BRAHMANES (1)
(2)
III
De las mujeres que se arrojan en la hoguera
Los bramines actuales, que son los brahmanes antiguos, han conservado la horrible
costumbre de arrojarse a las llamas. ¿En qué consiste que un pueblo donde no se derramó nunca
la sangre de los hombres ni la de los animales tome todavía como el mayor
acto de devoción quemarse públicamente en una hoguera? La superstición, que une
todas las ideas contradictorias, es el único origen de esto horrible sacrificio,
y la costumbre de verificarlo es más antigua que
las leyes de los pueblos que conocemos.
Suponen los brahmanes que Brahma, su gran profeta e hijo de Dios, descendió
a la tierra, en la que tuvo muchas mujeres, y que cuando murió, la mujer que más
le quería se arrojó a las llamas de su misma hoguera para ir a juntarse con él
en el cielo. Efectivamente, dicha mujer murió abrasada por las llamas, así como Porcia,
mujer de Bruto, se tragó carbones ardiendo para ir a reunirse con su marido.
¿Esta historia es una fábula inventada por los sacerdotes? ¿Existió Brahma
y consiguió, efectivamente, que le tuvieran por profeta e hijo de Dios? Es creíble
que existiera Brahma, así como más tarde existieron Zaratustra y Baco, y la fábula
se apoderaría de su historia, como acostumbra a hacerlo en todas las épocas.
Cuando vieron que la mujer del hijo de Dios se lanzó a la hoguera, las mujeres de
condición inferior quisieron imitarla. Pero ¿cómo habían de encontrar a sus maridos,
que la trasmigración de las almas podía convertir en caballos, elefantes o gavilanes?
¿Cómo habían de conocer la bestia que el difunto animaba? Y reconociéndola, ¿cómo podían
seguir siendo su mujer? Este obstáculo no embaraza a los
teólogos indios, que encuentran con facilidad distingos, soluciones in sensu composito,
in sensu diviso. La metempsicosis sólo existe para las personas del vulgo; respecto
a las
almas de los demás, profesan una doctrina más rara. Esas
almas, que son las de los ángeles que se rebelaron contra su Soberano,
están purificándose. Las de las mujeres que se sacrifican son beatificadas,
y encuentran a sus maridos purificados completamente. En fin, los sacerdotes
tienen razón siempre, y las mujeres siguen quemándose en las hogueras.
Hace ya más de cuatro mil años que reina este terrible
fanatismo en un pueblo tranquilo y apacible, que cree cometer un crimen si mata
una cigarra. Los sacerdotes no pueden obligar a las viudas a quemarse en las hogueras,
porque es ley invariable en la nación que ese sacrificio sea absolutamente voluntario.
Tal honor se reserva a la primera de las esposas del muerto; si ella se niega a
quemarse viva, se reserva este honor a la segunda, y así sucesivamente.
Refiérese
que en una ocasión diez y siete mujeres se lanzaron a un mismo tiempo en la hoguera
de un rajá. Pero esos sacrificios son ya muy raros en la actualidad; la fe se debilitó en el país desde
que los mahometanos gobiernan la mayor parte de él y los europeos negocian en la
otra parte. Esto no obstante, ni un solo gobernador de Madrás y de Pondichery
ha dejado de ver alguna india lanzarse voluntariamente a las llamas. Mr. Hohwell
refiere que una viuda, joven de diez y nueve años, muy hermosa
y madre de tres niños, se quemó en las llamas en presencia de Mad. Russel,
esposa del almirante que estaba en la rada de Madrás. Dicha joven resistió a los
ruegos y a las lágrimas de todos los asistentes. Mad. Russel le suplicó
en nombre de sus hijos que no los dejara huérfanos y abandonados en el mundo,
y la india le respondió: «Dios, que los hizo nacer, cuidará de ellos.» En
seguida dispuso ella misma todos los preparativos, prendió fuego a la hoguera
con su propia mano, y consumó el sacrificio con tanta serenidad como una monja
enciende los cirios del altar.
Mr. Shernoc, negociante inglés, que en una ocasión presenció que una hermosísima viuda iba
a arrojarse en la hoguera que ella misma
había encendido, la arrancó de allí a la fuerza, y ayudado por otros ingleses,
la robó y después se casó con ella. El pueblo indio consideró ese acto como horrible sacrilegio.
¿Por qué los maridos no se quemaban vivos en las hogueras para ir
a juntarse con
sus esposas? ¿Por qué razón femenil el sexo que es naturalmente débil y tímido fue
el único capaz de inmolarse fanáticamente? ¿Consistiría esto en que la tradición
no dice que un hombre se casó con la hija de Brahma, y sí que asegura que se casó
una india con el hijo de dicho dios? ¿Consiste en que las mujeres son más supersticiosas
que los hombres? ¿Consiste en que su imaginación es más débil, más tierna
y más a propósito para ser dominada?
Los antiguos brahmanes perecían algunas veces víctimas de las llamas para no sufrir
los achaques de la vejez; y sobre todo para que los admirasen. Calano no se hubiera
arrojado en la hoguera a no ser por la satisfacción de que Alejandro presenciara su
sacrificio. El cristiano renegado Pellegrino se quemó en una hoguera públicamente,
por el mismo motivo que algunos necios se disfrazan a veces de armenio, para
llamar la atención de la multitud.
Creemos que la vanidad interviene por mucho en el espantoso sacrificio de las mujeres
indias. Quizás si se publicara una ley ordenando que se quemasen secretamente, quedaría
abolida esa abominable costumbre.
Añadamos algunas palabras a este artículo. Si un centenar de mujeres indias han ofrecido
el triste espectáculo de quemarse, en cambio nuestros inquisidores y aquellos locos
atroces que se llamaban jueces en otros siglos hicieron morir abrasados por las llamas
más de cien mil hermanos nuestros, hombres, mujeres y niños, por cuestiones sutiles que nadie entiende.
Compadezcamos y condenemos el proceder de los brahmanes;
pero concentrémonos en nosotros mismos y reconozcamos la miseria de la especie humana.
Nos olvidábamos de decir una cosa muy esencial. Los libros sagrados de los brahmanes
están llenos de contradicciones; pero como el pueblo no las conoce, los doctores las
resuelven de antemano por medio de sentido figurado, de
alegorías, tipos y declaraciones de Birma, de Brahma y de Vischnú.
Con esto cierran la boca a todo el que trata de presentar objeciones.
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