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Voltaire - Diccionario Filosófico |
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Augur |
ÁTOMOS
Epicuro, que era un genio muy respetable por sus costumbres,
y después Lucrecio, que se atrajo la admiración de Roma, admitieron la doctrina
de los átomos y del vacío. Gassendi sostuvo esa doctrina y Newton la demostró.
En vano algunos cartesianos siguieron defendiendo la doctrina contraria, la de
que el mundo estaba lleno; en vano Leibniz, que empezó adoptando el sistema
razonable de Epicuro, de Lucrecio, de Gassendi y de Newton, cambió de opinión
sobre el vacío cuando riñó con su maestro Newton; la plenitud se tiene hoy por
una quimera; todo el mundo reconoce hoy el vacío: los cuerpos más duros se tienen
hoy por cribas, como lo son. Quedó admitida la teoría de los átomos, de los principios
insecables, inalterables, que constituyen la inmutabilidad de los elementos y de las especies,
cuyos principios consiguen que el fuego sea siempre fuego,
cuando lo vemos y cuando no lo vemos; que el agua sea siempre agua,
la tierra siempre tierra y que los gérmenes imperceptibles que
forman el hombre no formen nunca un pez.
Epicuro y Lucrecio fueron los primeros que conocieron esta verdad,
aunque mezclada con muchos errores. Lucrecio dice, hablando de los
átomos: Sunt agitur solida pollentia simplicitate. «Sostiene su ser
su misma simplicidad.»
Sin esos elementos que son de naturaleza inmutable, el universo sólo
sería un caos; y en esto, Epicuro y Lucrecio aparecen como verdaderos
filósofos. Sus intermedios tantas veces puestos en ridículo no son otra
cosa que el espacio no resistente en el que Newton demostró que los
planetas recorren sus órbitas en tiempos proporcionados a sus áreas;
de modo que los intermedios de Epicuro no son ridículos: los ridículos
fueron sus adversarios.
Pero cuando a continuación dice Epicuro que esos átomos por casualidad
declinaron en el vacío; que su declinación formó por casualidad los
hombres y los animales; que por casualidad se formaron los ojos en la
parte de la cabeza y los pies a los extremos de las piernas; que las
orejas no se nos han dado para oír, sino que la declinación de los átomos
las crearon fortuitamente, y los hombres se aprovecharon de ellas también
fortuitamente para oír, esa demencia, que entonces se llamó «física»,
fue tratada de ridícula con muchísima razón.
Los verdaderos filósofos hace ya mucho tiempo que han extraído de Epicuro
y Lucrecio lo que tenían de bueno entre el maremágnum de sus errores,
hijos de su imaginación y su ignorancia. Los espíritus más refractarios
adoptaron la teoría de que el mundo fue creado a la par que el tiempo,
y los más atrevidos han admitido la creación antes del tiempo. Unos tienen
fe en el universo sacado de la nada, y otros, que no comprenden tal física,
creen que todos los seres son emanaciones del Gran Ser, del Ser Supremo y
universal. Pero unos y otros niegan el concurso fortuito de los átomos y
reconocen que la casualidad es una palabra vacía de sentido. Lo que llamamos
casualidad, no es ni puede ser otra cosa que la causa desconocida de un efecto
conocido. ¿Por qué, pues, acusan todavía a los filósofos de creer que la construcción prodigiosa
e inefable del universo sea producto del concurso
fortuito de los átomos, esto es, efecto de la casualidad? Ni Spinoza ni
nadie dijo nunca semejante absurdo.
La única cuestión que se agita hoy sobre esta materia consiste en averiguar
si el autor de la Naturaleza creó partes primordiales e indivisibles,
para que sirvieran de elementos inalterables, o si todo se divide continuamente
en la Naturaleza y se convierte en otros elementos.
En el primer sistema se explica la razón de todo; en
el segundo sistema no se da
razón de nada, al menos hasta hoy. Si los primeros elementos de las cosas
no fueran indestructibles, podría llegar un día en que un elemento devorara
a todos los demás y los convirtiera en su propia sustancia. Esto fue
probablemente lo que hizo pensar a Empédocles que todo provenía del fuego
y el fuego lo destruiría todo.
Sabido es cómo engañó en el siglo XVII a Robert Bayle el falso experimento
de un químico, que le hizo creer que había convertido agua en tierra.
Pero ese experimento no fue cierto. Más tarde Boerhaave descubrió ese error
haciendo mejores experimentos; pero antes de descubrirlo, Newton, engañado
por Bayle, como Bayle por el químico, había ya imaginado que los elementos
podían convertirse unos en otros, y esto es lo que le hizo creer que el globo
iba perdiendo continuamente un poco de su humedad y se secaba, y que algún
día se vería Dios obligado a corregir su obra. Leibniz se opuso con todas
sus fuerzas a la referida idea, y probablemente tuvo razón al contradecir a Newton.
A pesar de la idea de que el agua puede convertirse
en tierra, Newton creía que eran los átomos insecables e indestructibles, lo mismo que Gassendi y
que Boerhaave, lo que parece difícil de conciliar, porque si el agua se
convirtiera en tierra, dividiéndose sus elementos se perderían. Esta cuestión
se da la mano con la cuestión famosa de que la materia es divisible hasta el
infinito. La palabra «átomo» significa «sin partes»; si lo dividimos, ya no
será átomo.
Podemos dividir un grano de oro en diez y ocho millones de partes visibles.
Un grano de cobre disuelto en espíritu de sal amoníaco presenta a nuestra
vista más de veintidós mil millones de partes; pero al llegar al último elemento el microscopio no puede
ya distinguir el átomo, y sólo con la
imaginación podemos ir dividiendo.
Sucede con el átomo, que se divide hasta el infinito, como con algunas
proporciones geométricas. Podemos hacer pasar infinidad de curvas entre
el círculo y su tangente, pero sólo suponiendo que ese círculo y esa
tangente sean líneas que carezcan de anchura, y esa clase de líneas no
se encuentran en la Naturaleza. Lo mismo podemos decir de las líneas
asíntotas, que se acercan sin llegar nunca a tocarse, suponiendo que esas líneas tengan longitud y no tengan anchura,
lo que es una hipótesis. De modo que nos representamos la unidad
por medio de una línea; luego dividimos esa unidad y esa línea
en las fracciones que queremos; pero esa infinidad de fracciones
sólo existe en nuestra imaginación. Realmente no se ha demostrada
que el átomo sea divisible,
pero las leyes de la Naturaleza parece que prueben que debe serlo.
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