BIBLIOTECA
Las grandes bibliotecas asustan al que las examina. Doscientos mil volúmenes desaniman al que tiene tentaciones de imprimir y de publicar una obra, aunque por desgracia tarda poco tiempo en reanimarse, diciéndose
a sí mismo: «No es posible leer todos esos libros, pero puede leerse el que yo publiqué.» Y el que así razona, se compara con la gota de agua que se quejaba de vivir confundida y desconocida en el raudal inmenso del Océano, hasta que un genio se compadeció
e hizo que se la tragara una concha, dentro de la cual quedó convertida en la más hermosa perla del Oriente, y
fue el principal adorno del trono del Gran Mogol. Los que sólo son compiladores, imitadores, comentaristas, críticos
a la menuda, en una palabra, todos aquellos a los que el genio no tiene compasión, continuarán siendo gotas de agua toda la vida, y los que tienen alientos trabajan sin cesar en su pobre buhardilla, con la esperanza de convertirse en perlas.
Aunque en la inmensa colección de libros que constituyen una biblioteca hay muchos que nunca se leen,
o se leen pasado algún tiempo, hay bastantes que la necesidad nos obliga
a consultar. Es gran ventaja para el que trata de instruirse encontrar a mano en el palacio de los reyes
o en otros sitios públicos el volumen y la página que busca y que le permite leerla y tomar notas. La instalación de bibliotecas es una de las instituciones más nobles, y sus grandes gastos proporcionan utilidad general.
La biblioteca pública del rey de Francia es una de las más útiles del mundo, no tanto por el número y por la rareza de las obras que contiene como por la facilidad y por
el
carácter amable de los bibliotecarios para servir a los sabios que solicitan la lectura de muchos de sus libros.
Contiene fabulosa cantidad de volúmenes, pero esto no debe extrañarse, teniendo en la actualidad París setecientos mil habitantes. El joven que desee aprender algo respecto
a su propia existencia y que tenga poco tiempo que perder, se ve muy embarazado para elegir los libros más útiles para sus propósitos. Quisiera leer
al mismo tiempo a Hobbes y a Spinoza, y a Bayle, que escribió contra
esos dos filósofos; a Leibniz, que disputó con Bayle, y a Clarke, que disputó con Leibniz;
a Malebranche, que difiere de todos ellos; a Locke, que se cree que confundió
a Malebranche; a Stillingfleet, que creyó haber vencido a Locke, y a Cudworth, que se creyó superior
a ellos porque nadie consiguió entenderle. Nos moriríamos de viejos antes de terminar la lectura de la centésima parte de las novelas metafísicas que se han
escrito.
En las bibliotecas se trata de coleccionar libros antiguos
y raros, y estas colecciones son las que les dan mayor honra. Los más antiguos del mundo son los cinco
Kings, de la China; el Shasta, de los brahmanes, de cuya obra Holwell nos ha dado
a conocer pasajes admirables; lo que nos queda del antiguo Zaratustra, los fragmentos de Sanchoniathon, que nos conservó Eusebio, y que encierran todos los caracteres
de la más remota antigüedad. Conservamos todavía la plegaria del verdadero Orfeo, que el hierofante recitaba en los antiguos misterios de los griegos, y que decía: «Caminad por el camino de la justicia, adorad al único Señor del universo. Es único y es solo por sí mismo, y todos los seres le deben la existencia; obra en ellos y por ellos; todo lo ve, y
a él nunca le vieron ojos mortales.» San Clemente de Alejandría, que
fue el más sabio de los Padres de la Iglesia, o mejor dicho, el único sabio de la antigüedad profana, le llama Orfeo de Tracia,
u Orfeo el Teólogo, para distinguirle de los del mismo nombre que escribieron después.
No conservamos ningún fragmento de Museo ni de Limus, y es lástima, porque algunos pasajes de esos dos predecesores de Homero darían
gran valor a las bibliotecas. Augusto formó la biblioteca que tituló palatina, a la que presidía la estatua de Apolo, y el referido
emperador la adornó con los bustos de los autores sobresalientes. Hubo en Roma veintinueve grandes bibliotecas públicas;
pero en la
actualidad se cuentan más de cuatro mil bibliotecas importantes en Europa.
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