquistas. La más considerable de esas casas es un Banco que presta sobre prendas al dos por ciento, y vende los efectos si el que los empeñó no los retira en tiempo dado. Esa casa se llama «Archihospital». Dícese que esa casa encierra casi siempre dos mil enfermos, cuyo número compone la quincuagésima parte de los habitantes de Roma; esto sin contar los niños que educa y los peregrinos que alberga.

En una relación que se imprimió en Roma consta que el hospital de la Trinidad dio cama y alimento durante tres días a cuatrocientos cuarenta mil quinientos peregrinos y a veinticinco mil quinientas peregrinas durante el jubileo del año 1600. Misson dice que el hospital de la Annunciata, de Nápoles, posee dos millones de renta.

Tal vez una casa de caridad fundada para recibir peregrinos, que ordinariamente son vagabundos, sirva más para aumentar la holgazanería que para hacer una obra de beneficencia; pero es verdaderamente humano y digno de aplauso que se hayan establecido en Roma cincuenta casas de caridad de varias clases. Esos establecimientos de beneficencia son tan útiles y respetables como son inútiles y ridículas las riquezas de algunos monasterios y las capillas. Es meritorio dar pan, vestido, medicamentos y auxilios de todas clases a nuestros hermanos. Pero ¿para qué necesitan los santos el oro y los diamantes? ¿Qué beneficio reporta a los hombres que Nuestra Señora de Loreto disponga de un tesoro más rico que el del sultán de los turcos? Nuestra Señora de Loreto es una casa de vanidad, no es una casa de beneficencia.

Londres, si contamos las escuelas de caridad, tiene tantas casas de beneficencia como Roma.

El más hermoso monumento de beneficencia que se levantado en el mundo es el hospital de Inválidos, que fundó Luis XIV. El hospital que diariamente recibe más enfermos pobres es el Hospital general de París. Con frecuencia alberga de cuatro a cinco mil de estos desgraciados; en tales casos la multitud perjudica a la caridad. Ese establecimiento es al mismo tiempo el receptáculo de las horribles miserias humanas y el templo de la verdadera virtud, que es la que la socorre.

Continuamente acude a la imaginación el contraste que forman una fiesta de Versalles o una ópera de París, en las que se reúnen con exquisito arte todas las magnificencias, y un Hospital general, en el que los dolores, las miserias y la muerte se amontonan con horror. Éstos son los contrastes que se encuentran en las grandes ciudades.

Por un refinamiento de la civilización, hasta el lujo y las voluptuosidades sirven para atenuar la miseria y el dolor. Los espectáculos de París pagan un tributo anuo al Hospital general, que excede de cien mil escudos. En esos establecimientos de caridad, los inconvenientes que se ofrecen sobrepujan con frecuencia a las ventajas, y una prueba de que se cometen abusos en esas casas es que los desgraciados que carecen de recursos temen entrar en ellas.

 

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