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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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Voltaire - Diccionario Filosófico  

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AUTORES

Autores - Diccionario Filosófico de VoltaireAutor es una palabra genérica que, como los nombres de las demás profesiones, puede significar bueno y malo, respetable o ridículo, útil y agradable o frívolo y fastidioso. Esta palabra es tan genérica, que tiene aplicaciones diferentes, y lo mismo se dice el «autor de la Naturaleza», que el autor de las canciones del Puente Nuevo y que el autor del Año literario.

Creemos que el autor de una obra buena debe ponerse en guardia respecto al título, respecto a la dedicatoria y al prefacio. Los demás autores deben abstenerse de escribir. Respecto al título, si tras él tiene afán en poner su nombre, lo que algunas veces es peligroso, debe escribirlo en forma modesta; no nos gusta que en una obra devota, que debe dar lecciones de humildad, al apellido del autor se añadan los calificativos de «consejero del rey», de «obispo», de «conde», etc., etc. El lector, que casi siempre es maligno y muchas veces se fastidia leyendo la obra, se complace en ridiculizar el libro que se anuncia con énfasis, y recordamos en seguida que el autor de la Imitación de Jesucristo ni siquiera firmó la obra.

Se me objetará que los apóstoles ponían los nombres en sus obras, pero esto no es verdad; eran excesivamente modestos. El apóstol Mateo nunca tituló su libro Evangelio de San Mateo; eso fue un homenaje que le rindieron después. San Lucas, que recopiló todo lo que oyó decir y que dedicó su libro a Teófilo, tampoco lo tituló Evangelio de San Lucas. Sólo San Juan se nombra a sí mismo en el Apocalipsis, y esto es lo que hace sospechar que Cerinto escribió ese libro y que tomó el nombre de San Juan para darle más autoridad.

Pero dejando aparte lo que sucedió en los siglos pasados, me parece atrevido en el siglo XVIII poner el nombre y los títulos del autor al frente de los libros. Los obispos así lo hacen, y en los gruesos volúmenes que publican con el título de Mandamientos, imprimen además su escudo de armas; luego escriben algunos párrafos llenos de humildad cristiana, y detrás de éstos algunas veces vomitan injurias atroces contra los que pertenecen a otra comunión o partido. Esto en cuanto a los autores religiosos. Respecto a los autores profanos, también podemos decir que sucede lo mismo; por ejemplo, el duque de La Rochefoucauld publicó la colección de sus Pensamientos, diciendo que los había escrito «Monseñor el duque de La Rochefoucauld, par de Francia», etc.

Sabido es que en Inglaterra la mayor parte de las dedicatorias se pagan, y los autores obran como los capuchinos en Francia, que nos regalan hortalizas con la condición de que les demos propinas. Los hombres de letras franceses desconocemos hasta hoy ese rebajamiento y siempre fueron más nobles, si exceptuamos a los infelices que a sí mismos se llaman escritores, y son como los pintores de paredes, que se jactan de ejercer la misma profesión que Rafael, y como el cochero de Vestamont, que se figuraba ser poeta.

Los prefacios ofrecen otro escollo. «El «yo» es despreciable —decía Pascal—. Ocupaos de vos mismo lo menos que podáis, porque el lector tiene tanto amor propio como el autor, y no perdona que queráis obligarle a que os aprecie. El libro debe recomendarse por sí mismo, si llega a abrirse paso. No digáis nunca: «Mi comedia fue honrada con tantos aplausos, que me creo dispensado de contestar a mis adversarios», porque como es falso lo que decís de los aplausos, nadie se acuerda de vuestra obra. «Algunos críticos censuran que haya demasiado enredo en el acto tercero, y que la princesa descubra demasiado tarde, en el acto cuarto, el tierno sentimiento que le inspira su amante; pero a esa censura respondo que...» No respondas, amigo mío, porque nadie se ha ocupado en juzgar a la princesa de tu comedia, que se ha hundido, porque ha fastidiado al público y está mal escrita; y tu prefacio es una especie de responso que cantas a la muerta, y con el cual no conseguirás resucitarla. Otros atestiguan ante la faz de Europa que no se han comprendido los sistemas que desarrollan. Otros autores hacen correr insípidas novelas, copiadas de otras antiguas, sistemas nuevos fundados en antiquísimas utopías, o historias cortas sacadas de las historias generales.»

El que desee escribir un libro, debe procurar que sea nuevo y útil, o cuando menos agradable. Hay muchos autores que escriben para vivir, y hay muchos críticos que los satirizan, también con la idea de ganarse el pan. Los verdaderos autores son los que adquieren reputación en el arte, en la epopeya, en la tragedia, la comedia, la historia o la filosofía; los que enseñan o encantan a los hombres. Los demás autores son entre las gentes de letras lo que los zánganos entre los insectos.

Los autores de los libros más voluminosos de Francia han sido los directores generales de Hacienda. Pueden formarse diez tomos muy gruesos de sus declaraciones, desde el reinado de Luis XIV hasta el reinado de Luis XVI. Algunas veces han criticado esas obras de Parlamentos, al encontrar en ellas contradicciones y proposiciones erróneas. No ha habido nunca un autor bueno a quien alguien no haya censurado.

 

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