ATEO
Entre los cristianos hubo muchos ateos; pero en la
actualidad hay muchos menos. Esto, que a primera vista parece una paradoja
y examinándolo parecerá una verdad, consiste en que la teología lanzó con
mucha frecuencia a los espíritus en el ateísmo y la filosofía los sacó de él.
En los tiempos primitivos podía perdonarse a los hombres que dudaran de la Divinidad,
porque veían que los que se la anunciaban disputaban unos
contra otros respecto a la naturaleza de ésta. Los primeros Padres de la
Iglesia sostuvieron que Dios era corporal; los que les sucedieron, no le
concedían extensión, y sin embargo, le hacían morar en una parte del
cielo; según unos, creó el mundo al crear el tiempo, y según otros, creó
el tiempo después; éstos sostenían que su Hijo era semejante a El; aquéllos,
que el Hijo no era semejante al Padre. Tampoco estaban acordes en el modo
cómo la tercera persona se derivaba de las otras dos. También disputaban
si el Hijo en el mundo se componía o no de dos personas.
De modo que sin que ellos se apercibieran, plantearon la cuestión en estos términos:
si había en la Divinidad cinco personas, contando dos en Jesucristo en el mundo y
tres en el cielo; o cuatro personas, contando a Cristo en el mundo sólo por una;
o
tres personas, considerando sólo a Cristo como a Dios. Disputaban también sobre su madre, sobre el descendimiento al infierno y
a los limbos, sobre la manera como
se comía el cuerpo del Hombre-Dios y como se bebía su sangre, sobre su gracia,
sobre los santos y sobre otras
muchas materias.
Al ver tan desacordes unos con otros los confidentes de la Divinidad y anatematizándose
recíprocamente de siglo en siglo, pero acordes todos ellos en la inmoderada sed
de acaparar riquezas y poder; al ver por otra parte el prodigioso número de desgracias
y de crímenes que infestaban la tierra, muchos de ellos provocados por las contiendas
de los directores de las almas, debemos confesar que era lícito al hombre razonable
dudar de la existencia de un Ser Supremo tan extrañamente anunciado, y al hombre
sensible creer que el Dios que espontáneamente había creado tantos desgraciados no
debía existir.
Supongamos, poniéndolo por ejemplo, que un físico del siglo XV
lea en la Summa
de Santo Tomás estas palabras;
«La virtud del cielo, en vez del esperma, basta con los elementos y con la
putrefacción para producir la generación de los animales imperfectos.» He aquí
las deducciones que de ese pensamiento hubiera sacado el físico: «Si la podredumbre
y los elementos bastan para producir animales informes, hay que suponer que con
un poco más de podredumbre y con un poco más de calor podríamos obtener animales
más completos. La virtud del cielo en este caso no es mas que la virtud de la
Naturaleza. Creeré, pues, como Epicuro y Santo Tomás, que los hombres pueden nacer
del limo de la tierra y de los rayos del sol; y todavía este origen es demasiado
noble para seres tan desgraciados y perversos. ¿Por qué he de creer, pues, en un
Dios creador, que sólo me presentan
formulando ideas contradictorias e irritantes? Por fortuna nació la física, y con
ella la filosofía, y entonces se supo de un modo indudable que el limo del Nilo no
es capaz de producir ni un insecto ni una espiga de trigo; y hemos tenido que
reconocer gérmenes, relaciones, medios y correspondencia asombrosa sobre todos
los seres. Hemos estudiado los rayos de luz que parten del sol y van a iluminar
los globos y el anillo de Saturno a trescientos millones de leguas de distancia
para llegar a la tierra, y formar dos ángulos opuestos por el vértice en el ojo
de un insecto reflejando la Naturaleza en su retina. Nació luego un filósofo
que descubrió las sencillas y sublimes leyes que rigen a los globos celestes
girando en el abismo del espacio. De modo que, al conocer mejor la obra admirable
del universo, hemos reconocido al Supremo Arquitecto, y sus leyes uniformes y
constantes nos han hecho reconocer un Supremo Legislador. La sana filosofía destruyó,
pues, el ateísmo, al que la obscura teología daba armas.»
Sólo quedó el recurso a un reducido número de espíritus descontentadizos,
a quienes afectan más las injusticias supuestas de un Ser Supremo que halaga
su sabiduría, de obstinarse en negar la existencia de ese primer motor. Dicen:
«La Naturaleza existe toda la eternidad; todo está en movimiento en la Naturaleza;
luego todo cambia en ella continuamente. Luego si todo cambia siempre, es preciso
que lleguen todas las combinaciones posibles, y la combinación presente de todas
las cosas pudo ser efecto exclusivo del movimiento y del cambio eterno. Tomad seis
dados, echadlos, y apostamos uno contra mil a que no sacaréis seis veces el mismo
número con los seis dados. Así, en el transcurso de infinidad de siglos, no es
imposible que una de las combinaciones infinitas sea la creación del universo.»
Este argumento ha seducido espíritus muy razonables, pero que no reflexionan que
el infinito se opone a ese raciocinio y no se opone en cambio a la existencia de
Dios. Debían también comprender que si todo cambia, las menores
especies de las cosas no debían ser inmutables, como lo son desde hace muchísimo
tiempo. Por lo menos no tienen ninguna razón para creer que nuevas especies no se
forman todos los días, y por el contrario, es muy probable que una mano poderosa,
superior a esos cambios continuos, contenga todas las especies en los límites que
les ha prescrito. De modo que el filósofo que reconoce a Dios tiene para defender
su causa multitud de probabilidades que equivalen a la certidumbre, y el ateo sólo
tiene dudas. Podríamos alegar muchas más pruebas filosóficas que destruyen el ateísmo.
En cuanto a la moral, es evidente que vale más reconocer
a Dios que negarlo. Interesa
a todos los hombres que exista una Divinidad que castigue lo que la justicia humana
deja impune; pero también es evidente que vale más no reconocer a ningún dios que adorar
a un bárbaro, al que sacrifican hombres, como sucede en algunas naciones. Esta verdad
la pondremos a la vista por medio de un ejemplo.
Los judíos, en la época de Moisés, no tenían noción alguna de la inmortalidad del
alma ni de la vida futura. Su legislador sólo les anunció de parte de Dios recompensas
y penas puramente temporales; para ellos, pues, la cuestión es vivir. Moisés ordena
a
los levitas que degüellen veintitrés mil hermanos suyos, porque adoraban un becerro
de oro o dorado. En otra ocasión, el pueblo de Moisés deja sin vida a veinticuatro mil
hombres por haber tenido comercio carnal con las jóvenes del país, y otros doce mil
quedan asesinados porque algunos de ellos quisieron sostener el arca que iba a caer.
Pues bien; respetando siempre los decretos de la Providencia, podemos humanamente
afirmar que hubiera sido preferible para esos cincuenta y nueve mil hombres, que no
creían en la otra vida, haber sido absolutamente ateos y vivir, a ser degollados de parte
del Dios que reconocían.
Es posible que no se enseñe el ateísmo en las escuelas de los hombres de letras de la
China, pero es cierto, sin embargo, que muchos de sus hombres de letras son ateos,
pero es porque sólo son filósofos a medias; y aunque lo sean, es indudable que es
preferible vivir con ellos en Pekín, disfrutando de la benignidad de sus costumbres
y de sus leyes, a vivir en Goa, expuestos a pasar los días encadenados en las prisiones
de la Inquisición y salir sólo de ellas disfrazados
con una hopa llena de azufre y sembrada de diablos para ir a morir abrasados
en las llamas de las hogueras.
Los que sostienen que puede subsistir una sociedad de ateos tienen razón (1), porque
las leyes son las que forman sociedades, y esos ateos, siendo filósofos por añadidura,
pueden pasar la vida tranquila y feliz a la sombra de dichas leyes, viviendo más fácilmente
en sociedad que los fanáticos supersticiosos. Poblad una ciudad de epicúreos,
de simónides, de protágoras, de spinozistas; poblad otra ciudad de jansenistas y de
molinistas, y probaréis de ese modo la verdad del pensamiento que acabo de sentar.
El ateísmo, considerándolo sólo con relación a esta vida, sería muy peligroso en un
pueblo feroz; pero tener falsas ideas sobre la Divinidad no es menos pernicioso.
Casi todos los grandes del mundo viven como si fuesen ateos. El que tiene mucha
experiencia y muchos años sabe reconocer a un dios cuya presencia y justicia no ejercen
la menor influencia sobre las guerras, los tratados y los motivos de ambición, de interés
o de placer, que consumen todo su tiempo y observan todas las reglas establecidas en la
sociedad, y es mucho más grato vivir así que con supersticiosos y con fanáticos. Verdad
es que siempre esperaré que sea más justo el que crea en Dios que el que no crea, pero
también esperaré más disgustos y más persecuciones de los que sean supersticiosos.
El ateísmo y el fanatismo son dos monstruos que pueden desgarrar y destruir la sociedad;
pero el ateo, aunque persevere en su error, conserva siempre el juicio, que le corta
las garras, y el fanático está atacado de una continua locura, que afila las suyas.
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(1) Esto y lo siguiente lo dice Voltaire objetando a J.J. Rousseau,
que en la cuarta parte del Emilio declara que no puede subsistir una sociedad
de ateos. N. del T.
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