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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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CARÁCTER

Carácter - Diccionario Filosófico de VoltaireSu etimología viene de la palabra griega impresión, y significa lo que la Naturaleza ha grabado en nosotros. ¿Puede cambiarse de carácter? Sí, cuando se cambie de cuerpo. Sucede que el hombre que nació pendenciero, inflexible y violento, al llegar a la vejez es víctima de la apoplejía, y llega a convertirse en un niño tímido, llorón y miedoso, y entonces puede decirse que cambia de cuerpo. Pero mientras sus nervios y su sangre permanezcan en estado natural, no cambiará de carácter, como no cambian de instinto los lobos ni las focas.

Nuestras ideas y nuestros sentimientos forman el carácter, y está probado que no adquirimos los sentimientos y las ideas que queremos; luego el carácter no depende de nosotros, porque si dependiera, todo el mundo sería perfecto. No pudiendo adquirir ciertas aficiones y cierta clase de talento, ¿cómo podríamos adquirir ciertas cualidades? El que no reflexiona se imagina que es dueño de todo; pero el que reflexiona comprende que no es dueño de nada.

Para cambiar en absoluto el carácter de un hombre, se necesita purgarlo todos los días, debilitándole hasta el extremo de matarle paulatinamente. Carlos XII, cuando sufría la fiebre de supuración en el camino de Vender, era completamente otro hombre; se dejaba manejar como un niño.

El que nace con nariz defectuosa y ojos de gato, puede tapárselos con una mascarilla; ¿pero puede ocultar el carácter que debe a la Naturaleza? Un hombre dotado de carácter violento y arrebatado se presentó ante Francisco I, rey de Francia, para quejarse de una injusticia. La presencia del monarca, el aspecto respetuoso de los cortesanos y el sitio en que se encontraba, causaron en este hombre tan fuerte impresión, que le hizo maquinalmente inclinar la vista al suelo, dulcificar su voz ruda y presentar humildemente su memorial, apareciendo tan flexible como los cortesanos, entre los que se encontró desconcertado. Pero si Francisco I hubiera sido fisonomista, hubiera descubierto fácilmente en sus ojos inclinados, pero encendidos por fuego sombrío, en los músculos tirantes de su rostro y en sus labios apretados, que aquel hombre no era tan humilde como quería aparecer. Dicho hombre estuvo con el rey en la batalla de Pavía, fue preso con él y con él encarcelado en Madrid. La majestad de Francisco I ya no le causaba la misma impresión que el día en que lo vio por primera vez, y el respeto se convirtió en familiaridad. Un día que le quitaba las botas al rey y se las quitaba mal, Francisco I, malhumorado por su desgracia, se incomodó con él. El hombre le envió a paseo con malos modos y arrojó las botas por la ventana.

Sixto V nació petulante, terco, altivo, impetuoso, arrogante y vengativo, pero modificó su carácter mientras pasó por las pruebas de su noviciado. Desde que empezó a gozar de algún crédito en su orden, se encolerizó contra un guardián del convento, y le dio tantos puñetazos que le hizo perder los sentidos. Cuando fue inquisidor en Venecia, ejerció insolentemente su cargo; pero cuando fue cardenal y estaba poseído dalla rabbia papale, supo ocultar su temperamento con singular hipocresía, apareciendo humilde en extremo. Le eligieron Papa, y en el mismo momento se soltó el resorte que la política y la conveniencia tenían contraído, y fue el más fiero y el más despótico de los soberanos.

La religión y la moral ponen freno a los caracteres impetuosos, pero no pueden destruirlos. El borracho que entra en el claustro se concreta a beber en cada comida una pequeña cantidad de sidra; no se emborracha, pero toda la vida tiene afición al vino.

La edad debilita el carácter. Es un árbol que sólo produce ya algunos frutos degenerados, pero siempre son de la misma especie; se llena de nudos y de musgo, queda carcomido, pero siempre sigue siendo peral o manzano. Si pudiéramos cambiar de carácter, tomaríamos uno que nos hiciera dueños de la Naturaleza; pero no podemos tomar nada: todo lo recibimos. Probad a animar a un indolente dotándole de continuada actividad, probad a helar por medio de la apatía al hombre ardiente e impetuoso, y no lo conseguiréis, como no conseguiríais dotar de vista a un ciego de nacimiento. Perfeccionamos, dulcificamos y ocultamos el carácter que debemos a la Naturaleza, pero no podemos cambiarlo.

Podemos decir a un piscicultor que tiene demasiados peces en su vivero y que por eso no prosperarán; podemos decirle que tiene demasiados animales en sus prados, y se criarán flacos y enfermizos. Después de darle este consejo, puede suceder que los sollos se le coman la mitad de las carpas y los lobos la mitad de sus corderos, y los animales que queden vivos engorden. ¿Le aplaudiremos por eso? Ese campesino eres tú mismo; una de tus pasiones devora a las demás, y tú crees haber triunfado de ti mismo. Casi todos los hombres nos parecemos al general anciano que, habiendo cumplido noventa años, encontró a oficiales jóvenes moviendo escándalo con mujeres de mala vida, y encolerizándose con ellos, les dijo: «Señores, no es ése el ejemplo que les doy.»

 

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