BIEN, TODO ESTÁ BIEN
Ruego a los filósofos que me expliquen la frase «todo está bien»,
porque yo no la comprendo. ¿Significa «todo está arreglado», «todo está organizado»
según la teoría de las fuerzas movientes? Si esto significa, lo comprendo, y confieso
que así es. ¿Entendéis por esa frase que todos tienen salud y medios para vivir y que
nadie sufre? Sabéis tan
bien como yo que eso es falso. ¿Creéis que significa dicha frase que las lamentables
calamidades que afligen al mundo son un bien con relación a Dios y le regocijan?
No creo semejante horror, ni vosotros tampoco.
Haced el favor de explicarme qué significa «todo está bien». Platón el filósofo se
digna dejar en libertad a Dios para crear cinco mundos, fundándose en la razón de que
existen cinco cuerpos sólidos regulares en la geometría: el tetraedro, el cubo,
el hexaedro, el dodecaedro y el icosaedro. Mas ¿por qué cercenó de ese modo el poder
divino? ¿Por qué no quiso permitirle la esfera, que es un cuerpo más regular todavía,
el cono, la pirámide de muchos lados y el cilindro?
Dios escogió necesariamente, según dice Platón, el mejor de los mundos posibles, y
ese sistema lo adoptaron muchos filósofos cristianos, aunque parece que se oponga al
dogma del pecado original, porque el mundo, después de esa trasgresión, no es ya el
mejor de los globos. Lo era antes, y pudiera serlo todavía, aunque muchos creen que
es el peor de los globos, en vez de ser el mejor.
Leibniz, en su Teodicea, siguió el criterio de Platón.
Muchos de sus lectores se han quejado de no entender a ninguno de esos dos filósofos.
Nosotros, después de leer a los dos más de una vez, confesamos lo mismo, y puesto que
el Evangelio nada nos ha revelado sobre esta cuestión, sin remordimiento permanecemos
ignorándola.
Leibniz, que se ocupa de todo, se ocupa también del pecado original, y como el que
defiende un sistema objeta todo lo que le contradice, ideó que la desobediencia
a
Dios y las espantosas desgracias que le siguieron eran las partes integrantes del mejor
de los mundos, los ingredientes necesarios para alcanzar la felicidad posible.
De modo que vivir en el mejor de los mundos posibles es ser lanzados del paraíso,
donde los hombres hubiéramos vivido eternamente si no nos hubiéramos comido una manzana;
procrear en la miseria hijos miserables y criminales, que sufrirán todas las penalidades
y las harán sufrir a los demás; experimentar toda clase de enfermedades, morir entre dolores,
y para colmo de delicias, arder entre llamas durante una eternidad. ¿Es todo esto lo
mejor posible? ¿Esto, que es malo para nosotros, puede ser bueno para Dios?
Leibniz
conoció que estos argumentos no tenían réplica. Por eso sin duda escribió voluminosos libros,
en los que ni él mismo se entendía.
Negar que existe el mal puede hacerlo Lúculo, gozando de buena salud, riéndose en medio
de la embriaguez en un
festín celebrado con sus amigos y su amante en el salón de Apolo; pero si se asoma
a la ventana, tropezará su vista con hombres desgraciados, y si le atormenta la fiebre,
será también poco dichoso.
No soy aficionado a citas que ofrecen ordinariamente dificultades, porque omitiendo lo
que precede y lo que sigue a lo citado, nos exponemos a reclamaciones. Pero no
puedo dejar de citar a Lactancio, Padre de la Iglesia, que en el capítulo XIII de su libro
titulado De la cólera de Dios hace decir a Epicuro lo siguiente: «0 Dios quiso quitar
el mal del mundo y no pudo, o pudo y no quiso, o no quiso ni pudo, o quiso y pudo.
Si quiso y no pudo, es impotente, y esto es contrario a la naturaleza de Dios; si pudo
y no quiso, es perverso, y esto también es contrario a su naturaleza; si no quiso
ni pudo, es al mismo tiempo perverso e impotente; si quiso y pudo, que son los únicos
partidos que convienen a Dios, ¿por qué existe el mal en el mundo?»
Esa argumentación es contundente, y Lactancio la refuta muy mal, diciendo que Dios
quiere el mal, pero que nos concedió la recta razón para conseguir el bien. Preciso
es confesar que esa endeble respuesta no destruye la fuerza
de la objeción, porque supone que Dios sólo puede concedernos la recta razón
produciendo el mal.
El origen del mal fue siempre un abismo cuyo fondo nadie pudo ver. Este motivo fue el que obligó
a los filósofos y a los legisladores
antiguos a recurrir a los dos principios, el principio del bien y el principio
del mal. Tifón era el principio del mal en Egipto y Arhimanes en Persia. Los
maniqueos adoptaron esa teología, como dijimos en otra ocasión.
Entre los absurdos que han plagado el mundo, y que podemos contar entre el
número de los males que nos asedian, uno de los mayores es haber supuesto la
existencia de dos seres todopoderosos peleándose siempre para ver cuál de los
dos ejercerá más influencia en el mundo y celebrando un convenio con los dos
médicos de Moliere, uno de los cuales dice: «Pasadme el emético, y yo os
pasaré la sangría.»
Basílides, después de los platónicos, en el primer siglo de la Iglesia,
supuso que Dios dio el encargo de crear el mundo a ángeles de la última
clase. Esa fábula teológica queda
destruida objetando que es contrario a la naturaleza de Dios, todopoderoso
y sabio, hacer edificar el mundo a arquitectos ignorantes. Simón, comprendiendo
la fuerza de la objeción, la precave diciendo que el ángel que presidió la
edificación del mundo fue condenado al infierno por haberlo edificado mal. Pero el que arda
en el infierno ese ángel no nos sirve
de cura. La aventura de Pandora en Grecia también corresponde a dicha objeción.
La caja en que se encerraban todos los males y en cuyo fondo sólo se conservaba
la Esperanza es una hermosa alegoría; pero Vulcano sólo construyó la caja de
Pandora para vengarse de Prometeo, que con barro había creado un hombre.
Los indios también explican a su modo el origen del mal en el mundo diciendo
que cuando Dios creó al hombre, le entregó una droga que le aseguraba la salud
permanente: pero que el hombre cargó a su burro con la droga, el burro tuvo sed,
la serpiente le enseñó una fuente, y mientras el burro estaba bebiendo, la
serpiente le quitó la droga.
Los sirios supusieron que el hombre y la mujer, creados en
el cuarto cielo, convinieron en comerse una galleta, cansados de la ambrosía, que era su natural
comida. La ambrosía la exhalaban por los poros; pero en cuanto se comieron la
galleta, tuvieron que sentarse en el sillico; y el hombre y la mujer rogaron
a un ángel que les enseñara dónde estaba el excusado, y el ángel les dijo:
«¿Veis desde aquí ese pequeño planeta que dista de nosotros sesenta millones
de leguas? Pues es el excusado del universo; id allí con celeridad.» Fueron
a la tierra, donde se quedaron; y desde entonces fue el mundo lo que es ahora.
Siempre podrá preguntarse a los sirios por qué Dios permitió que el hombre se
comiera la galleta, proporcionándonos este acto innumerables males.
Paso rápidamente desde el cuarto cielo de los sirios hasta lord Bolingbroke.
Éste, que indudablemente tenía gran ingenio, proporcionó al célebre Pope el
plan del «todo está bien», que se encuentra efectivamente palabra por palabra
en las obras póstumas de Bolingbroke, que lord Shaftesbury había inventado
anteriormente en su libro titulado
Caracteristicos. Si en esa obra hojeáis el capítulo que trata de los
moralistas, encontraréis las siguientes palabras:
«Mucho puede replicarse a los que se quejan de los defectos que contiene
la Naturaleza. Una de las cosas que no comprenden es que haya salido tan impotente
y tan defectuosa de las manos de un ser perfecto; no niego que sea defectuosa;
pero su belleza resulta de las contrariedades, y la concordia universal nace del
combate perpetuo. Es indispensable que haya seres que se inmolen a otros, los
vegetales a los animales, los animales a la tierra, y las leyes del poder
central y de la gravitación, que dan a los cuerpos celestes su peso y su
movimiento, no deben infringirse por amor a un miserable animal que, aunque
le protegen esas
mismas leyes, éstas mismas le han de convertir pronto en polvo.»
Bolingbroke, Shaftesbury y Pope no resuelven mejor la cuestión que
los anteriores que la han tratado. Su frase «todo está bien» sólo
significa que todo está dirigido por seres inmutables, y eso todo el mundo
lo sabe. No nos enseñan nada cuando nos dicen cosas que saben los niños,
como por ejemplo: que las moscas han nacido para que se las coman las arañas,
las arañas para que se las coman las golondrinas, las golondrinas para que
las devoren las picazas, las picazas para que se las coman las águilas,
las águilas para que las maten los hombres, y los hombres para matarse
unos a otros, y que luego se los coman los gusanos y después los diablos,
a lo menos uno por cada mil.
He aquí un orden claro y constante establecido para los animales de todas
las especies. Cuando en mi vejiga se forma una piedra, es por una mecánica
admirable. Los jugos de la piedra entran lentamente a mi sangre, se infiltran
en los riñones, pasan por las uretras, se depositan en la vejiga, se reúnen
allí por medio de una excelente atracción newtoniana; se forma el cálculo,
que va creciendo, y sufro dolores horribles por lo bien arreglado que está
el mundo. Un cirujano, perfeccionando el arte que inventó Tubalcaín, me
introduce un hierro agudo y cortante, coge el cálculo con sus pequeñas
pinzas, lo rompe, y me produce la muerte por medio de dolores
agudísimos. Y «todo está bien», porque ésta es la consecuencia evidente
de principios físicos inalterables. Si fuéramos insensibles, no habría
por qué oponerse a las leyes físicas. Pero no se trata de esto. Os
preguntamos si existen males sensibles y de dónde nacen. «No existen
males generales ―dice Pope en su epístola cuarta―. Si existen males
particulares, existen para componer el bien general.» He aquí un extraño bien general,
que se compone del mal de piedra, de la gota, de los crímenes, de los sufrimientos,
de la muerte y de la condenación.
La caída del hombre es el emplasto que ponemos a todas esas enfermedades particulares
del cuerpo y del alma, que los autores que nos ocupan llaman «salvación general».
Pero Shaftesbury y Bolingbroke se atrevieron a atacar el pecado original, y aunque
Pope no habla de esto, es claro que su sistema mina por sus cimientos la religión
cristiana y no consigue explicar lo que se propone.
Sin embargo, ese sistema lo aprobaron después muchos teólogos; no nos parece
mal, pues no debemos negar a nadie el consuelo de que raciocine como pueda sobre
el diluvio de males que nos inunda. Es justo permitir a los enfermos, cuando se desespera
de salvar su vida, que coman lo que quieran. Hasta han llegado a sostener que dicho
sistema es consolador. «Dios -dice Pope- ve con mirada indiferente que perece un héroe
o un gorrión, que un átomo o varios planetas se destruyen, que se forme un mundo
o una
bola de jabón.»
¡Valiente consuelo es el que nos ofrece Pope! Es semejante al lenitivo que nos
presenta lord Shaftesbury, cuando dice que Dios no ha de infringir las leyes eternas
por complacer a un animal tan miserable como el hombre; pero es menester confesar al
menos que ese animal miserable tiene derecho a quejarse humildemente y a preguntar por
qué las leyes eternas no se establecieron para que proporcionaran el bienestar a todos
los individuos.
El sistema de «todo está bien» simboliza al autor de la Naturaleza
como a un rey poderoso
y maléfico, que le importa poco que pierdan la vida cuatrocientos o quinientos mil
hombres y que los demás vivan en la miseria y derramando lágrimas; con tal que él cumpla
sus designios.
En vez de ser consoladora la opinión del mejor de los mundos posibles, es desesperadora
para los filósofos que la adoptan. La cuestión del bien y del mal permanece en
un caos indescifrable para los que la abordan de buena fe. Es un
ejercicio de ingenio para los que viven disputando, verdaderos presidiarios que juegan con las cadenas que arrastran,
y para los que no piensan, se asemeja bastante esa cuestión a los peces que transportan
desde un río a un vivero, los cuales no dudan que los colocan allí para comérselos
en la Cuaresma; de modo que, por nosotros mismos, no podemos saber nada respecto al
origen de los destinos humanos.
Pongamos, pues, al fin de casi todos los capítulos de la metafísica las dos iniciales
que ponían los jueces romanos cuando no entendían un proceso, N. L., non liquet, que traducido quiere decir:
«Esto no está claro.»
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