BUFÓN, BURLESCO
Sutil fue el escoliasta que dijo que la etimología de la palabra «bufón» proviene de un sacrificador de Atenas, llamado Bufo, que, harto de su oficio, huyó para siempre de la ciudad. El Areópago, no pudiendo castigarle, formó proceso al hacha que usaba dicho sacerdote para desempeñar su profesión. Refiérese que esa farsa se representaba todos los años en el templo de Júpiter y la titulaban bufonería; pero esta historieta no me merece gran crédito. La palabra «bufón» no era un nombre propio;
bufonos significaba «inmolador de bueyes». Los griegos nunca llamaron
bufonía a ninguna de sus burlas; dicha ceremonia, aunque parece frívola, pudo haber tenido un origen más humano, digno de los verdaderos atenienses.
Una vez cada año, el sacrificador subalterno, o mejor dicho, el carnicero sagrado, al disponerse
a inmolar un buey, huía, siendo presa de cierto terror, sin duda para recordar
a los hombres que en los tiempos más sencillos y más dichosos sólo consagraban
a los dioses flores y frutos, y que la barbarie de inmolarles animales útiles no se introdujo hasta que hubo allí sacerdotes que engordaban con la sangre que hacían derramar y que vivían
a expensas de los pueblos. Esta idea no tiene nada de bufona.
La voz «bufón» se admitió mucho tiempo después en Italia y en España, y significaba mímico, farsante, juglar. Menaje, después de Saumaise, la deriva de
Hinflata bocca, y en efecto, los bufones suelen tener la cara redonda y las mejillas abultadas. Los italianos llaman
buffone magro (bufón flaco) para clasificar al hombre que las echa de gracioso y no consigue hacer reír
a nadie.
Bufonerías son las farsas más grotescas que se representan en los barracones de las ferias para distraer al populacho. De ese modo empezaron las tragedias para avergonzar al espíritu humano. Thespis
fue un bufón antes que Sófocles fuese un gran hombre. En los siglos XVI y XVII, las tragedias españolas
e inglesas estaban envilecidas por las bufonerías más repugnantes, y los
bufones deshonraron las cortes de los reyes más que deshonraban el
teatro. El moho que dejó la barbarie estaba tan pegado todavía, que los
hombres no gozaban aún de los placeres intelectuales.
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