BRAHMANES (1) (2)
I
Observa, amigo lector, que el reverendo padre Thomassin,
que es uno de los hombres más sabios de Europa, deriva los brahmanes de la palabra
judía barac por una c, suponiendo que los judíos tuviesen esa c.
Barac significa,
según él dice, «huir», y los brahmanes huían de las ciudades, suponiendo que entonces
hubiera ciudades.
Es verosímil que los brahmanes fueran los primeros
legisladores, los primeros filósofos
y los primeros teólogos del mundo. Los pocos monumentos que nos quedan de su remota
historia nos hacen suponer esto, porque los primeros filósofos griegos fueron a aprender
matemáticas de ellos y porque las curiosidades antiquísimas que recogieron los
emperadores de la China todas son indias.
El Shasta, que es el primer libro de teología de los brahmanes, fue escrito cerca de mil
quinientos años antes que el Vedas, y es anterior a los demás libros indios.
Sus anales no mencionan
ninguna guerra emprendida por dicha nación en ninguna época; las palabras «ejército», «matar», «mutilar»,
no se encuentran ni en los fragmentos del Shasta que conservamos, ni en el
Ezur Vedas, ni en el Cormo Vedas.
Puedo asegurar que no las he visto en esas dos colecciones que he repasado; y esto es tanto más extraño,
por cuanto el Shasta, que se ocupa de una conspiración promovida en el cielo, no
menciona ninguna guerra promovida en la gran península que se encierra entre el Indus
y el Ganges.
Los hebreos, que vienen mucho después, no hablan nunca de los brahmanes. Sólo conocieron
la India después de las conquistas de Alejandro, después de haberse establecido en Egipto,
de cuya nación habían hablado muy mal. La palabra India sólo se encuentra en el libro de
Ester y en el de Job, que, como sabemos, no es hebreo. Ofrecen singular contraste los
libros sagrados de los hebreos y de los indios. Los libros indios predican la tranquilidad
y la paz y prohíben el matar a los animales; los libros hebreos sólo hablan de
matar y de asesinar hombres y bestias. En ellos
se degüella en nombre del Señor. Son completamente distintos
los unos de los otros.
Es indudable que hemos adquirido de los brahmanes la idea de la caída
del cielo de los seres celestes que se sublevaron contra el Soberano
de la Naturaleza, y es probable que de ellos tomaran los griegos la fábula
de los titanes. Los judíos copiaron también de ellos la sublevación de
Lucifer, en el primer siglo de la era cristiana.
¿Cómo pudieron los indios inventar la sublevación ocurrida en el cielo sin
haber presenciado ninguna en la tierra? No se comprende que pudiera dar tal
salto la naturaleza humana hasta la naturaleza divina, porque casi siempre
parte el hombre de lo conocido para llegar a lo desconocido. No inventó la
guerra de los gigantes hasta que vio que los hombres más robustos tiranizaban
a sus semejantes. Era preciso, pues, ó que los primeros brahmanes hubieran
tenido discordias violentas, o que las hubieran presenciado en los
pueblos inmediatos para inventarlas después en el
cielo.
Siempre resultará un fenómeno sorprendente que una nación que
no conoció nunca la guerra inventara una guerra empeñada en los espacios imaginarios,
en un globo lejano del nuestro o en lo que se llama firmamento. Es además
digno de llamar la atención el que en esa revolución de seres celestes promovida
contra su Soberano, no se repartieran golpes, no se derramara sangre celeste,
no se arrojaran unos a otros montañas a la cabeza, no hubiera ángeles
cortados por la mitad, como sucede en el poema de Milton, a la vez sublime y grotesco.
Según el Shasta, la citada rebelión consistió en desobedecer las órdenes del
Altísimo, desobediencia que castigó Dios desterrando a los ángeles rebeldes
a un inmenso y tenebroso sitio que se llamaba Ondera, durante un mononthur entero,
o sea 426 millones de años. Pero Dios se dignó perdonar a los culpables al cabo de
cincuenta mil años, y Ondera sólo les sirvió de purgatorio. Los convirtió en hombres
y les hizo habitar el mundo, imponiéndoles la condición de que no habían de comer
ninguna clase de animales y no cohabitar con los machos de su nueva especie, bajo
la pena de volverlos a llevar a Ondera.
Esos son los principales artículos de la ley de los brahmanes, que sin interrupción
observan desde tiempo inmemorial hasta nuestros días, por más que nos parezca extraño
que sea para ellos pecado tan grave comerse un pollo como dedicarse a la sodomía.
Lo referido es una pequeña parte de la antigua cosmogonía de los brahmanes. Sus ritos,
sus pagodas, prueban que todo allí era alegórico. Todavía representan a la virtud bajo
el emblema de una mujer que tiene diez brazos, con los que pelea contra los diez pecados
mortales, representados por otros tantos monstruos. Los misioneros que varias veces
enviamos allí tomaron esa imagen de la virtud por la imagen del diablo, y por eso aseguraban
que en la India rendían culto al demonio. Por regla general, los europeos sólo hemos
visitado pueblos lejanos para enriquecernos en ellos y después calumniarlos.
II
De la metempsicosis de los brahmanes
La doctrina de la metempsicosis proviene de la antiquísima ley de alimentarse con
leche de vaca, legumbres, frutas y arroz. Pareció horrible a los brahmanes matar
y comerse a su nodriza, y muy pronto profesaron el mismo respeto a las cabras,
a las ovejas y a todos los demás animales. Creyeron que en ellos vivían los ángeles
rebeldes purificando sus culpas en los cuerpos de las bestias, lo mismo que en los
cuerpos de los hombres. La naturaleza del clima fortificó la referida ley, o mejor dicho, fue su origen.
Los que respiran atmósferas ardientes se sustentan con alimentos ligeros
y miran con horror la costumbre que tenemos en otros países de comer cadáveres.
Fue general en Oriente la creencia de que tenían alma los animales: en los antiguos
libros sagrados encontramos vestigios de tal creencia. Dios, en el capítulo IX del
Génesis, prohíbe a los hombres que coman «la carne de los animales, su sangre y su alma».
Esto es lo que dice el texto hebreo. «Vengaré ―dice― la sangre de vuestras almas de las
garras de las bestias y de las manos de los hombres.» En el capítulo XVII del Levítico,
añade: «El alma de la carne está en la sangre.» Además celebra un pacto solemne con los hombres y los animales,
como puede verse en el capítulo IX del Génesis, lo que supone
que los animales tienen inteligencia.
Posteriormente, el Eclesiastés, en el capítulo III, dice
formalmente: «Dios hace ver que los hombres son semejantes a las bestias;
mueren como ellas, son de igual condición; unos y otros respiran lo mismo;
el hombre no tiene nada que no tenga la bestia.» Jonás, cuando predicó en Nínive, hizo ayunar
a los hombres y a los animales.
Todos los autores antiguos suponen inteligencia a las bestias, como puede verse
en los libros sagrados y en los profanos, y algunas veces las hacen hablar. No
es, pues, sorprendente que los brahmanes primero y los pitagóricos después
creyeran que las almas pasaban sucesivamente a los cuerpos de los animales
y a los cuerpos de los hombres, y
como consecuencia de esto, persuadieron de que las almas de los ángeles delincuentes,
para terminar el tiempo de su purgatorio, se aposentaban unas veces en los cuerpos
de las bestias y otras veces en los de los hombres. Ésta es una parte de la novela
del jesuita Bougeaut, que inventó que los diablos eran espíritus que moraban en los
cuerpos de los animales. De este modo, en nuestros días y en el extremo Occidente,
resucitó un jesuita, sin saberlo, un artículo de fe de los más antiguos sacerdotes
orientales.
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