CANTO, MÚSICA, MELOPEA
Un turco no podría concebir que tengamos una clase de canto para el primero de nuestros misterios cuando lo representamos con música; otra clase
que llamamos motetes y cantamos en el mismo templo; una tercera clase de canto para el teatro de la ópera cómica. De ese mismo modo, pues, no podemos comprender cómo los antiguos tocaban las flautas y se presentaban en sus teatros con la cabeza tapada con
una enorme máscara, ni cómo su declamación estaba puesta en música. Se promulgaban las leyes en Atenas casi como se canta en París una canción en el Puente Nuevo. El pregonero público cantaba un edicto con el acompañamiento de una lira. Después de la victoria de Cheronea, Filipo, padre de Alejandro, se puso
a cantar el decreto que le había escrito Demóstenes para declarar la guerra.
Es verosímil que la «melopea», que Aristóteles considera en su
Poética como parte esencial de la tragedia, fuera un
canto sencillo y llano, como el que se llama de «prefacio» en la misa,
o sea el canto gregoriano, que es una verdadera «melopea».
Cuando los italianos hicieron revivir la tragedia en el siglo XVI, el recitado era una melopea, y como no se podía poner en nota, lo aprendían de memoria. Esa costumbre
fue admitida en Francia cuando los franceses empezaron a formar su teatro, un siglo después que los italianos. La
Sofonisba de Mairet se cantaba como la de Trissin, pero
más groseramente, porque entonces era bastante ruda la garganta de
París, lo mismo que el talento. Los papeles de los actores, y sobre todo
los de las actrices, se cantaban de memoria. Mlle. Beauval, actriz de la época de Corneille,
Racine y Molière, me recitó, hace ya más de sesenta años, el principio del papel de Emilia en la tragedia
Cinna, como lo declamó
la Baupré, en las primeras representaciones. La tal melopea se parecía a la declamación actual mucho menos que el modo de recitar moderno se parece al modo de leer la
Gaceta. Sólo puedo comparar esa especie de canto llamado melopea a los admirables recitados de Lulli, tan criticados por los adoradores de las semicorcheas, que desconocen completamente el genio de nuestra lengua y desean ignorar los recursos que proporciona esa melodía
a un actor ingenioso y sensible. La melopea teatral murió con la comedianta Dunclós, que no teniendo otro mérito que poseer una hermosa voz, carecía de corazón y de talento, y puso en ridículo lo que había excitado la admiración del público en las actrices
Ceillets y Champmmalé.
Actualmente se representa la tragedia con sequedad, y si no la recalentase lo patético del espectáculo y de la acción, sería muy insípida. El siglo
XVIII, muy recomendable por otros conceptos, es el siglo de la sequedad. ¿Es verdad que en la época de los romanos recitaba un actor mientras desempeñaba otro la parte mímica? No
fue por burlarse por lo que el abad Dubos ideó este singular modo de declamar. Tito Livio, que no descuidó nunca el instruirnos en los usos y costumbres de los romanos, y que en esto es más útil que el ingenioso Tácito, nos refiere que Auctrónico; habiendo quedado ronco al cantar en los intermedios, consiguió que otro cantase por él, mientras él ejecutaba la danza, y que de aquí provino la costumbre de dividir los intermedios entre los bailarines y los cantores. Pero no se repartían el recitado de la pieza entre un actor que hiciera gestos y otro que declamara, porque esto hubiera sido tan ridículo como impracticable.
Las pantomimas que se representan sin hablar pertenecen
a un arte muy diferente. Pero este arte sólo puede gustar cuando
representa un hecho marcado, un acontecimiento teatral que se dibuja
fácilmente en la imaginación del espectador. Puede representarse a Orosmán
matando a Zaira y matándose a sí mismo, a Semíramis herida arrastrándose por las gradas que conducen al sepulcro de Nino y tendiendo los brazos
a su hijo. No se necesitan versos para expresar esas situaciones por
medio de la mímica y el compás de una sinfonía lúgubre y terrible. Pero ¿cómo podrá expresar la pantomima la disertación de
Máximo y de Cinna sobre los gobiernos monárquicos y populares?
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