CADENA O GENERACIÓN DE LOS ACONTECIMIENTOS
Del presente nace el porvenir. Los acontecimientos se encadenan
unos
con otros por invencible fatalidad. En Homero, el destino es superior al
mismo Júpiter. Éste, que es el señor de los dioses y los hombres, declara que le es
imposible impedir que Sarpedón, su hijo, muera en el tiempo que tiene marcado.
Sarpedón nació en el instante en que fue preciso que naciera, y no pudo nacer
en otro instante; tenía que morir delante de Troya y ser enterrado en Licia.
Su cuerpo debía en tiempo determinado producir legumbres que debían convertirse
en la sustancia de algunos naturales de Licia, y los herederos de éstos
debían establecer un nuevo orden en sus Estados, que debían influir en los
reinos inmediatos; de modo que, por una serie de hechos, el destino de casi
todo el mundo dependió de la muerte de Sarpedón, la cual dependía del robo
de Helena, y este robo estaba necesariamente ligado con el matrimonio de Hécuba,
que remontándose a otros acontecimientos, estaba ligado con el origen de
todas las cosas. Si uno solo de estos hechos hubiera sucedido de modo diferente,
habría resultado otro universo, no sería posible que el universo actual existiera;
luego era imposible que Júpiter salvara la vida de su hijo, a
pesar de ser Júpiter.
El sistema de la necesidad y de la fatalidad fue inventado en los tiempos
modernos por Leibniz, según se dice,
con el nombre de «razón suficiente», y sin embargo es muy antiguo.
No es cosa moderna el que no haya efecto sin causa, ni el que muchas veces
la causa más pequeña produzca los mayores efectos.
Confiesa lord Bolingbroke que las cuestiones particulares que mediaron
entre la duquesa de Marlborough y lady Masham le proporcionaron la
ocasión de conocer un tratado entre la reina Ana y Luis. Este tratado
trajo la paz de
Utrecht; la paz de Utrecht afirmó a Felipe V en el trono de España, y Felipe V
tomó Nápoles y Sicilia a la casa de Austria. El príncipe español que
por este motivo reinó en
Nápoles debe evidentemente su reino a lady Masham, y no lo hubiera tenido,
ni quizá hubiera nacido, si la duquesa de Marlborough hubiera sido más
complaciente con la reina de Inglaterra.
Si estudiamos las situaciones de todos los pueblos del universo, nos
convencemos de que llegaron a establecerse por una serie de hechos que no
tienen relación entre sí aparentemente, pero que en realidad están ligados
unos a otros. Todo es rodaje, poleas, cuerdas y resortes en esta inmensa
máquina.
Lo mismo sucede en el orden físico. Un viento que sople desde el fondo del
África trae parte de la atmósfera africana, que cae convertida en lluvia
en los valles de los Alpes, y esas lluvias fecundan nuestras tierras.
Nuestro viento del Norte, a su vez, envía nuestros vapores al clima de los negros: favorecemos
a la Guinea y la Guinea nos favorece. La cadena se extiende
desde un extremo hasta el otro extremo del universo.
Pero me parece que se abusa de la verdad de este principio deduciendo de
él que no hay ni un pequeño átomo cuyo movimiento no haya influido en el arreglo
actual del mundo entero; deduciendo que no hay accidente, por pequeño que
sea, ya en los hombres, ya en los animales, que no constituya un eslabón esencial
de la cadena del destino. Entendámonos: todos los
efectos tienen evidentemente su causa. Podemos remontarnos de causa en causa
hasta el laberinto de la eternidad; pero toda causa no tiene su efecto si descendemos
hasta el fin de los siglos. Confieso que todos los acontecimientos
son producidos unos por otros. Si del pasado nace el presente, del presente
nace el futuro; todo tiene siempre padres, pero no todo tiene hijos.
Sucede en esto precisamente como en el árbol genealógico; cada casa se remonta,
como sabemos, hasta los tiempos de Adán; pero en la familia hay muchos
individuos que mueren sin dejar
posteridad. Existe el árbol genealógico de los acontecimientos del mundo.
Para muchos es incontestable que los habitantes de las Galias y de España
descienden de Gomer, y los rusos de Magog, su hermano pequeño; esta
genealogía se encuentra en muchos libros. Con estos datos no se puede probar
que el Gran Turco, que desciende también de Magog, tuviera la
obligación de ser completamente derrotado en 1769 por la emperatriz de Rusia Catalina
II. Esta aventura se enlaza evidentemente con otras
grandes aventuras, pero que Magog escupiera a derecha o a izquierda en el monte
Cáucaso, que diera dos o tres vueltas alrededor de un pozo, no creo que signifique
nada para la marcha del mundo.
Es preciso tener presente que todo no está lleno en la Naturaleza,
como demostró Newton, y que todo movimiento no se comunica inmediatamente
hasta que da la vuelta al mundo, como ha demostrado también. Arrojad el agua
sobre un cuerpo de parecida densidad, y calcularéis fácilmente que al cabo de algún
tiempo el movimiento de ese cuerpo y el que él ha comunicado
al agua se han extinguido; el movimiento se pierde y
se separa; luego el movimiento que pudo producir Magog escupiendo en un
pozo no puede haber influido en lo que sucede hoy en Moldavia y en Malaquia.
Los acontecimientos presentes no son hijos de todos los acontecimientos pasados.
Tienen sus líneas directas; pero el sinnúmero de líneas colaterales no le sirven
para nada. Por eso repito que todo ser tiene padre, pero todo ser no tiene hijos.
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