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Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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BÚLGAROS

Búlgaros - Diccionario Filosófico de VoltaireAlgunos lectores quizás tengan curiosidad de saber quiénes fueron esas gentes, tratadas de herejes, y cuyo nombre se ha dado en Francia a los no conformistas, que no tienen con las damas las atenciones que éstas se merecen. Los antiguos búlgaros no podían imaginarse que un día, en los mercados de París, la gente del pueblo, en la conversación familiar, se llamarían unos a otros «búlgaros», añadiendo a tal denominación varios epítetos que enriquecen la lengua.

Estos pueblos descienden de los hunos, que se establecieron en las riberas del Volga, y del nombre de volgares se convirtieron en búlgaros. Al finalizar el siglo VII hicieron irrupciones hacia el Danubio, como los demás pueblos que habitaban la Sarmacia, e, igual que éstos, inundaron el Imperio romano. Pasaron por la Moldavia y la Valaquia, adonde los rusos, sus antiguos compatriotas, llevaron sus armas victoriosas en 1769, durante el imperio de Catalina II.

En cuanto pasaron el Danubio se establecieron en parte de la Dacia y de la Moecia, dando su nombre a estos países, que todavía pertenecen a la Bulgaria. Su dominio se extendía hasta el monte Hemus y el Ponto Euxino. El emperador Nicéforo, en la época de Carlomagno, tuvo la imprudencia de acometerles, después que los sarracenos le vencieron, y también fue vencido por los búlgaros. El rey de éstos, que se llamaba Crom, le cortó la cabeza, y convirtió su cráneo en copa, bebiendo en él durante las comidas, según costumbre del país.

Se refiere que en el siglo IX, Bogoris, rey de los búlgaros, que dirigía la guerra empeñada contra la princesa Teodora, madre y tutora del emperador Miguel, quedó tan encantado de la noble contestación que dio dicha emperatriz a su declaración de guerra, que se hizo cristiano. Pero los búlgaros, que no eran tan complacientes, se sublevaron contra él, y entonces Bogoris les enseñó una cruz, se arrodillaron ante ella y pidieron ser bautizados. Así lo refieren los autores griegos del Bajo Imperio, y así lo copian nuestros compiladores. Según ellos dicen, Teodora era una princesa sumamente religiosa, que pasó los últimos años de su vida encerrada en un convento. Tuvo tanto celo por la religión católica griega, que condenó a muerte en varios suplicios a cien mil hombres acusados de ser maniqueos. «Esa secta —dice el modesto continuador de Echard, autor de la Historia romana— era la más impía, la más peligrosa, la más abominable de todas las sectas herejes. Las censuras eclesiásticas eran armas de poca fuerza contra los hombres que se niegan a reconocer a la Iglesia.»

Supónese que los búlgaros, al ver que mataban a todos los maniqueos, empezaron a dedicarse al culto de su religión, y creyeron que era la mejor por ser la más perseguida. Pero esa idea es demasiado sutil para que se les pudiera ocurrir a los búlgaros.

Por aquella época estalló el gran cisma entre la Iglesia griega, dirigida por el patriarca Focio, y la Iglesia latina, regida por el papa Nicolás I. Los búlgaros se afiliaron al partido de la Iglesia griega, y probablemente desde entonces los trataron de herejes en Occidente.

El emperador Basilio les envió, el año 817, un predicador que se llamaba Pedro de Sicilia, para precaverles de la herejía del maniqueísmo. Pero se añade que desde que le oyeron se declararon francamente maniqueos. Lo más probable es que los búlgaros, que bebían en los cráneos de sus enemigos, no fueran excelentes teólogos, y que tampoco lo fuera Pedro de Sicilia. Es singular que se considerase como heréticos temibles a esos bárbaros que no sabían leer ni escribir, y que creyeran peligroso disputar con ellos. Además, no tenían tiempo para ocuparse en controversias, porque estaban empeñados en larga y sangrienta guerra con los emperadores de Constantinopla, guerra que duró cuatro siglos, y en la que llegaron a sitiar la capital del Imperio.

Al principio del siglo XIII pretendió el emperador Alejo que le reconocieran los búlgaros como soberano, y el rey de éstos, Joannic, le contestó que no sería nunca vasallo suyo. El papa Inocencio III aprovechó esta ocasión para atraerse el reino de Bulgaria, y envió al rey Joannic un legado para que le consagrara, como lo hizo, y por este acto pretendió conferirle el reino, que desde entonces debía depender de la Santa Sede.

Era aquél el momento más encarnizado de la guerra de las Cruzadas. Indignados los búlgaros con el proceder de Inocencio III, se aliaron con los turcos, declararon la guerra al Papa y a sus Cruzadas, cogieron prisionero al supuesto emperador Balduino, le cortaron los brazos, las piernas y la cabeza, y convirtieron su cráneo en copa. Este acto bastó para que los búlgaros horrorizasen a Europa, sin necesidad de llamarles maniqueos. La palabra «búlgaro» fue desde entonces considerada como una injuria vaga e indeterminada que se aplica a todo el que tiene costumbres bárbaras o corrompidas. Por eso, durante el reinado de San Luis, el hermano Robert, gran inquisidor y gran malvado, se vio acusado jurídicamente de ser «búlgaro» por el tribunal de Picardía. Felipe el Hermoso aplicó ese epíteto a Bonifacio VIII.

Esa palabra cambió luego de significación en las fronteras de Francia, y se convirtió en una palabra de amistad. Era costumbre muy admitida en Flandes llamar al joven apuesto y de expresivo semblante hermoso «búlgaro», y al hombre bondadoso un buen «búlgaro». Cuando Luis XIV fue a la conquista de Flandes, al verle los flamencos, exclamaron: «Nuestro gobernador es un «búlgaro» ordinario si le compararnos con ese monarca.»

 

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