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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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Voltaire - Diccionario Filosófico  

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BIEN, TODO ESTÁ BIEN

Bien, todo está bien - Diccionario Filosófico de VoltaireRuego a los filósofos que me expliquen la frase «todo está bien», porque yo no la comprendo. ¿Significa «todo está arreglado», «todo está organizado» según la teoría de las fuerzas movientes? Si esto significa, lo comprendo, y confieso que así es. ¿Entendéis por esa frase que todos tienen salud y medios para vivir y que nadie sufre? Sabéis tan bien como yo que eso es falso. ¿Creéis que significa dicha frase que las lamentables calamidades que afligen al mundo son un bien con relación a Dios y le regocijan? No creo semejante horror, ni vosotros tampoco.

Haced el favor de explicarme qué significa «todo está bien». Platón el filósofo se digna dejar en libertad a Dios para crear cinco mundos, fundándose en la razón de que existen cinco cuerpos sólidos regulares en la geometría: el tetraedro, el cubo, el hexaedro, el dodecaedro y el icosaedro. Mas ¿por qué cercenó de ese modo el poder divino? ¿Por qué no quiso permitirle la esfera, que es un cuerpo más regular todavía, el cono, la pirámide de muchos lados y el cilindro?

Dios escogió necesariamente, según dice Platón, el mejor de los mundos posibles, y ese sistema lo adoptaron muchos filósofos cristianos, aunque parece que se oponga al dogma del pecado original, porque el mundo, después de esa trasgresión, no es ya el mejor de los globos. Lo era antes, y pudiera serlo todavía, aunque muchos creen que es el peor de los globos, en vez de ser el mejor.

Leibniz, en su Teodicea, siguió el criterio de Platón. Muchos de sus lectores se han quejado de no entender a ninguno de esos dos filósofos. Nosotros, después de leer a los dos más de una vez, confesamos lo mismo, y puesto que el Evangelio nada nos ha revelado sobre esta cuestión, sin remordimiento permanecemos ignorándola.

Leibniz, que se ocupa de todo, se ocupa también del pecado original, y como el que defiende un sistema objeta todo lo que le contradice, ideó que la desobediencia a Dios y las espantosas desgracias que le siguieron eran las partes integrantes del mejor de los mundos, los ingredientes necesarios para alcanzar la felicidad posible.

De modo que vivir en el mejor de los mundos posibles es ser lanzados del paraíso, donde los hombres hubiéramos vivido eternamente si no nos hubiéramos comido una manzana; procrear en la miseria hijos miserables y criminales, que sufrirán todas las penalidades y las harán sufrir a los demás; experimentar toda clase de enfermedades, morir entre dolores, y para colmo de delicias, arder entre llamas durante una eternidad. ¿Es todo esto lo mejor posible? ¿Esto, que es malo para nosotros, puede ser bueno para Dios? Leibniz conoció que estos argumentos no tenían réplica. Por eso sin duda escribió voluminosos libros, en los que ni él mismo se entendía.

Negar que existe el mal puede hacerlo Lúculo, gozando de buena salud, riéndose en medio de la embriaguez en un festín celebrado con sus amigos y su amante en el salón de Apolo; pero si se asoma a la ventana, tropezará su vista con hombres desgraciados, y si le atormenta la fiebre, será también poco dichoso.

No soy aficionado a citas que ofrecen ordinariamente dificultades, porque omitiendo lo que precede y lo que sigue a lo citado, nos exponemos a reclamaciones. Pero no puedo dejar de citar a Lactancio, Padre de la Iglesia, que en el capítulo XIII de su libro titulado De la cólera de Dios hace decir a Epicuro lo siguiente: «0 Dios quiso quitar el mal del mundo y no pudo, o pudo y no quiso, o no quiso ni pudo, o quiso y pudo. Si quiso y no pudo, es impotente, y esto es contrario a la naturaleza de Dios; si pudo y no quiso, es perverso, y esto también es contrario a su naturaleza; si no quiso ni pudo, es al mismo tiempo perverso e impotente; si quiso y pudo, que son los únicos partidos que convienen a Dios, ¿por qué existe el mal en el mundo?»

Esa argumentación es contundente, y Lactancio la refuta muy mal, diciendo que Dios quiere el mal, pero que nos concedió la recta razón para conseguir el bien. Preciso es confesar que esa endeble respuesta no destruye la fuerza de la objeción, porque supone que Dios sólo puede concedernos la recta razón produciendo el mal.

El origen del mal fue siempre un abismo cuyo fondo nadie pudo ver. Este motivo fue el que obligó a los filósofos y a los legisladores antiguos a recurrir a los dos principios, el principio del bien y el principio del mal. Tifón era el principio del mal en Egipto y Arhimanes en Persia. Los maniqueos adoptaron esa teología, como dijimos en otra ocasión. Entre los absurdos que han plagado el mundo, y que podemos contar entre el número de los males que nos asedian, uno de los mayores es haber supuesto la existencia de dos seres todopoderosos peleándose siempre para ver cuál de los dos ejercerá más influencia en el mundo y celebrando un convenio con los dos médicos de Moliere, uno de los cuales dice: «Pasadme el emético, y yo os pasaré la sangría.»

Basílides, después de los platónicos, en el primer siglo de la Iglesia, supuso que Dios dio el encargo de crear el mundo a ángeles de la última clase. Esa fábula teológica queda destruida objetando que es contrario a la naturaleza de Dios, todopoderoso y sabio, hacer edificar el mundo a arquitectos ignorantes. Simón, comprendiendo la fuerza de la objeción, la precave diciendo que el ángel que presidió la edificación del mundo fue condenado al infierno por haberlo edificado mal. Pero el que arda en el infierno ese ángel no nos sirve de cura. La aventura de Pandora en Grecia también corresponde a dicha objeción. La caja en que se encerraban todos los males y en cuyo fondo sólo se conservaba la Esperanza es una hermosa alegoría; pero Vulcano sólo construyó la caja de Pandora para vengarse de Prometeo, que con barro había creado un hombre.

Los indios también explican a su modo el origen del mal en el mundo diciendo que cuando Dios creó al hombre, le entregó una droga que le aseguraba la salud permanente: pero que el hombre cargó a su burro con la droga, el burro tuvo sed, la serpiente le enseñó una fuente, y mientras el burro estaba bebiendo, la serpiente le quitó la droga.

Los sirios supusieron que el hombre y la mujer, creados en el cuarto cielo, convinieron en comerse una galleta, cansados de la ambrosía, que era su natural comida. La ambrosía la exhalaban por los poros; pero en cuanto se comieron la galleta, tuvieron que sentarse en el sillico; y el hombre y la mujer rogaron a un ángel que les enseñara dónde estaba el excusado, y el ángel les dijo: «¿Veis desde aquí ese pequeño planeta que dista de nosotros sesenta millones de leguas? Pues es el excusado del universo; id allí con celeridad.» Fueron a la tierra, donde se quedaron; y desde entonces fue el mundo lo que es ahora. Siempre podrá preguntarse a los sirios por qué Dios permitió que el hombre se comiera la galleta, proporcionándonos este acto innumerables males.

Paso rápidamente desde el cuarto cielo de los sirios hasta lord Bolingbroke. Éste, que indudablemente tenía gran ingenio, proporcionó al célebre Pope el plan del «todo está bien», que se encuentra efectivamente palabra por palabra en las obras póstumas de Bolingbroke, que lord Shaftesbury había inventado anteriormente en su libro titulado Caracteristicos. Si en esa obra hojeáis el capítulo que trata de los moralistas, encontraréis las siguientes palabras:

«Mucho puede replicarse a los que se quejan de los defectos que contiene la Naturaleza. Una de las cosas que no comprenden es que haya salido tan impotente y tan defectuosa de las manos de un ser perfecto; no niego que sea defectuosa; pero su belleza resulta de las contrariedades, y la concordia universal nace del combate perpetuo. Es indispensable que haya seres que se inmolen a otros, los vegetales a los animales, los animales a la tierra, y las leyes del poder central y de la gravitación, que dan a los cuerpos celestes su peso y su movimiento, no deben infringirse por amor a un miserable animal que, aunque le protegen esas mismas leyes, éstas mismas le han de convertir pronto en polvo.»

Bolingbroke, Shaftesbury y Pope no resuelven mejor la cuestión que los anteriores que la han tratado. Su frase «todo está bien» sólo significa que todo está dirigido por seres inmutables, y eso todo el mundo lo sabe. No nos enseñan nada cuando nos dicen cosas que saben los niños, como por ejemplo: que las moscas han nacido para que se las coman las arañas, las arañas para que se las coman las golondrinas, las golondrinas para que las devoren las picazas, las picazas para que se las coman las águilas, las águilas para que las maten los hombres, y los hombres para matarse unos a otros, y que luego se los coman los gusanos y después los diablos, a lo menos uno por cada mil.

He aquí un orden claro y constante establecido para los animales de todas las especies. Cuando en mi vejiga se forma una piedra, es por una mecánica admirable. Los jugos de la piedra entran lentamente a mi sangre, se infiltran en los riñones, pasan por las uretras, se depositan en la vejiga, se reúnen allí por medio de una excelente atracción newtoniana; se forma el cálculo, que va creciendo, y sufro dolores horribles por lo bien arreglado que está el mundo. Un cirujano, perfeccionando el arte que inventó Tubalcaín, me introduce un hierro agudo y cortante, coge el cálculo con sus pequeñas pinzas, lo rompe, y me produce la muerte por medio de dolores agudísimos. Y «todo está bien», porque ésta es la consecuencia evidente de principios físicos inalterables. Si fuéramos insensibles, no habría por qué oponerse a las leyes físicas. Pero no se trata de esto. Os preguntamos si existen males sensibles y de dónde nacen. «No existen males generales dice Pope en su epístola cuarta. Si existen males particulares, existen para componer el bien general.» He aquí un extraño bien general, que se compone del mal de piedra, de la gota, de los crímenes, de los sufrimientos, de la muerte y de la condenación.

La caída del hombre es el emplasto que ponemos a todas esas enfermedades particulares del cuerpo y del alma, que los autores que nos ocupan llaman «salvación general». Pero Shaftesbury y Bolingbroke se atrevieron a atacar el pecado original, y aunque Pope no habla de esto, es claro que su sistema mina por sus cimientos la religión cristiana y no consigue explicar lo que se propone.

Sin embargo, ese sistema lo aprobaron después muchos teólogos; no nos parece mal, pues no debemos negar a nadie el consuelo de que raciocine como pueda sobre el diluvio de males que nos inunda. Es justo permitir a los enfermos, cuando se desespera de salvar su vida, que coman lo que quieran. Hasta han llegado a sostener que dicho sistema es consolador. «Dios -dice Pope- ve con mirada indiferente que perece un héroe o un gorrión, que un átomo o varios planetas se destruyen, que se forme un mundo o una bola de jabón.»

¡Valiente consuelo es el que nos ofrece Pope! Es semejante al lenitivo que nos presenta lord Shaftesbury, cuando dice que Dios no ha de infringir las leyes eternas por complacer a un animal tan miserable como el hombre; pero es menester confesar al menos que ese animal miserable tiene derecho a quejarse humildemente y a preguntar por qué las leyes eternas no se establecieron para que proporcionaran el bienestar a todos los individuos.

El sistema de «todo está bien» simboliza al autor de la Naturaleza como a un rey poderoso y maléfico, que le importa poco que pierdan la vida cuatrocientos o quinientos mil hombres y que los demás vivan en la miseria y derramando lágrimas; con tal que él cumpla sus designios.

En vez de ser consoladora la opinión del mejor de los mundos posibles, es desesperadora para los filósofos que la adoptan. La cuestión del bien y del mal permanece en un caos indescifrable para los que la abordan de buena fe. Es un ejercicio de ingenio para los que viven disputando, verdaderos presidiarios que juegan con las cadenas que arrastran, y para los que no piensan, se asemeja bastante esa cuestión a los peces que transportan desde un río a un vivero, los cuales no dudan que los colocan allí para comérselos en la Cuaresma; de modo que, por nosotros mismos, no podemos saber nada respecto al origen de los destinos humanos.

Pongamos, pues, al fin de casi todos los capítulos de la metafísica las dos iniciales que ponían los jueces romanos cuando no entendían un proceso, N. L., non liquet, que traducido quiere decir: «Esto no está claro.»

Voltaire - Diccionario Filosófico    

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